Alan Turing planteó la cuestión en 1947, ante el National Physical Laboratory, y no la había resuelto cuando se suicidó en 1954, a los 42 años de edad. Pero pensaba que en cincuenta años habríamos conseguido construir máquinas capaces de pensar o, al menos, capaz de imitarnos de forma tan eficiente que no notáramos la diferencia entre nosotros y ellas. Cuando GPT-3, el modelo de lenguaje de OpenAI, demostró ser capaz de escribir artículos, competir con novelistas imitando su propio estilo y hasta discutir sobre política o economía, mucha gente puso el grito en el cielo, declarando que era el final del periodismo, el final de la ficción. Ojalá sea cierto, al menos cierta clase de periodismo automático que llena los boletines de agencias, o las variaciones de fan fiction que triunfan en Internet. El verano pasado, la empresa de San Francisco presentó un GPT-3 para código, de nombre OpenAI Codex, capaz de escribir Go, JavaScript, Perl, PHP, Ruby, Shell, Swift, TypeScript y, sobre todo, Python.

Hay belleza y creatividad en el código, tanta como en la literatura, la música, el ajedrez y el Go. No todo el código que producimos es bello, ni inteligente ni creativo. Es un desperdicio de humanidad. Por otra parte, Kasparov que aprendió jugando contra Deep Blue y Lee Sedol declaró que la partida contra la máquina había elevado su juego de forma casi sobrenatural. Es posible que haya oportunidades en esta convivencia. También podría ser el principio de una era en la que programar no es territorio exclusivo de los hombres jóvenes, blancos, heterosexuales y ricos que dominan las empresas tecnológicas.

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