Paradójicamente no se trataba de ningún metal, sino de un frágil filamento de algodón quemado, o lo que es lo mismo, un fino hilo de carbono, tal como hiciera Swan. El primer éxito lo tuvo el 22 de octubre de 1879: la bombilla lució durante 13 horas y media. Edison continuó mejorando este diseño y el 4 de noviembre de 1879 solicitó una patente para una lámpara eléctrica que utilizaba «un filamento o tira de carbono enrollado y conectado”. Aunque el texto describía varias formas de crear ese filamento, que incluía el uso de «hilo de algodón y lino, tablillas de madera, papeles enrollados de varias maneras», Edison descubrió más tarde que lo mejor era un filamento de bambú carbonizado: la bombilla llegaba a lucir durante más de 1 200 horas.

El júbilo en Menlo Park, el pequeño pueblecito californiano donde Edison había montado su ‘fábrica de inventos’, era indescriptible. El día de Nochevieja Edison soltó la traca final: la última noche del año de 1879 la calle principal de Menlo Park se iluminó con corriente eléctrica. Periodistas de todo el mundo se unieron a los habitantes de ese pueblecito y cantaron maravillas del más grande inventor de toda la historia.

Curiosamente, detrás de la invención de la bombilla encontramos otro descubrimiento de Edison muy poco conocido pero llamativo: siendo como era un hombre eminentemente práctico, realizó un descubrimiento teórico que, curiosamente, en un futuro iba a tener una gran implicación tecnológica.

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