Pasear por la playa nos plantea una curiosa paradoja: al levantar el pie de la arena mojada vemos cómo la arena aparece fugazmente seca. Si nos detenemos a pensarlo un poco, resulta intrigante. Al presionar con nuestro pie la arena debería reaccionar como las esponjas cuando las apretamos: rezumando agua. Sin embargo no vemos esa delgada capa de agua encima de nuestra huella sino todo lo contrario, aparece seca. Cualquiera puede hacer el siguiente experimento. En un bote de plástico flexible se introduce arena y algo de agua. Al apretar las paredes, el agua desaparece dentro de la arena. Esto sucede porque al presionar la arena, los granos se redistribuyen, lo que conduce a un aumento del volumen entre ellos. Hay más espacio para el agua y, por tanto, cabe más.

Lo interesante es que esta observación tan tontorrona es muy importante a la hora de aprovechar con eficacia el proceso de extracción del aceite o el vino: una mayor presión no tiene porqué producir una extracción del líquido.

Y ya que hablamos de la relación entre el agua y la arena, hay algo que los chavales descubren enseguida: que si quieren construir un castillo en la arena deben usar arena mojada… en su justa medida. Si usan arena seca lo más que consiguen es un montículo desparramado; si utilizan demasiada agua, como ocurre cuando llega una ola, la construcción se desmorona. Quien se encuentra detrás de todo es una relativamente vieja amiga nuestra: la electricidad.

Al mojar la arena, el agua recubre con una fina capa la superficie de los granos. El agua es una sustancia extraordinaria y entre sus propiedades está que la molécula tiene mal repartidas las cargas eléctricas. En definitiva, que una parte de la molécula tiene carga positiva y la opuesta, negativa. Los granos de arena también presentan curiosas distribuciones de cargas eléctricas, lo que hace que cuando una molécula de agua se aproxima al grano de arena se quede pegada, del mismo modo que cuando jugábamos a atraer trozos de papel con un bolígrafo frotado en la manga del jersey. De este modo, el agua atrapada entre la superficie de dos granos actúa como un pegamento, débil pero eficaz. Si hay demasiada agua, los granos se separan y será el fin del castillo de arena.

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