Un puente entre dos mundos

La forma tan particular de un manglar lo convierte en un tipo de ecosistema único. Los ecosistemas, en general, y sobre todo los más maduros, suelen tener en su seno ciclos de materia y energía complejos y muy desarrollados, pero el intercambio de energía con los ecosistemas vecinos es relativamente bajo. Por este motivo, el flujo de materia y energía entre ecosistemas terrestres y acuáticos es relativamente bajo. Pero los manglares rompen esta tendencia.

El manglar se comporta como un bosque en su parte emergida, que produce grandes cantidades de biomasa. Pero, esta biomasa, que en un bosque normal terminaría acumulada en el suelo transportando al exterior muy poca cantidad, sobre todo por la escorrentía, en un manglar se precipita en el agua. Gracias a las corrientes costeras, parte de esta materia orgánica puede viajar kilómetros de distancia y depositarse en lugares muy alejados. Se han encontrado erizos de mar en el fondo de una fosa oceánica del Caribe con restos de hojas de mangle en su estómago.

Pero no toda esa materia tiene por qué perderse en el océano. Cuando el mar está en calma, o cuando el entramado de raíces es tan denso que impide a las corrientes arrastrar gran parte de la biomasa, el manglar facilita el proceso de sedimentación, que puede desembocar en la formación de nuevas islas.

Finalmente, el manglar puede convertirse en un protector de los ecosistemas terrestres interiores. La densidad del dosel reduce considerablemente la fuerza con la que el oleaje o las inundaciones embisten contra la costa. Incluso el daño causado por tormentas o maremotos resulta parcialmente amortiguado por la presencia de los manglares. Además, son un poderoso sumidero y almacén de carbono atmosférico, lo que ayuda a mitigar los efectos del cambio climático; no obstante, es un ecosistema sensible a los cambios en el clima. Por todas estas razones, los manglares se consideran ecosistemas prioritarios a conservar.

Mirá También: 

Referencias:

Alongi, D. M. 2008. Mangrove forests: Resilience, protection from tsunamis, and responses to global climate change. Estuarine, Coastal and Shelf Science, 76(1), 1-13. DOI: 10.1016/j.ecss.2007.08.024

Field, C. et al. 1998. Mangrove biodiversity and ecosystem function. Global Ecology & Biogeography Letters, 7(1), 3-14. DOI: 10.1111/j.1466-8238.1998.00278.x

Ramos, J. a. A. et al. 2011. Influence of moon phase on fish assemblages in estuarine mangrove tidal creeks. Journal of Fish Biology, 78(1), 344-354. DOI: 10.1111/j.1095-8649.2010.02851.x

Rodriguez, C. et al. 1990. The epiphyte community of mangrove roots in a tropical estuary: Distribution and biomass. Aquatic Botany, 36(2), 117-126. DOI: 10.1016/0304-3770(90)90076-W

Vannucci, M. 2001. What is so special about mangroves? Brazilian Journal of Biology, 61(4), 599-603. DOI: 10.1590/S1519-69842001000400008

Deja un comentario

You May Also Like

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *