N.G. ¿Qué fue lo que sentiste en ese momento?

J.M. – Siento que me da una capa de superhéroe y me siento que lo puedo todo arriba de la bici. Y siento libertad, esa libertad que nunca sentí tener antes. Mi primera maratón la corrí a los 40 años. Entre medio estuve con un proceso de ir a la clínica, de estar en casa, de empezar a socializar, etc. Un año antes de la maratón de Nueva York empecé a entrenar con muchos cuidados médicos. Comencé a bajar de peso.

N.G. ¿Cómo cambió tu vida?

J.M. – Si agarras mi vida previa al infarto y post infarto, somos dos personas distintas. Hasta los amigos cambiaron. Empecé a relacionarme con deportistas, ciclistas, etc. En junio de 2003 corrimos la maratón de Rosario (Santa Fe, Argentina) como preparación y, meses más tarde, cuando crucé la meta del Central Park dije “esto es lo mío”. Si pude hacer los 42 kilómetros de Nueva York, puedo empezar a jugar al básquet. Y empecé a jugar al básquet en silla… Al tenis, al golf… Comencé a hacer todo lo que no había hecho en mi vida. Las cosas que hacían mis compañeros de chicos, la empecé a hacer en ese momento.

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