La correlación entre temperatura y CO₂ es una relación que se remonta desde la prehistoria hasta donde se puede estudiar —son datos que se pueden estudiar gracias al estudio de los hielos antiguos—. Los períodos de temperaturas máximas se corresponden con períodos de elevada concentración de carbono atmosférico, y viceversa.

Está comprobado que la relación causal existe. El dióxido de carbono, como el metano, el vapor de agua y otros gases, tiene un papel en el conocido efecto invernadero. Retiene la radiación infrarroja que es emitida por la tierra al espacio al absorber la luz solar, y calienta el ambiente, de forma similar a como funciona el cristal de un invernadero. Sin embargo, ¿cómo podemos estar seguros de que ese carbono tiene su origen en la actividad humana, y no forma parte de otras fuentes, como el vulcanismo?

Gracias a los estudios con isótopos de carbono, sabemos que el exceso del COprocede principalmente de los seres vivos, y no de otras fuentes como podría ser el vulcanismo, cuya contribución al cambio climático es mínima.

Por supuesto, la respiración de los seres vivos o los incendios podrían ser la causa, pero, esos mismos estudios con isótopos del carbono muestran que el CO₂ que conforma los excesos que observamos en la naturaleza, ese CO₂ que está detrás del cambio climático no procede de seres vivos modernos, sino de organismos fósiles. Seres vivos que obtuvieron su carbono por fotosíntesis hace cientos de millones de años, y que hoy, nosotros, estamos liberando. Aquellos seres vivos, plantas y algas prehistóricas, que formaron lo que hoy conocemos como carbón, petróleo y gas natural.

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Así es como sabemos que el cambio climático es de origen antropogénico. Y en este aspecto, el consenso en la comunidad científica es contundente.

Referencias:

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Cook, J. et al. 2016. Consensus on consensus: a synthesis of consensus estimates on human-caused global warming. Environmental Research Letters, 11(4), 048002. DOI: 10.1088/1748-9326/11/4/048002

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