«Acá la carne no es igual y no hay pan rallado para hacer milanesas», dice Gerardo Nahuel Quinteros sentado en el banquito de una plaza en Polonia. Él es un carnicero de 28 años que desde mediados de mayo fue a probar suerte a un frigorífico de capitales irlandeses en Sieraków, un pequeño pueblo muy cerca de la frontera con Alemania, a miles de kilómetros de su Melchor Romero natal. Se levanta muy temprano para ir a trabajar de lunes a viernes en un lugar que cambió su vida por completo: «Ganamos muy bien y estamos muy contentos, tenemos las tardes libres y nos tratan excelente».

Junto con Francisco, su suegro, se tomaron un avión que los paseó primero por Brasil, luego por España y después por Alemania, previo a su desembarco en tierras polacas. Llegaron con mucha incertidumbre pero con la seguridad de que iban a tener un trabajo bien remunerado y con todas las comodidades resueltas. Fue seleccionado por una empresa reclutadora que busca carniceros argentinos para trabajar la carne allá en Europa, y tras un par de meses de trámites y espera, partió.

«Llegamos hace un mes en un viaje que demoró 38 horas. Vine con mi suegro; a él le ofrecieron el trabajo en el frigorífico y me dijo a mí», le cuenta Tití -así le dicen- a 0221.com.ar en un día feriado en Polonia. «Somos varios argentinos pero los únicos dos de La Plata; hay gente de La Pampa, de Entre Ríos, de Florencio Varela y más. Somos alrededor de 25 trabajando en el frigorífico, en distintos puestos», comenta.

El carnicero hincha de River que dejó en Romero a su señora y a su hijo de 7 años todavía está maravillado por el recibimiento y el día a día en su nuevo hogar, y tiene el objetivo de que cuando se cumplan los seis meses necesarios que indica la ley, llevar a su familia: «La idea es que se vengan a vivir conmigo, tengo que esperar ese tiempo para que ella pueda venir a trabajar, y cuando pase 1 año completo ya puede quedarse sin problemas».

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Francisco, su suegro, hace 20 años que trabaja en el mundo de los frigoríficos, y toda su experiencia le sirvió como pasaporte directo para encabezar esta aventura que para el platense de 28 años es algo increíble. «En un frigorífico de Argentina necesitás al menos 1 año de prueba para quedar de manera definitiva, y vos arrancás en el nivel más bajo y vas pasando por el resto. Acá no, llegás y trabajás; agarrás el cuchillo y listo, adentro», describe quien hizo una breve demostración para sus jefes el día que llegó, y fue aprobado de inmediato.

 

 

«El otro día vinieron a felicitarme por cómo estoy trabajando», cuenta con alegría. Gerardo ahora es postador, el puntero de la línea: «Me probaron y soy el que maneja la velocidad de los rieles, de la noria». La jornada laboral es de 7 de la mañana a 13.30, con un intervalo de media hora al mediodía para comer, generalmente una sopa o algo bien caliente para combatir el frío del frigorífico, y con la tarde libre, de lunes a viernes.

«Nos levantamos a la mañana temprano; acá el sol sale a las 3 de la madrugada y oscurece a las 22. En verano amanece a la 1 de la mañana», cuenta y continúa: «Nos levantamos a las 4, a las 7 tenemos que marcar tarjeta, entonces cerca de las 6 nos pasa a buscar una combi de la empresa y nos lleva. Una vez que llegamos al frigorífico nos dan la ropa y es increíble la seguridad porque todo es de primer nivel: guantes anticortes muy largos y todo el equipamiento». Luego agarra sus cuchillos, los afila, y empieza su jornada, siempre abrigado con ropa térmica porque adentro el frío es intenso.

«Y nos pagan bien, comparado con lo que ganamos allá en Argentina es mucha plata. Además la empresa nos pagó todo: el vuelo, el hisopado, y una vez que llegamos acá también se encargan de las tres comidas por día -desayuno, almuerzo y cena-, del departamento en el que vivimos y del transporte. O sea que no gastamos en nada, es plata que podemos ahorrar», cuenta Tití. La cuenta da que por mes ganan cerca de 450 mil pesos argentinos. «Y acá es todo muy barato, con la mitad del sueldo te podés comprar un auto», calcula.

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«Acá los encargados te ayudan en todo, son muy amables y atentos, y además la empresa nos puso televisión, wifi en el departamento, chip en el teléfono, y todas las comodidades. Si nos falta algo lo pedimos y lo tenemos», narra. «Nuestro contrato es por dos años y según nos comentaron, te lo renuevan ellos mismos automáticamente. Acá incluso nos están tramitando la ciudadanía de la comunidad europea. Apenas llegamos nos dieron el PESEL primero, que es como un papel transitorio que te dura hasta que se te termine el contrato», describe. Con esa identificación puede viajar a otros países y es algo que va a ir haciendo con el paso de las semanas.

Por lo pronto se limita a trabajar y conocer el pueblo en el que viven 8 mil personas a orillas del río Varta, además de la ciudad cercana de Poznań, una localidad mucho más grande que tiene una infraestructura más atractiva con respecto a bares y lugares para pasear. «Acá la vida se termina a las 9 de la noche y la gente en la calle es muy cerrada. En el día a día, por ejemplo, no se puede cruzar la calle por fuera de la senda peatonal porque te multan; te agarran bebiendo y te pueden llevar preso, te agarran sin registro y lo mismo, son muy estrictos pero por eso todo funciona bien acá», reflexiona.

Gerardo y el resto de los argentinos se hacen entender gracias al traductor en el teléfono. Lo tienen todo el tiempo consigo y de esta manera pueden comunicarse con la gente, teniendo en cuenta que «el idioma polaco es imposible», según describe entre risas. Y por estos días intenta curarse definitivamente de una lesión en los ligamentos de una de sus rodillas para poder jugar al fútbol contra un grupo de polacos que se juntan en unas canchas muy cerca de donde viven. «Acá ya hay dos equipos de argentinos que juegan», cuenta.

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En la calle, cuando los escuchan hablar y se enteran que son argentinos, automáticamente les dicen «Maradona, Messi». Y enseguida lo nombran a su ídolo, el delantero del Bayern Munich Robert Lewandoswki, que en noviembre estará enfrentando a la Selección de Lionel Scaloni en el Mundial de Qatar. «Están muy pendientes de ese partido», cuenta Tití, que pese a la alegría que siente por su nueva vida, hay cosas que extraña, como a su familia y a un buen asado: «Acá no se come absolutamente nada de carne; es todo cerdo y el sabor es distinto, hay mucho embutido también. Cuando apenas llegamos pedimos carne y en el frigorífico nos hacen descuentos, pero la carne no es la misma que la nuestra».

En el departamento en el que viven hay un grupo de personas grandes que escapó de la guerra en Ucrania. Hablan en ruso y tienen miedo todavía, cuenta quien por las noches escucha a lo lejos las explosiones y detonaciones de los enfrentamientos en aquel país que tiene su frontera pasando el este polaco. «Escuchamos la guerra a la noche. Los primeros días casi nos volvemos pero nos terminamos quedando; en la embajada nos dijeron que es imposible que acá pase algo de eso», confiesa el carnicero.

Después de la charla con este portal va a seguir disfrutando de su feriado, el último antes del próximo, que recién será en Navidad. Al día siguiente, como todos los días de la semana desde hace un mes, irá a cumplir su jornada como carnicero en el frigorífico que le cambió la vida, ese que queda a pocos minutos del pueblo y a miles de kilómetros de Melchor Romero.

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