Darwin empieza a escribir el libro

En 1844 se dispuso a contar al mundo los descubrimientos que durante cinco años a bordo del Beagle le condujeron hacia el mecanismo que guía la evolución de las especies. Pero Darwin no era un hombre con demasiada prisa y después de 14 años todavía no lo había terminado. Hasta entonces únicamente había escrito un “breve” resumen -según sus estándares- de 35 páginas y un ensayo de 230 donde incluía un volumen enorme de datos que confirmaban su teoría. En realidad podemos considerarlo un borrador de su obra magna la cual, por cierto, pretendía titularla… ¡Resumen de un ensayo sobre el origen de las especies y variedades a través de la selección natural! Nadie, excepto su amigo y botánico Joseph D. Hooker, tuvo acceso a él y durante 12 años, hasta 1856, se limitó a acumular datos y a publicar 4 monografías sobre los percebes.

El 14 de mayo de 1856, animado por Charles Lyell -el mejor geólogo de Inglaterra- y Hooker, comenzó a escribir su obra definitiva de título La selección natural. Iba a ser una obra monumental, de 4 a 5 veces más larga que El origen de las especies, lo que implicaba 2 500 páginas. Dos años más tarde había terminado 10 capítulos y estaba a punto de terminar el undécimo sobre las palomas cuando recibió una carta de un joven naturalista llamado Alfred Rusell Wallace.

Wallace entra en acción

Durante ocho años Wallace había recorrido los más de 20.000 kilómetros repartidos entre las Molucas, Sumatra, Java, Nueva Guinea y muchas otras islas. La abundancia de sus aportaciones científicas le crearon una excelente reputación como biólogo en su Inglaterra natal. Pero su mayor descubrimiento estaba por llegar. En 1855, mientras se encontraba en Borneo, se le ocurrió la idea de que las especies debían cambiar con el tiempo. Tres años después llegó a la conclusión de que los cambios se producen por selección natural, que él bautizó como la supervivencia de los más aptos. Curiosamente, llegó a esta conclusión siguiendo el mismo camino que Darwin: tras leer Ensayo sobre los principios de la población de Malthus.

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En febrero de 1858, en una de las islas del archipiélago malayo, nuestro querido aventurero inglés, envuelto en una manta esperando a que se le pasara el ataque de malaria, se dispuso a escribir sus ideas acerca del origen de las especies, el problema que le había obsesionado durante once años. Una vez recuperado, Wallace, mucho más dinámico que el sosegado Darwin, se sentó y en dos días terminó el artículo titulado Sobre la tendencia de las variedades a desviarse indefinidamente del tipo original. Metió las páginas en un sobre y lo envió para que lo revisara el más famoso naturalista de entonces, Charles Darwin.

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