Los festejos populares que explotaron a lo largo y ancho del país luego del triunfo agónico contra Egipto, y que se prolongaron tras otra sufrida victoria ante Suiza son, en el fondo, un oasis de felicidad en medio de la angustia cotidiana que se vive en el país, de la crisis económica profunda y de un ataque constante a los derechos laborales y sociales.
Mientras desde el Gobierno Nacional y la ultraderecha en Argentina se promueve el individualismo, los festejos -con un fuerte contenido “anti Milei”- son una reafirmación de lo colectivo. En un país donde nada funciona, donde el Estado Nacional empuja a las mayorías sociales al abandono, el deporte aparece como un espacio en el cual las mayorías sociales encuentran un poco de oxígeno, y pueden olvidar, al menos por un rato, la precariedad por la que se transita todos los días.
En la Argentina de Milei, la situación social es una olla a presión, y los festejos populares son un canal de desahogo que vehiculizan el descontento.
En ese marco, el partido contra Inglaterra del próximo miércoles no es un partido más. Este enfrentamiento está históricamente cargado. Primero, por el vínculo semicolonial histórico que se remonta al siglo XIX y su impacto en el desarrollo histórico del país: el comercio libre con Inglaterra impulsado por un sector de la burguesía criolla significaba ahogo de cualquier desarrollo autónomo industrial. Segundo, por el inmenso impacto de la guerra de Malvinas en 1982.
El impacto político-cultural del partido Argentina-Inglaterra es doble. Por un lado, canaliza un sentimiento de fuerte rechazo a la política exterior del gobierno nacional alineado de forma servil a los intereses anglo-norteamericanos. Este partido cobra un fuerte sentido antiimperialista. Ante la sumisión de la cancillería argentina y de Milei a los países imperialistas, las calles y las hinchadas reflejan el rechazo de la injerencia de las potencias extranjeras en la vida de los pueblos.
No es novedad la simpatía política del presidente argentino con la figura de Margaret Thatcher. La libertad que defiende Milei es la libertad de las potencias imperialistas de hacer lo que les plazca con los recursos y territorios de los países sometidos. Aprovecha cada 2 de abril para instalar una narrativa de reconciliación con las Fuerzas Armadas, negacionista de la última dictadura militar. Justifica su repudio a la lucha por memoria, verdad y justicia mientras no dice una sola palabra sobre la ocupación inglesa de las Islas.
Mientras tanto, la FIFA busca por todos los medios que el duelo entre argentinos e ingleses sea sólo un partido de fútbol. Pero desde las tribunas cada vez emerge con más fuerza el famoso canto “el que no salta es un inglés”, y se reproduce desde allí a cada rincón de nuestro país. También se expresa en lugares tan lejanos como Bangladesh, que sufrió durante siglos la opresión colonial del Imperio Británico y tradujo su empatía por la lucha argentina por la soberanía sobre las islas en fanatismo por la Selección nacional, y en una causa común contra el imperialismo británico.
La burbuja de neutralidad que intentaron diseñar Infantino y Trump se deshizo en el aire el mismo día de la fiesta inaugural, y la crisis política internacional salpicó todos los estadios y las calles de las tres sedes. Se expresó en los hechos de racismo y xenofobia en Estados Unidos, deportaciones, ataques a delegaciones asiáticas, en la precarización laboral a migrantes; pero también en las banderas de Palestina en casi todos los estadios, declaraciones en contra del genocido en Gaza por parte de protagonistas directos -como Hossam Hassan, director técnico de Egipto-, en las marchas de docentes y de las madres buscadoras en México, en las amenazas de huelgas de los trabajadores del MetLife Stadium en Nueva York y en manifestaciones antifascistas.
Este miércoles habrá un capítulo más de un libro que ya tiene varios antecedentes en la historia de los Mundiales y que conecta varios hechos históricos muy arraigados en el presente.
Este sábado 11 de julio falleció el histórico ex futbolista de Boca Juniors y símbolo de la Selección Argentina, Antonio Ubaldo «El Ratón» Rattín. El mismo que en el mundial en 1966 en Inglaterra, y frente a la selección local en forma de protesta por una expulsión injusta, arrugó el banderín del córner que contenía la bandera nacional y se sentó en la alfombra roja que estaba destinada a la reina Isabel II. Lo sacaron a la fuerza ante el abucheo de más de 90 mil personas, mientras el director técnico inglés Alf Ramsey trataba a los argentinos de “animales”. Fue una postal que trascendió mundialmente y una dura condena a la Corona Británica por parte del emblema de aquella selección nacional.
El momento más recordado sin duda es el famoso cruce en México en 1986, apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas, en la que el imperialismo británico, comandado por Margaret Thatcher (admirada hoy por Milei), descargó su poderío bélico para consolidar su enclave colonial en el Atlántico Sur con el aval de Reagan, presidente de Estados Unidos.
Thatcher fue además una criminal de guerra. El 2 de mayo de 1982, el crucero ARA General Belgrano fue atacado por el submarino nuclear británico HMS Conqueror, siguiendo una decisión política y militar directa del gobierno británico. Trescientos veintitrés soldados argentinos murieron en el mar del Atlántico Sur, casi la mitad de las bajas nacionales durante todo el conflicto. El ataque ocurrió cuando el buque se encontraba fuera de la zona de exclusión total que incluso Inglaterra había declarado alrededor de las Islas Malvinas. Este antiimperialismo no es ni puede ser enemistad con otros pueblos, sino con las clases dominantes de las potencias. Después de todo, poco después de Malvinas, la clase obrera inglesa daba su última gran batalla histórica hasta ahora, la de los mineros contra Thatcher.
En ese marco, con las heridas abiertas de la guerra, la selección de fútbol argentino con Maradona a la cabeza transformó un partido de fútbol en una revancha para vengar a los pibes de Malvinas, a todo un pueblo, a los explotados y oprimidos, y eliminar del torneo a los ingleses de “la dama de hierro”, enemiga acérrima de la clase obrera.
Maradona, luego de protagonizar una de las actuaciones más recordada de las historias de este deporte, expresó que jugó “pensando en Malvinas”.
Este miércoles no va a ser sólo un partido de fútbol. La gente en las calles no lo vive como un partido más. El fútbol es parte inseparable de la vida social, sobre todo en Argentina, y así se respira en cada rincón, y más todavía luego de conocerse que el próximo rival será Inglaterra. Enfrente estará el seleccionado de una potencia colonialista histórica e imperialista tradicional, que sostiene bases militares en nuestras islas y se apropia históricamente de nuestros recursos. Del otro cuadro de semifinal aparecen Francia y España, otras dos potencias coloniales históricas. En el palco, Infantino y toda la burocracia de la FIFA y el trumpismo que intentarán vender su show de entretenimiento despolitizado para beneficio de las multinacionales. Y en la Casa Rosada, un gobierno entreguista que se arrodilla ante Trump y le rinde pleitesía a los imperialistas.
Pero las calles de Argentina y de otras partes del mundo, como Bangladesh, dejan en claro que el partido contra Inglaterra no es ni puede ser neutral. Argentina tiene una tradición del movimiento de masas con una fuerte presencia de sentido antiimperialista, que tiene tradición de lucha en las calles con conquistas de derechos, y que supo tirar dictaduras abajo. El fútbol como elemento constitutivo de la vida social expresó en las calles estos días toda la bronca contenida ante un gobierno enemigo de la clase trabajadora, enemigo de la juventud y enemigo de los sectores populares.
Si bien el Mundial de Fútbol es un negocio millonario, su administración capitalista no puede controlar todas sus aristas cuando la pelota rueda y las calles se vuelven un territorio en disputa y expresan el descontento social.
Pero ese sentimiento antiimperialista en las tribunas para ser consecuente necesita convertirse en anticapitalista. Bajo las banderas de las potencias imperialistas se encuentran las grandes empresas extractivistas que saquean el litio, el petróleo y los recursos comunes, y el mecanismo de extorsión de la deuda externa con el FMI. Un verdadero antiimperialismo es indisociable del anticapitalismo. El antiimperialismo de la clase obrera debe plantear el desconocimiento soberano de la deuda fraudulenta y la expropiación bajo control de los trabajadores de todos los capitales estratégicos y monopolios extranjeros.
Luego del gol con la mano a los ingleses Maradona dijo alguna vez: “les robé la billetera sin que se dieran cuenta”. Los anticapitalistas decimos: hay que expropiar los capitales extranjeros que saquean al país.







