¿Se terminó Propuesta Republicana (PRO)? Con su inclusión como socio minoritario en el “liberalismo-libertario” del presidente Milei, el partido que comenzó a organizarse a mediados de 2001, pocos meses antes de que Argentina estallara, y que logró alcanzar la presidencia en 2015, parece llegar a su final. Al menos así lo auguran los especialistas del “círculo rojo”, esos a los que Mauricio Macri gustaba despreciar.

Lo cierto es que no es una buena idea decretar la conclusión de las experiencias políticas antes de tiempo. Por un lado, los partidos pueden sobrevivir a las derrotas electorales e incluso a los errores, el abandono y la desidia de sus dirigentes. Por el otro, aún desnaturalizado, dividido y recortado, lo que quedó de PRO no solo tiene gobiernos ejecutivos y legisladores provinciales y nacionales, sino también una identidad que, al menos por ahora, se resiste a diluirse por completo.

Vistos desde el eje izquierda-derecha, PRO y La Libertad Avanza (LLA) representan a un mismo espacio y comparten agenda, sobre todo en términos de defender las jerarquías e impulsar la concentración de la propiedad para generar crecimiento.

No obstante, quizás a pesar de las intenciones de sus líderes y activistas, LLA y PRO no representan lo mismo en términos político-culturales. Eso no se debe tanto a que LLA sea una derecha radicalizada, sino a que la política argentina no se estructura solamente alrededor de la distinción horizontal entre izquierda y derecha, sino también de un eje perpendicular alto-bajo que, aunque se basa en la división entre peronismo y no-peronismo, la trasciende.

Lo alto y lo bajo

Siguiendo al politólogo canadiense Pierre Ostiguy, lo bajo se identifica con una celebración de lo popular (incluso de lo vulgar), lo local (en general nacional) y una visión positiva de los liderazgos personalistas y la informalidad. Lo alto, en cambio, se acerca al elitismo (incluso a lo esnob) y al cosmopolitismo y valora lo formal, lo procedimental y la conformación de una autoridad impersonal.

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PRO se conformó en espejo al Kirchnerismo que por entonces construía su hegemonía desde una posición baja y a través de apelaciones hacia la izquierda. En su ciclo ascendente, PRO buscó (y logró) mostrarse como un espacio de centro-derecha alta, pero capaz de atraer tanto a los votantes de la derecha baja como a algunos que se ubicaban en la centroizquierda alta.

Sin embargo, una vez que Macri llegó a la presidencia con la alianza Cambiemos, PRO se hizo un partido más de derecha y más alto, al punto de tornarse una suerte de caricatura del “gorilismo”. En un par de años, Macri pasó de inaugurar el primer monumento a Perón de la ciudad de Buenos Aires y de hacer la promesa de “mantener lo bueno” del kirchnerismo a denunciar al peronismo como el origen de “los setenta años de decadencia”.

PRO fue creado como si dijéramos “desde arriba”. No solo en el sentido de Ostiguy, sino también en uno más coloquial. Pese a su heterogeneidad, fue fabricado desde lo que podríamos llamar la “clase dirigente” para ganar elecciones, no para plantear una idea. LLA, en cambio, se formó “desde abajo”, no solo por su posición político-cultural y por reivindicar como propia una parte de la historia peronista (sobre todo la de Menem), sino también porque, en 2021, se formó casi como respuesta a una “demanda”por parte de una base que exigía “una derecha en serio” hecha para mantener una visión del mundo que se considera una verdad indiscutible e innegociable.

A diferencia de las figuras de PRO, para los activistas de LLA no se trata de estar “más allá de la izquierda y la derecha”, sino de ser orgullosamente derechistas. En el mismo sentido, la interrupción legal del embarazo no es “un tema a debatir” sino un “asesinato agravado por el vínculo” cuya prohibición, por ahora, permanece en carpeta, pero algún día puede ser desempolvada. Incluso la idea cambiemita de “hacer más eficiente al Estado” quedó en el olvido, ahora reemplazada por la propuesta de destruir tanto Estado como sea posible. Pero, repitamos, LLA no sólo está “más a la derecha”, también está (y por ahora procura mantenerse) más “abajo”. No se limita a proponer “ley y orden”, sino que lo hace diciendo “cárcel o bala” e insultando a cualquiera que no celebre tanto a las políticas como al “estilo” de Milei.

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Para los mileístas, tan importante como combatir a los zurdos es mostrar que ellos son muy diferentes a “los chetos del PRO”. Melina Vázquez ha mostrado en sus trabajos que los militantes de LLA se sienten “los picantes” o “los peronchos” de la derecha. En este sentido, apelar a lo grosero y lo personal, despreciar los formalismos y los procedimientos no es un accidente, es parte de su identidad.

¿Hay futuro para PRO?

En 2023, LLA ganó las elecciones en la segunda vuelta. Lo que podríamos considerar su voto propio (concentrado en el cuadrante bajo y de derecha) no fue mayoritario. Su triunfo en el balotaje se produjo sumando (entre muchos otros) a los que, en principio, preferían una derecha más “alta”, esa que había estado encarnada en el PRO.

Para saber si, en el mediano plazo, PRO “ya fue”, lo que tenemos que observar no es tanto qué tan a la derecha están dispuestos a moverse esos votantes (ya sabemos que siempre se puede ir un poco más a la derecha), sino —sobre todo— qué pasa en el hemisferio alto de la política argentina, que hoy parece despoblado.

A diferencia de lo que sucedió a comienzos del siglo, cuando se produjo una polaridad “diagonal” entre el cuadrante de izquierda-bajo y el de derecha-alto, hoy el panorama parece dividido de forma horizontal entre el kirchnerismo que quiere mantenerse en el polo inferior izquierdo y LLA que busca apuntalar a su partido manteniendo su posición abajo a la derecha.

En este escenario, es probable que algunas (no sabemos cuántas) de las personas que hace dos años votaron a PRO antes de hacerlo por Milei todavía mantengan cierta distancia de la postura “baja” que cultiva LLA. Para muchos de ellos, el problema no es que Milei sea “más de derecha”, sino la forma en que lo es. Los modos del presidente y de su troupe son criticados no solo por quienes se posicionan a su izquierda, sino también por varios que están de acuerdo con la orientación general de su gobierno, pero intentan influir para que Milei “suba” de hemisferio. Pero no está claro que ese movimiento hacia arriba por parte de LLA vaya a suceder en el corto plazo, en parte porque Milei, a pesar de su promesa de renunciar a los insultos, no parece tener ni la voluntad ni la capacidad de mudar de piel.

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Si la tensión se mantuviera en el hemisferio bajo, sería posible que se abriera un lugar en la política “alta” y entonces, más allá de las divisiones, defecciones y claudicaciones de los dirigentes de PRO, esa identidad podría volver a encarnarse. Sin embargo, como están las cosas hoy, también es imaginable que ese lugar sea poco a poco ocupado por otras fuerzas más bien orientadas a la centro-izquierda (como sucedió en la década de 1990) o que el propio kirchnerismo “suba” un poco en el eje político-cultural. En ese segundo caso, las chances de supervivencia del partido de Macri serían mucho más escasas.

* Doctor en Ciencias Políticas y autor del libro Mundo Pro y La Nueva Derecha Argentina

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