Los 25 años de Alta suciedad son la excusa perfecta para volver a uno de esos álbumes que persisten en el tiempo, en parte, gracias a un sonido, una lírica y un espíritu capaces de trascender épocas y vaivenes estéticos.

El quinto trabajo solista de Andrés Calamaro, y el primero luego de su consagración iberoamericana con Los Rodríguez, lleva impresa esa marca desde su concepto.

Como repasa exhaustivamente el libro Días distintos, en el que Walter Lezcano analiza la trilogía iniciada con este álbum lanzado en 1997, y profundizada en Honestidad brutal (1999) y en El salmón (2000), Calamaro llegó a este punto bisagra de su carrera con una treintena de canciones demeadas y con la decisión de grabar el disco con sesionistas de renombre.

De la mano de Joe Blaney, conocido en estas tierras por su participación clave en Clic modernos (1983), de Charly García, el cantautor se rodeó de un seleccionado de músicos que interpretó con maestría su deseo de sonar en clave R&B, soul y funk, sin perder su sello característico, pero abriendo juego a una paleta de colores más nocturna y universal.

“Universal” no es una palabra azarosa para definir a Alta suciedad. Gracias a su sonido de alta calidad y calidez interpretativa, el disco rápidamente se destacó entre la media de aquella segunda mitad de la década de 1990. Si a eso le sumamos algunas de las mejores letras en la carrera de Calamaro (Flaca, Loco, Todo lo demás, Media Verónica, Elvis está vivo, Crímenes perfectos), la mesa estaba servida para lo que finalmente pasó: el álbum se convirtió en el segundo más vendido en la historia del rock vernáculo, apenas superado por el gigantesco El amor después del amor, de Fito Páez.

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Según recapitula Lezcano en su libro, con esta obra de identidad imperecedera Calamaro confirmó la “impronta (más) negra” que atravesaba a la música argentina de alta rotación de aquellos años. El escritor enlista la llegada de los Rolling Stones o de James Brown; el disco Chaco, de Illya Kuryaki & The Valderramas, o la formación de Willy Crook & Funky Torinos como fragmentos coincidentes de un mismo espíritu que podría linkearse visualmente con el cine de Quentin Tarantino.

“El terreno auditivo estaba abonado para que floreciera un disco de las características de Alta suciedad”, resume el autor de Días distintos. Pero, además, Lezcano también entiende a este puñado de canciones como el trampolín definitivo al estrellato individual para un artista que, hasta entonces, había logrado notoriedad grupal, pero carecía de la legitimidad autoral que luego lo llevó a experimentar con sus propios límites físicos y psíquicos.

Más de 600 mil copias vendidas y algunos atisbos de premoniciones sociopolíticas (la letra de la canción que abre el álbum todavía sorprende al calor de la historia que le siguió) definieron el estatus del disco como un gigante de su tiempo, pero con proyección de clásico instantáneo para las generaciones futuras.

Un cuarto de siglo después, artistas como Conociendo Rusia o Bandalos Chinos (¡y hasta C. Tangana!) sintetizan mucho de esa misma cosmogonía que Calamaro supo hacer suya para convertirse, de cara a la posteridad, en uno de los guardianes de la canción argentina y su tradición popular. Lo que en aquel entonces fue su llave para la consagración hoy ya se ha convertido en un estándar rockero que sigue cosechando frutos más allá de su propio huerto.

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