Un diamante es para siempre

Que el diamante sea un símbolo del amor entre dos personas fue algo cuidadosamente planificado a mediados de la década de los 40, cuando la gran compañía que controlaba el mercado del diamante, la holandesa De Beers, encargó una encuesta entre más de 5 000 adultos estadounidenses y descubrió que muy pocos asociaban el diamante a los anillos de pedida, un mercado copado por gemas como el rubí, el zafiro o la turquesa. Había que darle la vuelta a la situación y para ello contrató a la empresa de publicidad N. W. Ayer, que lanzó su campaña basada en pinturas francesas de lugares románticos. Y no funcionó.

Pero una tarde de abril de 1947 todo cambió. Una joven creativa de la empresa llamada Frances Gerety se había quedado para terminar el trabajo: el cliente estaba esperando un eslogan. Según ella misma contó, bajó la cabeza y dijo, “por favor Dios, échame una mano”. Entonces se incorporó y escribió: “A Diamond is Forever”, un diamante es para siempre. El eslogan catapultó el mercado del diamante. La frase de Gerety se ha traducido a más 30 idiomas y gracias a ella cerca del 80% de las parejas que se prometen en matrimonio en Estados Unidos, Europa y Japón lo hacen con un diamante.

Claro que un diamante no es para siempre. A finales del siglo XVII el Gran Duque Cosme III pidió a la academia científica de Florencia que fijara “un diamante en el foco de una lente de quemar” para ver lo que sucedía. Los científicos así lo hicieron y vieron como se rompía, centelleaba y, finalmente, desaparecía sin dejar rastro ni huella de su existencia. Metidos en un horno a altas temperaturas, la bandeja donde se depositaba salía sin nada que demostrara su existencia. ¿Qué había pasado? Hubo que esperar al gran Lavoisier para comprender lo que estaba pasando: quemados ante una fuente ilimitada de oxígeno se convertían totalmente en dióxido de carbono. El porqué era así escapó a su comprensión, hasta que en 1796 el químico Smithson Tennant dio con la solución: los diamantes estaban hechos con el mismo elemento que el carbón. Como escribió en cierta ocasión una periodista, el diamante es grafito con un buen día.

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Es curioso que una de las falsas concepciones más populares de los diamantes sea que, por ser las sustancias más duras, no se pueden romper. En tiempos de los romanos se creía que solo la sangre de un niño sacrificado podía desmenuzarlo y Pizarro y sus hombres destrozaron gran cantidad de esmeraldas al suponer que las verdaderas tenían la misma falsa indestructibilidad que el diamante. De hecho, el jade nefrítico, con un un 6,5 en la escala de dureza de Mohs, difícilmente se puede romper con un martillo a pesar de que tenga. El diamante, con un 10, se puede destrozar de un golpe.

Referencia:

Newmann, N. (2021) Diamonds: Their History, Sources, Qualities and Benefits, Firefly Books

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