En un mundo marcado por guerras, crisis, competencia entre potencias y crecientes cuestionamientos al orden existente, la cumbre de la OTAN en Ankara mostró tanto los intentos del imperialismo occidental por imponerse como las contradicciones y límites que acompañan ese proceso.

Una unidad bajo presión

La cumbre de la OTAN, celebrada en Ankara entre el 7 y el 8 de julio, se desarrolló en medio de un contexto internacional de los más inestables desde el final de la Guerra Fría. La guerra en Ucrania entró en una fase prolongada y de desgaste, sin perspectivas cercanas de una resolución. Paralelamente, la crisis abierta tras los enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán y la interrupción del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz volvió a colocar a Medio Oriente en el centro de la escena.

A esto se suma la competencia cada vez más abierta entre Estados Unidos y China por las esferas de influencia de sus proyectos imperialistas (el primero “tradicional”, aunque con un retroceso en su hegemonía, el otro en construcción y con desigualdades internas). En este escenario, la reunión de la OTAN intentó proyectar una imagen de cohesión. La declaración final insistió repetidamente en la existencia de un compromiso «inquebrantable» con la defensa colectiva y con el artículo 5 del tratado atlántico, una insistencia que refleja precisamente las dudas existentes respecto a la solidez futura de su vínculo.

Desde el inicio de su segundo mandato, Trump cuestiona reiteradamente el reparto de cargas dentro de la alianza, amenazó con revisar sus compromisos y dejó claro que Washington no estaba dispuesto a asumir en solitario los costos de la seguridad europea. Dentro del círculo trumpista se discuten públicamente escenarios de reducción de la presencia militar norteamericana en el continente y las consecuencias que tendría una eventual retirada parcial del organismo.

Por esta razón, la discusión principal de la cumbre no giró alrededor de los temas militares, despliegues operativos o nuevas capacidades, sino alrededor del dinero. El verdadero debate consistió en determinar quién pagará el proceso de rearme occidental abierto tras la invasión rusa de Ucrania y cómo se distribuirán esos costos entre Estados Unidos y sus aliados. La cuestión financiera desplazó las discusiones puramente militares y terminó convirtiéndose en el principal eje político de la cumbre.

Del lado europeo se intentó presentar el resultado como una demostración de unidad, pero las fricciones afloraron durante toda la reunión. España cuestionó públicamente el objetivo del 5%, varios gobiernos expresaron reservas sobre la velocidad del incremento del gasto y las declaraciones de Trump sobre Groenlandia recordaron que las disputas geopolíticas no desaparecen por compartir una misma alianza militar.

Paradójicamente, el fenómeno Trump terminó convirtiéndose en el principal factor de incertidumbre para una organización creada por los Estados Unidos en la segunda posguerra, con el objetivo de consolidar la “alianza atlantista” en la disputa geopolítica con la URSS. Ankara mostró una OTAN más grande, más armada y más dispuesta a gastar en el rearme, pero también atravesada por dudas sobre su liderazgo político, sus prioridades estratégicas y el reparto de responsabilidades entre sus miembros.

El salto al 5%

El acuerdo más importante fue la consolidación del compromiso de destinar el equivalente al 5% del PIB a defensa y seguridad para 2035. La decisión representa el mayor programa de rearme occidental desde el final de la Guerra Fría y marca un punto de inflexión en la evolución de la OTAN. El recorrido comenzó en la cumbre de Gales de 2014, celebrada pocos meses después de la anexión rusa de Crimea, cuando los miembros de la alianza acordaron elevar paulatinamente el gasto militar hasta el 2% del PIB.

En aquel momento la medida generó resistencias importantes y muchos gobiernos europeos la consideraron más una declaración política que un objetivo vinculante. Diez años después, la guerra de Ucrania transformó completamente el escenario. Según los datos oficiales del organismo, en 2025 ya eran 22 de los 32 miembros los que alcanzaban o superaban el umbral del 2%, frente a apenas tres países una década atrás.

La nueva meta multiplica considerablemente ese esfuerzo. El acuerdo establece que un 3,5% del PIB deberá destinarse a gasto militar directo, incluyendo personal, armamento, mantenimiento y operaciones, mientras otro 1,5% financiará infraestructura, ciberseguridad, protección de redes energéticas, logística, inteligencia y adaptación de las economías nacionales a escenarios prolongados de guerra.

Las cifras ilustran la magnitud del salto: el gasto militar de la OTAN superó los 1,6 billones de dólares en 2025, de los cuales cerca de 980.000 millones correspondieron a Estados Unidos y 657.000 millones a Europa y Canadá. Si el objetivo del 5% se implementa plenamente, el gasto anual del bloque podría acercarse a los 2,5 billones de dólares durante la próxima década, una cifra superior al PIB conjunto de países como Italia o Canadá y varias veces mayor al presupuesto militar chino actual.

Esta decisión abrió un ciclo de bonanza para el complejo militar-industrial occidental. La propia cumbre estuvo acompañada por anuncios de nuevos contratos y programas de adquisición de sistemas antiaéreos, drones, activos para la guerra electrónica y modernización naval valorados en decenas de miles de millones de dólares. Empresas estadounidenses como Lockheed Martin, RTX y Northrop Grumman, junto con gigantes europeos como Rheinmetall, BAE Systems, Leonardo, Thales o Saab, son las principales beneficiarias de esta expansión presupuestaria.

Sin embargo, se trata de un “consenso” más o menos impuesto. Los países del flanco oriental, particularmente Polonia y las repúblicas bálticas, apoyaron activamente la nueva meta y en algunos casos incluso se adelantaron a ella. Polonia ya destina cerca del 4,7% de su PIB al gasto militar y mantiene uno de los programas de modernización más ambiciosos del continente, con adquisiciones masivas de tanques Abrams estadounidenses, sistemas HIMARS y aviones F-35. Estonia, Letonia y Lituania siguen una trayectoria similar, impulsadas por la percepción de una amenaza directa proveniente de Rusia.

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La situación es diferente en Europa occidental. España, Bélgica e Italia expresaron reservas sobre la viabilidad económica y social del objetivo del 5%, especialmente en un contexto de bajo crecimiento económico, elevados niveles de endeudamiento y presiones sobre el gasto social que generan reacciones de protesta en las sociedades. El gobierno español calificó la meta como «desproporcionada» y defendió una mayor flexibilidad en su aplicación, mientras otros gobiernos intentaron ganar tiempo mediante calendarios más largos de implementación.

Detrás de estas diferencias está el verdadero significado político del rearme actual. La guerra de Ucrania se convirtió en el principal motor ideológico y táctico de la militarización europea, proporcionando la legitimidad necesaria para aumentar los presupuestos, flexibilizar las reglas fiscales y acelerar los programas de armamento que habrían encontrado una oposición mucho mayor en otras circunstancias.

Al mismo tiempo, Washington aprovecha este contexto para trasladar una parte creciente de los costos de la confrontación con Rusia hacia sus aliados europeos, liberando recursos para su disputa con China (y las aventuras que le pasen por la cabeza a Trump). El resultado es una OTAN que gasta más que nunca y una Europa que avanza hacia el mayor proceso de rearme de su historia reciente.

La guerra que revitalizó (y tensionó) la alianza

Antes de la invasión rusa de Ucrania, la OTAN atravesaba una periodo de estancamiento. Las intervenciones en Afganistán y Libia dejaron balances negativos y el propio Emmanuel Macron llegó a afirmar en 2019 que la organización sufría una situación de «muerte cerebral». La invasión rusa de 2022 modificó ese panorama. La guerra le proporcionó al organismo un enemigo claramente definido.

Desde entonces, la presencia militar de la OTAN en Europa oriental creció de manera acelerada. Reforzó sus despliegues en Polonia, Rumania y los países bálticos, multiplicó ejercicios militares cerca de las fronteras rusas y amplió las fuerzas de reacción rápida disponibles para operaciones en el flanco oriental. Según datos oficiales, el número de efectivos bajo mando directo de la OTAN preparados para desplegarse rápidamente aumentó desde unos 40.000 soldados antes de la guerra hasta superar los 300.000 efectivos en los planes actuales de defensa regional.

La ampliación geográfica de la organización fue otra consecuencia directa del conflicto. Finlandia ingresó formalmente en abril de 2023 y Suecia hizo lo mismo en marzo de 2024, ampliando la presencia en el norte de Europa y el mar Báltico. La incorporación finlandesa añadió más de 1.300 kilómetros de frontera directa entre la OTAN y Rusia.

La guerra también transformó la estructura industrial y productiva de la defensa europea. Los gobiernos del continente lanzaron programas para aumentar la producción de municiones, sistemas antiaéreos, vehículos blindados y drones, mientras empresas como Rheinmetall, BAE Systems, Leonardo, Saab o Thales incrementaron sus inversiones y ampliaron las líneas de producción. El propio secretario general de la OTAN reconoció durante la cumbre que la capacidad industrial se convirtió en una cuestión estratégica comparable a la disponibilidad de tropas o sistemas de combate.

Ucrania, sin duda, ocupa la posición central de esa transformación. Desde 2022, los países de la OTAN han destinado decenas de miles de millones de dólares al financiamiento del esfuerzo bélico del país eslavo, al entrenamiento de tropas y al suministro de equipamiento militar. La declaración de Ankara confirmó la continuidad de la asistencia durante 2026 y 2027, un compromiso financiero que ya supera cualquier programa de ayuda militar occidental desde la posguerra.

Sin embargo, la política estadounidense hacia Ucrania va en otro sentido. La administración Trump no pretende abandonar completamente el apoyo a Kiev, pero sí modificar la distribución de costos de lo que ello implica. Washington busca que la guerra se convierta cada vez más en un asunto europeo, tanto desde el punto de vista financiero como político. Su lógica es simple: Europa debe asumir el costo principal de la confrontación con Rusia mientras Estados Unidos concentra sus recursos en la competencia con China.

Esta orientación se mostró con claridad durante esta cumbre cuando Trump insistió repetidamente en que sus aliados debían aumentar el gasto militar y asumir una parte mayor del financiamiento de Ucrania, mientras Estados Unidos se reservaría principalmente el papel de proveedor de tecnología y armamento avanzado. En otras palabras, Washington aspira a que Europa pague una porción creciente del rearme mientras la industria militar estadounidense continúa obteniendo beneficios mediante la venta de sistemas Patriot, HIMARS, F-35, misiles y municiones producidas por empresas norteamericanas.

Paralelamente, la integración entre la industria militar ucraniana y las empresas occidentales avanza a gran velocidad. Diversos fabricantes europeos y estadounidenses comenzaron a establecer asociaciones productivas y centros de mantenimiento dentro del territorio ucraniano, mientras Kiev adapta sus estándares a los sistemas de la OTAN. La guerra acercó a Ucrania a la alianza desde el punto de vista político y militar y también la incorporó progresivamente a las cadenas productivas del complejo militar-industrial europeo.

De esta forma, la guerra hizo que la organización recuperara centralidad, expandió su presencia territorial, multiplicó su presupuesto y avanzó en la integración entre los aparatos militares occidentales. Pero esa revitalización se encuentra atravesada por contradicciones: Estados Unidos intenta conservar el liderazgo político sin cargar con todos los costos económicos de la confrontación con Rusia.

El “proyecto” de Trump

En materia de política exterior, Trump aspira redefinir las condiciones bajo las cuales Estados Unidos ejerce esa hegemonía, con el agravante de que no cuenta con una hoja de ruta definida y, por el contrario, denota una total improvisación en la toma de decisiones determinantes. Es la encarnación de la táctica sin estrategia.

El orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial se apoyaba sobre un acuerdo relativamente estable: Estados Unidos garantizaba la seguridad europea mediante su poder militar y su paraguas nuclear, mientras Europa aceptaba el liderazgo político de Washington. Trump cuestiona ese esquema. Desde su perspectiva, Estados Unidos paga demasiado por la seguridad de sus aliados mientras estos se benefician de menores gastos militares y mayores márgenes presupuestarios para sus políticas internas.

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Por ello, el compromiso del 5% del PIB representa, en gran medida, un avance de la política/chantaje de la Casa Blanca trumpista. Esta responde a una concepción transaccional de las relaciones internacionales. Las alianzas las evalúa en función del balance de costos y beneficios. Las reiteradas críticas de Trump hacia Alemania, las presiones actuales sobre España y las amenazas de revisar compromisos históricos forman parte de esta misma lógica.

Sin embargo, el trumpismo tampoco tiene una estrategia coherente de reposicionamiento de la hegemonía estadounidense. Su política exterior se basa en el voluntarismo, es decir, la creencia de que la voluntad política y la presión diplomática pueden superar limitaciones geopolíticas o restricciones materiales. La convicción de que la presión económica bastará para disciplinar simultáneamente a China, Rusia e Irán reflejan esta tendencia a subestimar las complejidades del escenario internacional.

A ello se suma el componente de tacticismo, ya que suele privilegiar movimientos coyunturales y negociaciones inmediatas por encima de planes de largo plazo. Las amenazas de abandonar la OTAN son seguidas por declaraciones de apoyo al artículo 5; las críticas a Ucrania conviven con nuevos envíos de armamento; las tensiones con Dinamarca por Groenlandia coinciden con llamados a fortalecer la unidad occidental frente a Moscú y Pekín. Más que una estrategia articulada, la política exterior trumpista se mueve frecuentemente mediante presiones, concesiones y cambios de posición que buscan sacar ventajas inmediatas.

La contradicción más profunda, sin embargo, reside en la desproporción entre los objetivos perseguidos y los medios disponibles para alcanzarlos. Washington intenta simultáneamente contener el ascenso chino, sostener la presión sobre Rusia, mantener su influencia en Medio Oriente, reforzar su presencia en el Ártico y preservar su supremacía tecnológica global. Pero el escenario internacional se encuentra muy lejos del momento unipolar del fin del siglo pasado. El peso económico relativo de Estados Unidos disminuyó, China emergió como su principal competidor y la capacidad norteamericana para imponer unilateralmente su voluntad se redujo considerablemente.

Esta realidad explica buena parte de las tensiones que atraviesan hoy la OTAN. El problema central para Europa no es una retirada inmediata de Estados Unidos de la alianza, sino la posibilidad de un desacople gradual y selectivo. Incluso permaneciendo formalmente dentro de la organización, Washington puede reducir tropas (ya amenazó con el retiro de 5.000 efectivos de Alemania) y disminuir sus compromisos financieros. La preocupación europea frente al fenómeno Trump surge precisamente de esta incertidumbre.

La cumbre de Ankara reflejó con claridad esta situación. Los dirigentes europeos evitaron cualquier confrontación abierta con Trump y concentraron sus esfuerzos en preservar el aspecto mínimo: el compromiso estadounidense con la defensa colectiva. El objetivo implícito de buena parte de la reunión consistió menos en definir una estrategia frente a Rusia que en garantizar que la principal potencia de la alianza continúe considerando a Europa su aliada. La OTAN es hoy más fuerte militarmente que hace una década, pero su cohesión política depende cada vez más de las decisiones, los cálculos y las prioridades de un liderazgo estadounidense errático.

Groenlandia y la disputa por el Ártico

La cuestión de Groenlandia mostró hasta qué punto las contradicciones atraviesan incluso el terreno de la soberanía territorial dentro del propio bloque. Durante los meses previos a la cumbre, y en esta, Trump volvió a insistir en la necesidad de que Estados Unidos aumente su control sobre la isla y llegó a presentar su adquisición como una cuestión vinculada a su seguridad nacional.

El interés de Washington por Groenlandia no es nuevo, intentó comprarla a Dinamarca ya en 1946 y mantiene desde hace décadas instalaciones militares permanentes en su territorio, especialmente la base espacial de Pituffik, uno de los principales centros de vigilancia y alerta temprana del sistema militar estadounidense en el Atlántico Norte y el Ártico. Sin embargo, el cambio climático y la acelerada transformación de la región multiplicaron el valor geopolítico del territorio groenlandés.

El deshielo progresivo del océano Ártico abre nuevas rutas marítimas entre Europa, Asia y América del Norte que podrían reducir los tiempos y costos de transporte respecto a los corredores tradicionales que atraviesan el canal de Suez o el estrecho de Malaca. Según estimaciones del Consejo Ártico y diversos organismos internacionales, el tráfico comercial por las rutas del norte aumentó sostenidamente durante la última década y podría adquirir una importancia creciente a medida que se prolongan los periodos de navegación estacional.

A ello se suma la existencia de importantes reservas de minerales y tierras raras. Groenlandia posee depósitos de neodimio, disprosio, praseodimio y otros elementos para la fabricación de baterías, turbinas eólicas, vehículos eléctricos, sistemas de guiado, radares y equipamiento militar avanzado. La dependencia occidental respecto al procesamiento chino de tierras raras, el control sobre nuevas fuentes de abastecimiento representa una dimensión económica y militar de primer orden.

Rusia reforzó durante los últimos años su infraestructura militar en el norte, modernizó bases aéreas y sistemas de defensa costera y expandió su presencia sobre la Ruta Marítima del Norte. China, aunque no es un país ártico, incrementó sus inversiones en infraestructura, minería y proyectos científicos en la región, mientras promueve la idea de una «Ruta de la Seda Polar». Frente a este escenario, Estados Unidos busca bloquear estos espacios de influencia rivales para preservar su capacidad de control sobre la región.

Sin embargo, esto coloca en una posición incómoda a la OTAN. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, miembro fundador de la alianza desde 1949 y uno de los aliados cercanos de Washington en Europa. Las reiteradas declaraciones de Trump sobre la posibilidad de adquirir la isla o de ampliar el control sobre ella son recibidas con incomodidad tanto en Copenhague como en Bruselas. La discusión sucede precisamente cuando la OTAN le exige a Rusia respetar la soberanía nacional y la integridad territorial de Ucrania.

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Una alianza más armada, pero más inestable

La cumbre de Ankara confirmó que la OTAN atraviesa uno de los procesos de fortalecimiento militar más importantes desde el final de la Guerra Fría. La guerra de Ucrania le permitió recuperar una centralidad que parecía haberse erosionado tras las derrotas en Afganistán y las divisiones surgidas durante la invasión de Irak. El gasto militar crece a ritmos que hace pocos años parecían políticamente inviables, la producción armamentística se expande en ambos lados del Atlántico y la presencia militar occidental en Europa oriental alcanza niveles desconocidos desde la década de 1980.

Con la invasión de Rusia a Ucrania, los países miembros de la OTAN cayeron en cuenta de que el mundo estaba cambiando y se vieron forzados a impulsar el mayor rearme europeo de las últimas generaciones. Pero la discusión sobre el financiamiento dejó al descubierto diferencias cada vez más visibles sobre cuáles son las prioridades del bloque y hasta dónde llega la disposición estadounidense para seguir actuando como garante de la seguridad europea.

Las preocupaciones de Polonia o los países bálticos no son necesariamente las mismas que las de España o Italia; la confrontación con Rusia no ocupa el mismo lugar en los planes estadounidenses que la competencia con China; y la defensa de la soberanía territorial tiene significados diferentes cuando Washington habla de Ucrania o cuando se refiere a Groenlandia.

Trump utiliza su poder de chantaje para reconfigurar la alianza atlántica, dando cuenta de un escenario internacional menos favorable para Washington (por su retroceso hegemónico) y mucho más competitivo que el existente hace algunas décadas. Estados Unidos pretende mantener su liderazgo reduciendo costos, trasladando responsabilidades a Europa y concentrando recursos en la disputa con China.

El viejo modelo basado en el liderazgo indiscutido de Washington y en la dependencia militar europea está dando paso a una relación más transaccional, más inestable y más conflictiva. La paradoja es que esta transformación se produce precisamente en un momento histórico que hemos caracterizado como de «combustión«, atravesado por guerras regionales, crisis climática, rivalidades geopolíticas y una creciente erosión de los mecanismos de regulación construidos durante la posguerra.

Se trata de un interregno, es decir, un período en el que el viejo orden internacional pierde capacidad para organizar las relaciones entre las potencias imperialistas mientras el nuevo todavía no termina de consolidarse. En ese contexto proliferan fenómenos híbridos, contradicciones abiertas y procesos de desestabilización que afectan tanto a las potencias emergentes como a los propios centros tradicionales del capitalismo imperialista.

La OTAN refleja estas tensiones, mientras intenta cumplir su papel como garante del orden occidental, emergen cuestionamientos provenientes tanto de sectores preocupados por el unilateralismo estadounidense como de corrientes de extrema derecha que combinan nacionalismo y escepticismo frente a las instituciones multilaterales. El trumpismo constituye la expresión más importante de esta tendencia, pero no es la única. En Francia, Alemania, Italia o Reino Unido aparecen fuerzas que cuestionan distintos aspectos del consenso que regía al mundo hasta ahora, desde posiciones nacionalistas y reaccionarias.

Por ello, hay que tener claro que la alianza salió de Ankara “formalmente” más cohesionada desde el punto de vista militar, pero también más atravesada por contradicciones políticas, económicas y estratégicas. La guerra de Ucrania continúa funcionando como el principal elemento de cohesión del bloque, pero no elimina las disputas sobre el reparto de costos, la competencia económica ni las tensiones interimperialistas entre sus miembros.

El peligro es que, frente al agotamiento del orden de posguerra y al incremento de las rivalidades interimperialistas, las burguesías nacionales intenten ganar legitimidad mediante nuevas formas de militarización, nacionalismo y confrontación geopolítica. El rearme acelerado, la expansión del gasto militar y la normalización de la lógica de guerra permanente apuntan precisamente en esa dirección.

Ankara mostró una OTAN que busca reafirmarse frente a un mundo cada vez más inestable, pero también reveló el riesgo de que esa reafirmación adopte formas crecientemente reaccionarias, autoritarias y militaristas en un período histórico marcado por la crisis del orden internacional surgido tras el final de la Guerra Fría.

A pesar de esto, la realidad mundial no puede observarse únicamente a través del prisma de la geopolítica y las disputas entre Estados. Por debajo de esas dinámicas, las sociedades son cuerpos vivos que reaccionan frente a los ataques provenientes de arriba. El ascenso de la extrema derecha, el rearme y la militarización no avanzan sobre un terreno pasivo ni exento de resistencias. El fortalecimiento de proyectos autoritarios también genera respuestas sociales, nuevas experiencias de organización y procesos de confrontación que mantienen abierta la posibilidad de una reversibilidad de las tendencias más reaccionarias.

Las movilizaciones en Minneapolis y otras ciudades estadounidenses contra las redadas de ICE, las masivas manifestaciones en numerosas capitales europeas contra el genocidio en Gaza y las protestas sociales que recorren distintos países muestran que la polarización política no se desarrolla únicamente hacia la derecha. Aunque la extrema derecha acumula importantes victorias electorales y logró instalar parte de su agenda en algunos países, también comienza a encontrar límites y cuestionamientos.

La experiencia de gobierno de estas fuerzas, sus ataques contra derechos democráticos y su incapacidad para resolver los problemas que aquejan a las mayorías empiezan a erosionar la imagen de alternativa que construyeron durante los últimos años. En el interregno actual, ninguna tendencia se encuentra definitivamente consolidada. Junto al peligro de una reafirmación reaccionaria y militarista, persiste también la potencialidad de nuevas irrupciones desde abajo capaces de desafiar el rumbo que las clases dominantes (imperialistas y sus lacayas locales) pretenden imponer al mundo.

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