Bienvenidos compañeras, compañeros y compañeres a esta reunión nacional de cuadros para evaluar colectivamente la marcha de los asuntos políticos y la construcción partidaria, que nos acaba de dar números más altos que los de nuestra reunión nacional de diciembre. Hay que aplaudir eso, porque es contra viento y marea que construimos este partido y de esta corriente.

En ese marco, voy a hacer una serie de definiciones nacionales e internacionales, y de partido hasta donde llegue. Este debate es una elaboración colectiva. Esta no es una coyuntura fácil, pero hay que saber ver la realidad con los dos ojos, sus pesos y contrapesos, y los puntos de apoyo para construir nuestra organización.

Lo primero que hay que decir es que estamos en otro mundo, en un mundo de contrastes, que no tiene nada que ver con la estabilidad que vivimos entre los 90 y, digamos, el 2010. Se abrió una nueva etapa de inestabilidad, en la cual las definiciones principales del formato que va a tener el mundo no están claras, ni a nivel internacional ni a nivel nacional. Permanentemente estamos con una de cal y una de arena.

Existía un orden internacional y estamos en un periodo de transición. La ruptura de un orden significa guerras como las que estamos viendo, significa reacción con el avance de la extrema derecha, y también significa rebeliones populares, como No Kings en Estados Unidos y un festejo del mundial que parece más bien un desahogo contra Milei.

Entró en crisis el viejo orden mundial y todavía no nació un nuevo ordenamiento del mundo. La etapa es de crisis, guerra, reacción, rebeliones, y posiblemente revoluciones, y así son las etapas revolucionarias: no se llega a la revolución de manera tranquila y pacífica, se llega a la revolución así, sufriendo, peleando, aguantándosela, viendo la realidad con los dos ojos. Se vive bajo presión.

Entonces, la primera definición que les quiero dar es de los contrastes, el contraste entre el mundo de la estabilidad y el de la inestabilidad que vivimos diariamente a todo nivel. Esp marca la esquizofrenia de los medios de comunicación, como La Nación, que tiene dos editoriales que dicen cosas opuestas en la misma edición. Y convivir con esa situación de indefinición, de inestabilidad, no es fácil, hay que integrar las dos definiciones de alguna manera.

La síntesis de esta situación es la inestabilidad total, porque los dolores de parto de la forja de un nuevo mundo no son legales ni institucionales, son dolores de parto que tienen alcances y límites extralegales y extrainstitucionales. La etapa global es de golpes y contragolpes extralegales, y lo que funda la nueva legalidad es justamente el orden de lo extralegal: lo legal no funda lo legal, las revoluciones y contrarrevoluciones fundan un nuevo orden legal. Entonces, las instituciones internacionales tiemblan: la USAID, la institución yanqui de ayuda humanitaria internacional, por ejemplo, dejó de existir, y no hay agencia internacional para la asistencia en la catástrofe del terremoto en Venezuela.

¿Cuál es el nuevo orden que se va a fundar? Lo que está en juego son tres órdenes que hacen a la totalidad mundial: la economía, que tiene un conjunto de desarrollos; la geopolítica (las relaciones entre Estados, que absorben demasiado las discusiones), el tema de cuál será el nuevo hegemón, EEUU o China; y el orden de la lucha de clases, que es lo que menos aparece en los medios, que hablan del orden “de arriba”, de la geopolítica, y nunca de la lucha de clases, que es nuestro factor. La historia de la humanidad, decía Marx, «es la historia de la lucha de clases», no la historia de los Estados.

De todas maneras, en el análisis mundial los tres factores están combinados. Es una situación compleja, difícil, distinta de lo habitual, porque se entremezclan esta serie de elementos que además son de una complejidad monumental. La relación entre Estados tiene su peso, y nunca en los últimos 40 o 50 años estuvo tan planteada la posibilidad de un choque entre potencias, la posibilidad de una tercera guerra mundial en el mediano plazo.

Los conceptos importantes son el contraste permanente entre estabilidad e inestabilidad, y que lo extralegal funda lo legal, el nuevo orden. Y que hay que aprender a vivir con la incertidumbre, lo que no es fácil para nadie, porque no sabemos cómo van a ser los desarrollos. Esa realidad hay que mirarla de frente, toda la escala de incertidumbres a nivel nacional e internacional, que hace a este periodo en el que las cosas se definen en una escala de golpes. Esto atañe a la etapa: podemos leer a Lenin y nos encanta eso de etapa de crisis, guerras y revoluciones, pero una cosa es leerlo y otra cosa es vivirlo, y atravesarlo.

La coyuntura internacional, ¿es unilateralmente reaccionaria? No, esa definición está mal, es de intelectuales; hay que mirar la realidad con los dos ojos, no se puede hablar solamente de la extrema derecha. Los elementos de incertidumbre se expresan de manera concreta en relación a los acontecimientos que vayan ocurriendo en el próximo periodo.

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Venimos definiendo que en la coyuntura hay un “juego de suspenso”. Algunos la pueden ver como una película de terror. Nosotros no: la vemos como una película de suspenso, en la que hay definiciones importantes que no están claras. Por ejemplo, la elección de medio término en EEUU el 3 de noviembre: si Trump pierde, no sale del gobierno de inmediato pero puede quedar como pato rengo; en este momento está perdiendo la elección, hay que ver que pasa en ese momento. Lo mismo en Brasil con Lula y Flavio Bolsonaro. Porque contradictoriamente, en la ruptura del orden, en el que lo extralegal funda lo legal, también hay procesos que se canalizan electoralmente.

Mirar el mundo con los dos ojos significa ver también la marcha No Kings en EEUU, significa ver también la rebelión de Minneapolis, o la marcha educativa en la Argentina del 12 de mayo, la del 24 de marzo, el contenido de desahogo contra Milei que tuvo el festejo de Argentina-Egipto y posteriormente el partido contra Inglaterra. Significa ver la realidad que no te muestran los medios, ver los puntos de apoyo para la acción que no ven los medios ni los intelectuales, que empujan para el lado del capitalismo feroz.

Hay dos conceptos más que son importantes. Uno es que la burguesía internacional está dividida, y la de Argentina también. Para ellos, una cosa es que Milei sea un ariete para reventar las leyes laborales e imponer el techo fiscal, y otra es que quiera imponer un modelo económico que contiene al 25% de la población; dejar abandonados a los agregados suburbanos es una contradicción tremenda. Lo mismo ocurre a nivel internacional, pero peor: un sector fuerte de tecnócratas está con Trump, pero la burguesía atlantista está en contra.

La división de la burguesía es un elemento de etapa prerrevolucionaria, conviven elementos reaccionarios con elementos prerrevolucionarios. Se puede explicar de esta manera: hay un desacople entre sociedad política y sociedad civil, una cosa es lo que se ve por arriba y otra lo que se vive por abajo. ¿Cómo se combina la fuerza de la extrema derecha en Brasil con el hecho de que las parejas LGBT van tranquilamente de la mano por la Avenida Paulista? ¿Cómo se combina en Venezuela el hecho de que políticamente no tiene otra alternativa que ir a la derecha, con la solidaridad de la población frente al terremoto?

Es evidente que la coyuntura es adversa. Pero hay contrapesos, y la tarea estratégica del partido y la corriente es atravesar este periodo difícil, reaccionario, para poder forjar y ser protagonistas del periodo revolucionario que viene. La inestabilidad es tan grande que contiene el polo más reaccionario junto con los elementos de bipolaridad, que se pueden expresar también electoralmente. Como en EEUU, donde el DSA ganó Nueva York y posiblemente gane Washington a fin de año; o en la geopolítica, con la derrota de Trump en la guerra con Irán.

En la Argentina opera la misma dialéctica, también hay un juego entre interregno y reacción y un juego de incertidumbres. Tuvimos la marcha del 24/3, el acto de la CGT del 30/4, la marcha educativa –con elementos de gatopardismo pero que sigue abierta–, el 3J multitudinario, el festejo antimileísta del partido con Inglaterra que expresa también esta dialéctica entre sociedad civil y sociedad política.

Las semanas previas aparecía Milei de nuevo a la ofensiva, pero la derrota de Inglaterra le dio nuevamente aire a la sociedad. Puede ser que entre el final del mundial y las elecciones aparezca la crisis social. Acá juegan también los elementos de incertidumbre de la situación mundial, y también los de interregno, porque el gobierno de Milei estuvo varios meses muy mal con la lucha por la ley de discapacidad y educación, después tuvo una recuperación, para ir luego a la crisis de Adorni y a estos meses de movilización.

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La situación está indefinida entre interregno y reacción, y la definición no está clara. Al mismo tiempo, la situación desde arriba aparece como agobiante, pero al mismo tiempo se ve un montón de espacio para el partido. Otra cosa que aparece como contradictoria es que en las conversaciones políticas aparece algo nuevo, que no estaba antes y que refleja el péndulo político de la Argentina: ¿la izquierda puede gobernar? Esta no es una discusión sobre programas, es una discusión sobre gobierno, y que en la Argentina se hable de un gobierno de la izquierda es completamente nuevo. Significa que pasamos de hablar de las posibilidades de reelección de Milei a hablar de si la izquierda podría gobernar la Argentina.

Entonces, por un lado hay una coyuntura electoral anticipada, que nos mete una presión, pero que no está claro que se vaya a mantener así. Al mismo tiempo eso abre una oportunidad para el partido porque, contradictoriamente, le mete crisis al FITU: hay una degradación militante del FITU que vemos por abajo y una calidad enorme de este partido.

En la lucha de clases directa está más compleja la situación, pero por otro lado hay una discusión político-electoral que plantea si la izquierda puede gobernar, hay elementos de degradación y crisis del FITU, y hay otra cosa importantísima: la nueva generación la está ganando este partido, y hay que saber apreciar el significado de esa circunstancia.

Hay dos desafíos para el partido. Uno es saber atravesar una situación compleja y saber ver la realidad con los dos ojos; el otro es seguir férreamente las leyes constructivas del partido. Porque hay como dos hábitats en la izquierda: uno es el del FITU, donde se están matando entre ellos, y otro es nuestro hábitat, que es sano, constructivo y está creciendo.

El FITU, y el PTS en particular, se están construyendo muy de arriba para abajo, y muy degradados por abajo. Nuestro partido se está construyendo de abajo para arriba, aunque en el “arriba” tenemos conquistas enormes que hay que cuidar, como Manu y las demás figuras electorales.

El momento inmediato en la Argentina tiene un contraste entre la situación reaccionaria superestructural y un festejo del mundial que fue un desahogo de la situación social espantosa provocada por el gobierno. Y no está claro que Milei pueda capitalizar los triunfos de la selección. El ancla con la situación internacional es fundamental: discutir solo sobre Milei es un error, la Argentina es un barquito en la tormenta internacional. Las oportunidades son históricas y para aprovecharlas hay que saber atravesar los momentos difíciles; estamos en un mundo en combustión y eventualmente podríamos estar en un país en combustión.

Partimos del debate internacional, de ahí vamos al nacional, y de ahí al partido, la lucha de tendencias en la izquierda, la corriente y sus necesidades constructivas, y son distintos planos del debate que piden una síntesis. Pero la síntesis no es tan sencilla, son planos que se procesan en distintos espacios de la vida del partido y que requieren respuestas específicas también. Y hay que encontrarle la unidad a todo y hay que tener paciencia, no salen todas las respuestas al caleidoscopio que es la actividad del partido de un solo cierre.

En primer lugar, aunque muchas veces hacemos comparaciones históricas, es difícil hacerlas hoy porque posiblemente estemos entrando en una nueva era de los extremos, y una era de los extremos no fue la de los 60 o los 70, fue la de 1914 al 45. ¿Es seguro? No sabemos, sería irresponsable asegurarlo. Pero la situación de inestabilidad internacional que hay, la perspectiva a mediano plazo de guerra imperialista, la militarización y el rearme, el no agotamiento de las vías institucionales pero también los intentos de mordisquear los límites de esas vías, son elementos que hay que procesar.

Una nueva era de los extremos no quiere decir que el partido va a salir a hacer cosas extremistas; quiere decir que aparece la necesidad de mirar con los dos ojos, porque aparece la extrema derecha pero también empieza a aparecer, no la extrema izquierda, pero sí elementos que van hacia la izquierda y que son muy contradictorios. Obviamente, el DSA es reformista, pero cuando vemos que tienen la misma cantidad de afiliados que llegó a tener el partido de Eugene Debs en la primera década del siglo XX, estamos hablando de otro mundo, de otro tipo de polarización.

Cuando hablamos de anticapitalismo, hablamos de la posibilidad de quiebre del reformismo, de quiebre del capitalismo feroz y voraz, hablamos de la posibilidad de quiebre del sistema, de que se mordisquean los límites mismos del sistema capitalista en un momento en el que domina el hipercapitalismo.

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Ese mirar con los dos ojos, esa bipolaridad que se está viviendo, implica que si se abre una nueva era de los extremos se van a romper los límites del capitalismo, y esa es la perspectiva por la que hay que trabajar aunque la diagonal sea enorme. Ese pasar de la situación de izquierda a derecha, y viceversa, habla de que estamos en una situación anormal, salimos de la normalidad. Y la nuestra es una de las pocas corrientes no rutinarias de la izquierda, que trata de dar respuestas originales, creativas, “heterodoxas”, porque la situación es anormal.

Entonces no tenemos que detenernos en que el DSA es un fenómeno electoral, hay que detenerse en que se quebró la normalidad, y ese quiebre es muy profundo y difícil de digerir en todos sus aspectos. Trump dice “no voy a permitir un gobierno socialista en Washington”. Sería un gobierno reformista, pero implica un choque de tendencias tremendo en una nación gobernada por la extrema derecha.

Nuestro anticapitalismo y nuestro ¡Ya Basta! tienen que ver con empatizar con ese perfil de una situación que empieza a romper la normalidad, una situación desestabilizada al extremo, en la que se puede incluso cuestionar el capitalismo. Por supuesto, hay mediaciones, como el peronismo, que perviven, pero pueden quebrarse o no, no lo sabemos. Pueden no quebrarse en la medida en que la situación se estabilice, y pueden quebrarse si no se estabiliza. La perspectiva es que se pueden quebrar un montón de diques de contención.

La diagonal para el partido con esa perspectiva es compleja, porque la envergadura y la composición del partido es la que es. Tenemos que establecer algunos eslabones intermedios: segundo plenario nacional del ¡Ya Basta! para convertirlo en una potencia nacional; organización internacional de las y los trabajadores por aplicación, que es por ahora un embrión pero va a tender a agrupar a millones de trabajadores de la nueva clase obrera.

Milei no pudo pasar por encima del régimen político, y eso es una gran conquista porque estaba planteado que lo lograra. Teníamos la preocupación por las libertades democráticas y políticas, y no pudo, no pasó, fue derrotado en ese aspecto, como en la intención de abolir el derecho al aborto o cuestionar los derechos de las personas LGBT+. Y le costó muchísimo cuestionar la universidad y la educación pública.

Avanza en lo económico y social, porque lamentablemente las tendencias mundiales son contrapuestas. Lo económico-social en el mundo es más difícil, y lo democrático, la juventud anticapitalista, el movimiento de mujeres y del orgullo, son una contratendencia porque se elevan al plano político: todo lo que se eleva al plano político y sale de lo estrictamente reivindicativo tiene más potencia.

También hay una especie de “sobrerrepresentación”. El ¡Ya Basta! tiene una sobrerrepresentación en un sentido, pero ayudó a echar a Adorni, aunque la echada de Adorni la absorbieron rápido. También con Manu tenemos una sobrerrepresentación, que también hay que cuidar. Entre lo orgánico y la representación hay una desigualdad en este periodo, hay mucha representación y menos orgánica.

Aunque la etapa arrancó por la extrema derecha, lo loco es que pueden quebrarse los límites a extrema izquierda, esa es la síntesis. ¿Cómo va a ser eso, cómo atravesarlo? Todavía no está claro, está anudado a si se entra o no en una nueva era de los extremos y qué significa.

Hay consenso burgués para algunas cosas y para otras no, y hay un movimiento de masas para algunas cosas y para otras no. Por eso permanece el peso de la burocracia, y el rutinarismo de la izquierda, frente a un mundo en transformación: rutina del sindicalismo, rutina de no arriesgar, rutina de no elevar al plano político las cosas.

Nuestra orientación es ir de lo político a lo ideológico, es decir, de la intervención política a los cursos; de las movilizaciones a lo constructivo; vamos administrando los momentos de la construcción partidaria, de correr como locos a capitalizar lo realizado. Todo en el marco de que estamos en un periodo histórico original que recoloca la perspectiva socialista en el momento máximo de imperio de la extrema derecha.

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