Desde el primer sobrevuelo de la superficie marciana en julio de 1965 por parte de la sonda Mariner 4 de la NASA y desde el primer aterrizaje por parte de las Mars 2 y Mars 3 soviéticas a finales de 1971 unas 30 misiones han visitado el planeta rojo. De entre todas ellas, el rover Perseverance es el primero en llevar instrumentos capaces de detectar vida pasada y diseñados explícitamente para ello. 

De manera similar, hace unos 30 años que se descubrió el primer exoplaneta y desde entonces se han confirmado más de 5 000 planetas orbitando a estrellas lejanas, más otros tantos que aún están pendiente de revisión. La grandísima mayoría de esos cuerpos se han detectado de manera indirecta, midiendo cómo su movimiento de traslación perturbaba ligeramente a su estrella, haciéndola tambalearse, o cómo ocultaban parte de su luz al pasar entre dicha estrella y la Tierra, al eclipsarlas. Estos métodos son muy efectivos a la hora de identificar planetas y de discernir su masa, tamaño o periodo de su órbita, pero poco más. Son incapaces de decirnos nada sobre lo que ocurre en su superficie y mucho menos en su atmósfera o siquiera si tiene atmósfera. Estos métodos nos hablan sobre las características físicas del exoplaneta, pero no nos dicen nada sobre su química. Y para saber si albergan vida, la química es imprescindible.

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