Agricultores espaciales

Obviamente una cosa es hacer cálculos sobre el papel y otra muy distinta el mundo real. Prueba de ello es que desde 1971, cuando los soviéticos pusieron en órbita la primera estación espacial de la historia, hasta 2015, la comida de sus ocupantes se ha estado limitando a alimentos deshidratados y liofilizados que se entregan con las misiones de reabastecimiento de carga. Y teniendo en cuenta el coste de mandar cosas al espacio, casi 20000 euros el kilo, resulta verdaderamente caro enviar un paquete de espaguetis liofilizados a órbita baja terrestre. No es de extrañar que las agencias espaciales anden buscando la forma de cultivar vegetales en el espacio. Algo que en los últimos años ha dado sus (escasos) frutos: en agosto de 2015 los astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional (EEI) pudieron disfrutar de lechuga fresca cultivada en la estación.

Este logro fue la culminación de un programa que comenzó en 2010 cerca de Flagstaff (Arizona). Allí el Desert Research and Technology Studies -o Dessert RATS como les gusta llamarse, en clara alusión a las tropas del general Montgomery que lucharon en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial- realizó las fases preliminares de VEGGIE, el proyecto de la NASA para desarrollar un invernadero en el que crecer plantas en microgravedad. Este sistema de producción de vegetales no solo permite estudiar la influencia de la gravedad (o de la ausencia de ésta) en el crecimiento de las plantas, sino que posee dos beneficios añadidos: los astronautas pueden disfrutar de alimentos frescos en la estación espacial (esencialmente lechugas) y proporciona un medio para que las tripulaciones se relajen. Nada hay mejor para la tensión acumulada en la EEI que el diligente cultivo de la tierra… en el espacio.

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A lo largo de estos años VEGGIE ha ido aumentando su volumen -el primero solo medía 50 cm-, lo que ha permitido hacer crecer plantas cada vez más grandes. La investigación no se detiene y en 2017 se puso en marcha Seedling Growth-3, la tercera de una serie de misiones científicas conjuntas de la NASA y la ESA que pretende conseguir un método fiable para crecer plantas en microgravedad. En esta ocasión el investigador principal es el español Francisco José Medina, del Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC en Madrid. Todo la investigación se realiza en un módulo de la Estación Espacial Internacional destinado exclusivamente a la agricultura espacial, el European Modular Cultivation System. Por otro lado en Alemania, se encuentra Daniel Schubert, un ingeniero del Centro Aeroespacial Alemán (DLR), que está cultivando verduras en un laboratorio con luz ultravioleta y lo más curioso, con orina reciclada como fertilizante. Y ha descubierto que alterando la mezcla de luz roja, azul y ultravioleta obtiene verduras más sápidas. «Cuanto más ultravioleta, mejor es el sabor», dice Schubert.

El verdadero reto de los invernaderos espaciales es encontrar las variedades vegetales más adecuadas. La planta ideal debe cumplir tres características básicas: tallos cortos para ahorrar espacio, pocas partes no comestibles y resistencia a la carencia de luz y a las inevitables plagas. La investigación se dirige hacia el trigo, arroz, lechuga, patatas… Para ello, los científicos tienen a mano una herramienta que O’Neill ni siquiera llegó a soñar: la biotecnología. Identificar los genes que hacen que una planta soporte unas condiciones de vida extremas para luego trasplantarlos a las variedades escogidas resulta ser de una importancia capital. Ahora bien, todo este esfuerzo se focaliza en algo de mucho más empaque. Teniendo en cuenta que para 2030 la NASA pretende poner un pie humano en Marte, todas las miradas de los agricultores espaciales están puestas en el viaje a nuestro querido planeta rojo.

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Referencias

«White Paper. The Space Agriculture Endeavour». Open Agriculture. 1 (1): 70–73. 26 May 2016. doi:10.1515/opag-2016-0011

Wheeler, R. (2010) «Plants for human life support in space: from Myers to Mars». Gravitational and Space Biology. 23: 25–36

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