Las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt dejaron un resultado que difícilmente puede verse como un episodio aislado de la política alemana. Constituye un salto cualitativo para AfD que consiguió convertirse en la primera fuerza política local y estuvo muy cerca de obtener, por primera vez, una mayoría absoluta en un parlamento regional alemán. La dimensión del resultado obliga a mirar más allá de la elección y preguntarse qué condiciones políticas y sociales permiten que una fuerza de extrema derecha consiga canalizar una parte tan importante del descontento existente.

La plataforma programática del partido contiene medidas xenófobas contra los migrantes, como sostener que el islam es incompatible con la constitución alemana y que, por lo tanto, promoverán deportaciones masivas. También se oponen a lo que llaman de “ideología climática globalista” y las regulaciones ambientales que atentan contra la prosperidad económica. Su principal figura en estas elecciones es Ulrich Siegmund, un exvendedor de aromatizante para ambientes que ganó notoriedad publica por medio de video en que se oponía a las medidas sanitarias durante la pandemia, además de controversias en torno a la historia del nazismo.

Uno de los aspectos más importantes de la elección es el hundimiento de la CDU. La formación pasó del 37,1% obtenido en 2021 al 17,2% actual, su peor resultado en una elección regional en Sajonia-Anhalt. La importancia de este dato es nacional, ya que, actualmente es el principal partido de gobierno a nivel federal y Friedrich Merz ocupa la Cancillería. Por eso, el resultado es también una señal del desgaste de la coalición gobernante y de la incapacidad de la derecha tradicional para contener el crecimiento de su competidor por la derecha.

AfD logró presentarse como una alternativa frente al conjunto de los partidos tradicionales. Su crecimiento no se explica simplemente porque una parte de la población haya adoptado de manera repentina posiciones abiertamente ultraderechistas. Existe un fenómeno más profundo: sectores que anteriormente votaban a otras fuerzas, así como personas que se mantenían al margen de las elecciones, encontraron en AfD un vehículo para expresar su rechazo al escenario político existente.

La participación electoral alcanzó niveles históricamente elevados, cercana al 78%. Los análisis disponibles señalan que una parte significativa del crecimiento de AfD provino de antiguos abstencionistas. Su apoyo fue alto entre sectores trabajadores, personas con menor nivel educativo y que expresan preocupación tanto por la situación económica como por la inmigración. Es decir, la extrema derecha consiguió ocupar el espacio dejado por la crisis de las fuerzas tradicionales, así como por la inexistencia de una alternativa que cuestione el status quo desde la izquierda. Además, capturó el malestar de muchos pobladores de la antigua Alemania del Este que guardan resentimiento y malestar por la forma en que la RDA fue absorbida por la RFA.

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Este avance debe ser situado dentro de una crisis más amplia. La política alemana viene atravesando un proceso de desgaste de los partidos que durante décadas dominaron el sistema político alrededor de grandes consensos. La crisis económica, la pérdida de poder adquisitivo, las dificultades de determinados sectores industriales, la precarización y la incertidumbre sobre el futuro alimentan un descontento que no encuentra una respuesta convincente en los partidos tradicionales.

AfD ofrece una respuesta en clave ultra reaccionaria a ese malestar. En lugar de señalar las relaciones sociales que producen la desigualdad y la precarización, dirige buena parte de su discurso contra la inmigración, las minorías y otros sectores considerados responsables de los problemas sociales. Esta capacidad de instrumentalizar un malestar que tiene bases materiales y dotarlo de un sentido nacionalista y xenófobo es uno de los principales peligros que plantea el crecimiento de la extrema derecha.

Pese a su victoria, AfD no obtuvo la mayoría absoluta. Necesitaba 42 escaños y consiguió 39. El Parlamento quedó, por tanto, fragmentado entre AfD, CDU, SPD, Verdes, Die Linke y BSW. Los principales partidos han mantenido históricamente un “cordón sanitario”, rechazando formar coaliciones con ella. Este mecanismo puede impedir que la extrema derecha acceda inmediatamente al gobierno, pero no resuelve las condiciones que explican su crecimiento.

De hecho, existe el riesgo de que el aislamiento institucional termine funcionando como una solución puramente formal frente a un problema profundamente político y social. Se puede impedir que AfD forme gobierno, pero si las condiciones que producen el descontento permanecen intactas, la fuerza electoral de la extrema derecha puede continuar aumentando.

La cuestión es todavía más compleja porque la Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia (BSW), que se presenta como de izquierda, consiguió superar el umbral electoral y obtener cinco escaños. La formación liderada por Sahra Wagenknecht sostiene posiciones restrictivas frente a la inmigración y mantiene coincidencias importantes con AfD en cuestiones de política exterior. Después de la elección, su posición tiene relevancia debido a la ajustada distribución parlamentaria.

Esto evidencia también la crisis de las alternativas que se presentan como una respuesta “progresista” al descontento. Cuando una supuesta izquierda adopta elementos del discurso nacionalista y reaccionario para competir electoralmente con la extrema derecha, termina contribuyendo a desplazar el debate hacia el terreno político que esta última ha conseguido imponer.

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El otro partido de izquierda reformista, Die Linke, obtuvo alrededor del 8,6%, mientras que el SPD apenas logró mantenerse por encima del umbral de representación. Esto plantea el problema de que existe un descontento importante que está siendo capitalizado por una fuerza reaccionaria porque las organizaciones tradicionales de la “izquierda” no consiguen ofrecer una alternativa convincente.

La extrema derecha se presenta como enemiga de las élites, denuncia el deterioro de las condiciones de vida y explota el rechazo hacia el establishment, pero lo hace desde una perspectiva nacionalista y autoritaria. La izquierda, en cambio, debería disputar ese mismo terreno desde una posición anticapitalista sobre cuestiones como la defensa de los salarios, los servicios públicos, la vivienda, los derechos laborales y la lucha contra todas las formas de opresión.

Sería un error considerar las elecciones de Sajonia-Anhalt como una particularidad de la antigua Alemania Oriental. La región constituye uno de los territorios donde AfD posee mayor fuerza, pero su crecimiento tiene una dimensión nacional. El resultado llega además en un contexto en el que la extrema derecha aumentó considerablemente su peso electoral a nivel federal y donde AfD disputa a la CDU/CSU el liderazgo del campo conservador en diferentes mediciones de opinión.

Por eso, este episodio funciona como un laboratorio político. Allí puede observarse una dinámica que puede extenderse a otros estados: crisis de los partidos tradicionales, descontento social, debilitamiento de las referencias políticas históricas y crecimiento de una extrema derecha que se presenta como fuerza antisistema. AfD consiguió convertir ese escenario en una oportunidad. El desafío consiste en impedir que el descontento social quede atrapado dentro de una respuesta reaccionaria.

La primera conclusión que debería extraerse de estas elecciones es que la extrema derecha no puede ser derrotada simplemente mediante acuerdos entre los partidos tradicionales para impedir que llegue al gobierno. El resultado regional demuestra los límites de esa estrategia. La CDU puede rechazar una alianza con AfD y los demás partidos pueden intentar construir una mayoría alternativa, pero mientras continúen las condiciones económicas y sociales que alimentan el malestar, AfD conservará un terreno fértil para crecer electoralmente.

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La alternativa tampoco puede consistir en copiar los elementos “más populares” de su programa para intentar recuperar votos. Como dijimos previamente, el desplazamiento de la agenda hacia posiciones cada vez más xenófobas solamente fortalece el marco político impuesto por la extrema derecha. Lo que está en disputa es quién será capaz de organizar políticamente el descontento producido por la crisis del capitalismo alemán.

La respuesta debe construirse desde abajo, recuperando la organización de los sectores trabajadores y de la juventud y enfrentando las causas materiales de la precarización. Frente al nacionalismo y la xenofobia, se necesita una política que enfrente a quienes concentran la riqueza y el poder; frente al deterioro de los servicios públicos, organización para defenderlos; frente a la precarización, lucha por mejores salarios y condiciones laborales. Ante un capitalismo voraz y militarizado, la repuesta es el anticapitalismo internacionalista.

Sajonia-Anhalt muestra que la extrema derecha está avanzando y que el viejo equilibrio político alemán atraviesa una crisis profunda. Pero también muestra que el terreno político está abierto a la disputa. Por otra parte, AfD es un partido de extrema derecha esencialmente electoral que, hasta ahora, no demostró contar con capacidad de movilizar a las masas como lo hizo el fascismo o el nazismo en la era de los extremos del siglo XX. Con esto no queremos aminorar el peligro que representa, pero sí dar cuenta de los límites que presenta en el momento actual y no caer en el impresionismo que reflejan algunos sectores de la izquierda que tienen por costumbre decretar “derrotas históricas” del movimiento de masas por resultados electorales.

De hecho, los gobiernos de extrema enfrentan movilizaciones contra sus políticas. Es el caso de Milei en Argentina, Kast en Chile y el mismo Trump en los Estados Unidos. En el caso de Alemania, el 02 de febrero de 2025 más de doscientas cincuenta mil personas tomaron las calles de Berlín para protestar contra el acuerdo entre la unión conservadora CDU/CSU y AfD en torno a políticas migratorios xenófobas. Una demostración de que la sociedad alemana es un cuerpo vivo y que tiene reservas de lucha.

Por todo esto, el desafío para la izquierda no puede limitarse a administrar el orden existente ni a esperar que el “cordón sanitario” institucional contenga indefinidamente a AfD. Hace falta construir una alternativa política capaz de disputar el malestar social antes de que la extrema derecha continúe convirtiéndolo en fuerza electoral.

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