Nepal es un pequeño país ubicado en el sur de Asia, entre China e India. Sus límites geográficos acompañan la forma alargada y montañosa de la cordillera del Himalaya. En metros cuadrados, es un poco más pequeño que la provincia de Mendoza. A pesar de esto, cuenta con más de 29 millones de habitantes que, en su mayoría, residen en zonas rurales, valles o comunidades de montaña. El turismo es una actividad fundamental para los nepalíes: es la principal fuente de divisas ya que más de un millón de personas cada año realizan actividades de trekking, turismo de aventura o viajes por motivos religiosos. El punto más alto de la Tierra, el monte Everest, queda entre Nepal y el Tíbet.

En los últimos días, el mundo ha hablado de Nepal por la catástrofe ecológica que cuenta con más de 2.500 desaparecidos y alrededor de 800 muertos. Por su parte, en la región del Tíbet, se cuentan alrededor de 546 personas desaparecidas y 16 muertos. Se trata de imágenes de la barbarie, donde a ojos del mundo se observa a trabajadores corriendo por su vida, puentes arrasados y cientos de casas cubiertas por el lodo. Centenares de familias que se han quedado sin hogar.

Lejos de tratarse de una tragedia inevitable, no es casualidad que este desastre natural haya tenido lugar en la era del Antropoceno, en la que la intervención humana bajo las relaciones capitalistas de producción han tenido de corolario “una reversión sumamente destructiva sobre el clima y la naturaleza de conjunto”. Sin embargo, en la cobertura internacional sobre esta catástrofe, aún se pone en tela de juicio aquello que los científicos y las comunidades denuncian desde hace años: ¡es responsabilidad del calentamiento global y el capitalismo!

El calentamiento global y el derretimiento de los hielos

En un principio, los primeros reportes hablaron de un sismo como origen de la riada que golpeó los distritos de Rasuwa y Nuwakot, ubicados al norte de Nepal. Sin embargo, luego se confirmó que los temblores tuvieron por causante un desprendimiento del glaciar Langtang Lirung que provocó una crecida del río Trishuli y el Bhote Koshi, que descendieron a gran velocidad arrastrando barro, rocas y agua por los cauces hasta los distritos devastados.

El calentamiento global se procesa de una forma mucho más pronunciada en las zonas de altura que en las zonas llanas del planeta. A mayor altura del nivel del mar, mayores son las temperaturas y el calentamiento: mientras el planeta se calentó un promedio de 1,1° C desde la era industrial, muchas zonas del Himalaya han registrado aumentos de hasta el doble o el triple de esa velocidad. En el Ártico, el caso es incluso más extremo ya que los científicos señalan que se está calentando hasta cinco veces más rápido que el promedio mundial.

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Esto conlleva todo tipo de consecuencias sumamente peligrosas para el planeta, como el desprendimiento del glaciar Lantang Lirung que se vincula con el debilitamiento del permafrost a nivel global. El 25% de la tierra firme del hemisferio norte del planeta está compuesta por el permafrost, son alrededor de 23 millones de kilómetros cuadrados en total. Se trata de aquellas capas terrestres que permanecen congeladas a una temperatura inferior o igual a 0° C por más de dos años consecutivos. Hablamos de tierra compactada y endurecida por el hielo, que por el calentamiento global se está derritiendo.

Cuando nos referimos al permafrost, también hacemos referencia a capas de tierra que tienen miles de años congeladas y que tienen el peligro de derretirse liberando todo tipo de gases de dióxido de carbono y metano que aceleran el calentamiento global o distintos virus y bacterias enterrados por siglos[1]. Además, el derretimiento del permafrost amenaza la infraestructura de comunidades enteras que han construido sus ciudades sobre sus capas y que hoy en día tienen el peligro de venirse abajo.

La capa de permafrost que unía el glaciar Lantang Lirung con la montaña, al derretirse, provocó el desprendimiento que resultó en la riada. En un informe de Naciones Unidas se señala que “la estructura del Himalaya está cambiando” a razón del derretimiento de los glaciares y el desbordamiento de los lagos y los ríos. “Una investigación reciente del programa analizó 493 inundaciones de este tipo, desde los primeros registros disponibles hasta 2024. Los resultados muestran que estos fenómenos se han vuelto aproximadamente cinco veces más frecuentes desde 1950, pasando de un promedio de alrededor de siete por década a 34”.

Es decir que, lejos de tratarse de un hecho aislado, la catástrofe de Nepal es parte de una espiral que se acentúa en el siglo XXI: las relaciones capitalistas de producción vienen aparejadas con el calentamiento global, que acelera los deshielos, las inundaciones, el desbordamiento de los cauces naturales y otros fenómenos que, a su vez, profundizan la crisis climática.

Ya en 2023, Naciones Unidas advertía sobre los efectos que el calentamiento global está teniendo en regiones como Nepal. Según datos del ICIMOD, los glaciares del Hindu Kush Himalaya perdieron hielo un 65% más rápido entre 2011 y 2020 que durante la década anterior. En Nepal, además, la superficie de sus glaciares se redujo casi un tercio durante las últimas tres décadas. Los ambientes de montaña están siendo azotados por el calentamiento global, que acelera el derretimiento de los glaciares y transforma las condiciones en las que millones de personas desarrollan su vida.

Otro ejemplo de los terribles efectos del calentamiento global se ilustra en los desplazamientos de comunidades de montaña o de climas fríos donde los derretimientos de los hielos han provocado inundaciones o el derrumbe de sus hogares. Existen comunidades en Alaska, Canadá y Siberia que han construido sus hogares y vivido por generaciones sobre capas de permafrost que hoy se derriten. Es el caso de la tribu Yup’ik que ha sido uno de los primeros pueblos que ha tenido que mudarse ya que el deshielo del permafrost provocó la inundación y hundimiento de su pueblo– llamado Newtok, ubicado en Alaska–.

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Por otro lado, la aldea canadiense Tuktoyaktuk (territorio ártico) se está erosionando de forma acelerada: su costa retrocede dos metros cada año. Además, sufre del colapso de su infraestructura y el riesgo de catástrofes naturales ante el avance del agua. La ONU señala que “al ritmo actual, la isla habrá desaparecido por completo en 2050, a menos que se apliquen medidas de mitigación. Otras comunidades norteamericanas y siberianas podrían sufrir un destino similar”.

Socialismo o barbarie ecológica

El ser humano, como base de su existencia, ha tenido que resolver, en primer lugar, su relación con la naturaleza. Desde el ser humano primitivo, para quien las fuerzas naturales se presentaban con toda su potencia y adversidad, hasta el ser humano contemporáneo, que cuenta con las herramientas de la ciencia y la técnica para comprender las leyes del universo y aplicarlas en armonía o en discordancia con la naturaleza.

Las personas desarrollaron su vida sin poder desentenderse del marco natural del que forman parte. Se asentaron donde pudieron: allí donde la tierra les fue más pródiga o donde encontraron las condiciones para establecer —más o menos rudimentariamente— la agricultura y la ganadería. Si las sociedades primitivas siguieron los cauces de la naturaleza, el ser humano contemporáneo, con igual avidez, sigue las rutas trazadas por el capital.

¿Qué culpa tiene la población de Nepal de que haya más trabajo alrededor del turismo y, por ende, en aquellos lugares próximos a las cordilleras y a las alturas donde los turistas llegan para lanzarse a la aventura? ¿Qué respuesta le puede dar el sistema a una población que acaba de vivir una catástrofe y cuya vida está condicionada por una geografía y condiciones climáticas que no eligió?

El capitalismo no tiene forma de resolver los problemas que generó. Se muere en la impotencia y en paliativos que no resuelven la cuestión de fondo. A modo de ejemplo, ante el derretimiento y posible hundimiento de Tuktoyaktuk una de las medidas que se ensayan es la protección del permafrost con espuma de poliestireno y geotextil para ralentizar la velocidad en que el calor alcanza el suelo congelado. Salido de una novela de ciencia ficción: el avance de la técnica es tal que se puede de forma sofisticada “abrigar” el suelo, mas no llevar adelante medidas serias que frenen el cambio climático.

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Es más, la extrema derecha es negacionista del cambio climático. Sin ir más lejos, Donald Trump afirmó que la crisis climática es “el mayor engaño de la historia” y en 2025 impulsó que Estados Unidos abandonara el Acuerdo de París y el Fondo Verde. No obstante la realidad se hace ver a cada paso, con la crisis climática en un rol protagónico incluso en el primer mundo como sucede con las olas de calor extremas en Europa, que se han cobrado miles de vidas en lo que va del año.

Las propuestas del “capitalismo verde” mostraron ser un fracaso como lo hizo el Acuerdo de París cuando en 2025 cumplió diez años admitiendo no haber logrado ninguno de sus objetivos. Principalmente, el compromiso de reducción de emisiones de carbono y el desaceleramiento del calentamiento global, que superará el límite planteado de 1,5% con respecto a los niveles preindustriales.

La cuestión no es si la humanidad cuenta con los conocimientos científicos y técnicos para comprender y enfrentar la crisis ecológica. Los tiene. La cuestión es qué relaciones sociales y económicas organizan su utilización y en función de qué intereses se ponen en movimiento esos conocimientos. Frente a un sistema que subordina la naturaleza y la vida humana a la valorización del capital, se vuelve necesaria una transformación de raíz.

No se trata de encontrar nuevos paliativos ni de perfeccionar indefinidamente las técnicas para adaptarnos a un planeta cada vez más hostil, sino de modificar las relaciones sociales que producen y profundizan esta situación. Socialismo o barbarie ecológica: planificación democrática de la economía, producción orientada a las necesidades sociales y una relación consciente y armónica con la naturaleza, no basada en su expoliación sino en el conocimiento de sus leyes y en la construcción de un equilibrio metabólico entre la sociedad humana y el ambiente.

[1] Esto es sumamente peligroso, ya que existe el riesgo de la liberación de virus y bacterias para los cuales las personas de la actualidad no tenemos defensas. Tan solo un ejemplo ilustrativo: en 2016 en el marco de una ola de calor extremo en Siberia se descongelaron capas de permafrost que contenían el cuerpo intacto de un reno fallecido en 1941. El animal había muerto por un brote de ántrax que, así como su cuerpo, se había congelado en perfecto estado. Al derretirse el permafrost, la bacteria contaminó los pastizales y el agua de la zona en un brote devastador que provocó la muerte de más de 2.300 renos y se transmitió a las comunidades de la región, provocando la muerte de un niño de 12 años y hospitalizando a más de 90 personas.

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