Washington dispone, además, de otra vía de presión: extender el coste de hacer negocios con Irán a empresas, bancos y particulares extranjeros. Cualquier entidad que mantenga relaciones con actores iraníes sancionados puede acabar poniendo en riesgo su propio acceso al sistema financiero estadounidense.

Esta semana, el Tesoro amplió las categorías de actividades económicas iraníes que pueden exponer a sanciones a empresas y particulares extranjeros. Entre ellas figuran los activos digitales, la tecnología, el oro, la aviación y el transporte marítimo.

El Departamento del Tesoro también anunció que prepara sanciones contra más de 60 entidades, personas y buques en distintos países a los que acusa de ayudar a Irán.

Según Bessent, equipos del Tesoro, el Departamento de Estado y el Ejército estadounidense están manteniendo reuniones con representantes de otros países y fijando plazos para que abandonen las actividades que Washington considera sancionables.

«Cada país tiene un plazo definido para poner fin a las actividades que hemos identificado. Si no actúan, lo haremos unilateralmente mediante las competencias del Tesoro», afirmó.

Bessent puso el foco específicamente sobre el Banco Melli de Irán, al señalar que todas sus sucursales deben cerrar, y lanzó una advertencia más amplia a las instituciones que faciliten operaciones que Washington considere ilícitas.

«Cualquier entidad que facilite el blanqueo de dinero en nombre de Irán será expulsada del sistema del dólar estadounidense. El reloj está corriendo», afirmó.

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¿Hasta dónde puede soportar la economía iraní?

Washington está estrechando todavía más el cerco en un momento especialmente delicado para la economía iraní. Las nuevas restricciones llegan sobre un terreno ya castigado por la inflación, la pérdida de valor de la moneda y el deterioro del mercado laboral.

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El Fondo Monetario Internacional prevé que la economía se contraiga un 6,1% en 2026, una revisión a la baja de 7,2 puntos porcentuales respecto a su previsión de enero. Al mismo tiempo, calcula que la inflación media alcanzará el 68,9%, frente al 50,9% registrado en 2025.

La situación también se ha deteriorado en el mercado laboral. La tasa oficial de desempleo aumentó hasta el 9,1% en primavera, mientras que el número de personas ocupadas cayó en unas 450.000 respecto al mismo periodo del año anterior.

A todo ello se suma el desplome del rial. Esta semana, la moneda iraní cayó hasta un mínimo histórico de unos 2 millones de riales por dólar en el mercado informal. Los datos del Centro Estadístico de Irán muestran además que la inflación interanual alcanzó el 87,9% en julio.

El debilitamiento del rial tiene un efecto inmediato sobre la vida cotidiana: encarece los productos importados y añade presión sobre unos hogares que ya afrontan una escalada acelerada de los precios.

El interrogante, por tanto, ya no es solo cuánto más puede apretar Washington, sino cuánto más puede absorber una economía iraní que llega a esta nueva ofensiva con buena parte de sus principales indicadores ya bajo una presión extrema.

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Los límites de la presión económica de EE. UU.

Pero el poder de presión económica de Washington también tiene límites, tanto por el alcance que puede darle a sus medidas como por lo que estas pueden llegar a conseguir.

Preguntado por qué Estados Unidos está dando a los socios comerciales de Irán la oportunidad de poner fin a las actividades señaladas en lugar de sancionarlos de inmediato, Bessent aludió a las posibles consecuencias que una ofensiva más amplia podría tener sobre el sistema financiero internacional.

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«Estamos dando a todos la oportunidad de corregir su mal comportamiento», afirmó. «¿Por qué querría hacer saltar por los aires el sistema financiero mundial?»

Además, las restricciones al comercio iraní pueden tener efectos que van mucho más allá de las fronteras del país, especialmente a través de su impacto en los mercados energéticos.

Gillman considera que mantener la presión económica podría resultar, pese a todo, menos desestabilizador que reanudar una guerra a gran escala. A su juicio, Washington parece tratar de mantener el pulso con Teherán sin provocar al mismo tiempo una escalada que dispare aún más los precios del petróleo.

Aunque el bloqueo naval ejerce por sí mismo una presión alcista sobre el crudo, Gillman sostiene que mantener el precio en una horquilla de entre 70 y 80 dólares por barril contribuiría a preservar una mayor estabilidad económica y limitaría, además, los ingresos adicionales por exportaciones de Rusia.

Pero por encima de los mercados y las cifras queda una cuestión más difícil de resolver: ¿puede incluso una presión económica extrema obligar a Irán a hacer las concesiones políticas que busca Washington?.

Teherán lleva décadas sometido, con distinta intensidad, a sanciones estadounidenses y al aislamiento económico. Durante ese tiempo ha desarrollado mecanismos para sortear las restricciones y ha resistido los intentos de Washington de forzar un cambio en las políticas que considera contrarias a sus intereses.

La Administración Trump sostiene que una aplicación más contundente de las sanciones puede alterar el cálculo de las autoridades iraníes.

Por ahora, sin embargo, el resultado ofrece pocas certezas. Pese al desgaste económico que ya soporta Irán, casi seis meses de guerra y presión no han logrado todavía traducirse en un acuerdo duradero.

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