También viajaron figuras como Alvise Pérez, Vito Quiles y Samuel Vázquez, este último llegó a afirmar que “esta ciudad ha sido invadida” y que los ciudadanos debían defenderse si el gobierno no lo hacía. La reacción también llegó desde fuera, Donald Trump calificó lo ocurrido como una “invasión” y utilizó la crisis para reivindicar su propia política migratoria. Los dirigentes de la extrema derecha europea reprodujeron las imágenes y el mismo discurso de amenaza.
Una de las actuaciones políticas más importantes de la extrema derecha al respecto fue la implantación de una narrativa de carácter militar. La palabra “invasión” apareció repetidamente en los discursos de sus principales referentes. Vázquez, portavoz de Vox en materia de seguridad e inmigración, sostuvo que las personas tendrían derecho a defenderse cuando el gobierno no los protegiera, en referencia evidente a razias contra migrantes.
Abascal, por su parte, habló de “inmigración masiva”, de una España “indefensa” y de un supuesto “colapso” de los servicios sanitarios y de vivienda. La elección de estas palabras no es secundaria, ya que transforma a las personas que atraviesan una frontera en una fuerza hostil y convierte una emergencia migratoria en una cuestión de seguridad nacional.
Las fotografías y videos de los miles de personas llegando a Ceuta, la extrema derecha las presenta como la evidencia de una ofensiva contra Europa. Se utilizan estas imágenes para construir la sensación de una amenaza colectiva. La diferencia entre “migración” e “invasión” es, entonces, política. En el primer caso se discuten sus causas y las respuestas posibles; en el segundo, se presupone la existencia de un enemigo frente al cual solamente parecen legítimas la defensa, la expulsión y el cierre de fronteras.
En las redes sociales circularon imágenes antiguas reutilizadas, contenidos manipulados y materiales generados mediante inteligencia artificial. También videos de altercados ocurridos en otros contextos y se difundieron falsedades sobre una supuesta intervención de Estados Unidos. Uno de los contenidos falsos difundidos por un eurodiputado polaco llegó a superar los cuatro millones de visualizaciones y fue compartido unas 40.000 veces.
El diario El País documentó cómo Vox utilizó hipérboles, bulos y videos virales para presentar la situación como una demostración del supuesto fracaso de las políticas migratorias. El mecanismo tiene una particularidad; no es necesario que cada bulo sea creído para que cumpla una función política. Basta con que contribuya a producir una atmósfera de amenaza en la que las personas reciban, una y otra vez, imágenes de multitudes, violencia, descontrol o supuestos peligros.
Incluso contenidos contradictorios pueden alimentar el mismo efecto. Mientras unos mensajes presentaban la frontera como completamente abierta, otros anunciaban nuevas entradas masivas y otros atribuían la crisis a conspiraciones internacionales. La consecuencia es que la comprobación de los hechos pierde terreno frente a la sensación de emergencia.
Así, las personas migrantes dejan de ser percibidas como un conjunto de individuos con historias y condiciones materiales diferentes y pasa a representarse como un cuerpo homogéneo, potencialmente peligroso. Una multitud de migrantes se convierte en un ejército invasor. La retórica de la “invasión” permite introducir simultáneamente una dimensión demográfica y cultural.
Detrás del migrante se inventa la figura del extranjero que supuestamente amenaza la identidad nacional y altera la composición de la sociedad. De ahí que las imágenes de Ceuta hayan sido incorporadas posteriormente por movimientos ultraderechistas europeos vinculados a la defensa de la denominada “continuidad étnica” europea. La campaña Save Europe Act utilizó este episodio como ejemplo de un supuesto “reemplazo étnico” y promovió la idea de “remigración” de personas extranjeras.
La potencia de esta operación reside en que no necesita demostrar que una invasión militar esté ocurriendo. Basta con instalar la sensación de que podría ocurrir. La palabra “invasión” permite condensar en una sola imagen cuestiones tan distintas como inseguridad, vivienda, sanidad, identidad cultural y control territorial. Después, cada problema puede ser presentado como una consecuencia de la inmigración: si existen dificultades en los servicios públicos, se habla de “colapso”; si hay incertidumbre sobre la seguridad, se habla de “amenaza”; si existen tensiones culturales, se habla de “pérdida de identidad”.
Vox llegó a utilizar el supuesto “colapso” sanitario como argumento para exigir restricciones a la atención de migrantes, mientras la ministra de Sanidad, Mónica García, negó que existiera tal colapso y señaló que el sistema había atendido a unos 5.800 migrantes sin afectar negativamente a la población local. Vox también vinculó la inmigración con las listas de espera sanitarias y planteó que los migrantes hospitalizados que no estuvieran graves fueran trasladados a la frontera con Marruecos.
El mecanismo consiste en colocar al migrante en el centro de una serie de problemas que, aunque existen, no fueron creados por quienes llegan. La vivienda cara, la precariedad laboral, la insuficiencia de recursos sanitarios o la debilidad de los servicios públicos son fenómenos estructurales que preceden al episodio de Ceuta.
El discurso ultra combina migración, islamismo, delincuencia y pérdida de identidad nacional para construir la imagen de un “otro” que estaría alterando la sociedad desde dentro. Así, un problema material termina convertido en un problema identitario: ya no se discute quién controla los recursos, por qué faltan viviendas o por qué los servicios públicos están tensionados, sino quién merece acceder a ellos.
La extrema derecha consigue de esta manera desplazar el conflicto social desde arriba hacia abajo, enfrentando a sectores populares entre sí. La extrema derecha toma problemas reales y ofrece una explicación falsa de sus causas. El migrante termina funcionando como chivo expiatorio de una crisis social que tiene raíces en el sistema económico.
La extrema derecha intenta así convertir un acontecimiento excepcional en una explicación general de problemas sociales mucho más profundos. El resultado es una inversión de la relación entre causas y consecuencias. Las condiciones económicas y políticas que producen el malestar desaparecen del relato, mientras la persona migrante aparece como responsable de sus efectos. La crisis deja de ser un problema que requiere soluciones sociales, económicas y geopolíticas y pasa a ser presentada como una guerra por la seguridad y la identidad.
El grupo neonazi Núcleo Nacional se desplazó desde la Península con la intención de sumarse a patrullas civiles, mientras en distintos barrios se produjeron episodios de hostigamiento y violencia contra migrantes. Vox fue el único partido que llegó a teorizar explícitamente sobre una supuesta “autodefensa” de los vecinos, mientras sus dirigentes hablaban de defender a las familias frente a una amenaza presentada como colectiva.
Sin embargo, los jóvenes ceutíes respondieron a la convocatoria con consignas como “Fuera fachas de nuestra ciudad”, y distintos grupos ultras terminaron enfrentándose al rechazo de la población y, en algunos casos, siendo escoltados o expulsados por la policía. La extrema derecha no encontró en Ceuta una sociedad completamente dispuesta a aceptar que su identidad fuera definida desde fuera por un discurso islamófobo y excluyente.
La importancia del episodio está precisamente en que demuestra que el miedo no produce automáticamente una respuesta xenófoba, también puede generar solidaridad y resistencia frente a quienes intentan convertir una emergencia en una guerra. Esa respuesta se amplió posteriormente con la movilización conjunta de las comunidades cristiana, musulmana, judía e hindú de Ceuta, acompañadas por organizaciones vecinales y sindicales, que salieron a las calles para rechazar el racismo y defender la convivencia.
Un artículo publicado por Al Jazeera señaló cómo determinados sectores intentaron vincular la presencia de migrantes musulmanes con el antisemitismo y utilizar esa asociación para cuestionar la solidaridad con Palestina. Conviene distinguir aquí entre el antisemitismo real —que debe ser rechazado sin ambigüedades— y la utilización política de acusaciones de antisemitismo para asociar inmigración, población musulmana, solidaridad palestina y amenaza a Europa.
Lo relevante es cómo distintos componentes de la política internacional son ensamblados dentro de una misma narrativa reaccionaria: la migración aparece como amenaza demográfica, el musulmán como amenaza cultural, Palestina como amenaza política y la defensa de Israel como parte de una supuesta defensa de Occidente. De esta manera, Ceuta no fue solamente un tema español, se convirtió en un parapeto para la extrema derecha internacional.
Estos sectores consiguieron que los demás partidos políticos discutan dentro del marco que ellos mismos construyeron. Así, la pregunta deja de ser por qué miles de personas están dispuestas a arriesgar la vida para migrar, qué relaciones existen entre Marruecos y España o cómo garantizar derechos y servicios públicos, y pasa a ser quién puede ofrecer mayor seguridad, más controles y más deportaciones.
Incluso cuando PP y Vox mantienen diferencias, compiten cada vez más dentro de un terreno definido por la securitización de la migración. El fenómeno conecta directamente con la “Europa fortaleza”, se trata de la presión ultraderechista que desde fuera y desde dentro de las instituciones empuja hacia más controles, restricciones y expulsiones, al mismo tiempo que normaliza medidas que antes podían aparecer como posiciones extremas.
El crecimiento de la extrema derecha no puede explicarse simplemente por la existencia de prejuicios racistas ni por la eficacia de sus campañas en redes sociales. Existe un malestar social real sobre el cual estas fuerzas construyen su influencia, se trata de salarios que pierden capacidad adquisitiva, empleos cada vez más precarios, dificultades para acceder a una vivienda, deterioro de los servicios públicos o incertidumbre sobre el futuro.
La cuestión migratoria le ofrece a la derecha una forma eficaz de intervenir sobre ese malestar porque permite transformar problemas estructurales en conflictos aparentemente inmediatos. No necesita negar que estos problemas existen, los reconoce, pero cambia radicalmente la explicación de sus causas.
En lugar de dirigir el descontento hacia las relaciones sociales que producen la desigualdad, lo desplaza hacia quienes ocupan las posiciones más vulnerables dentro de ellas. El conflicto deja de ser entre quienes concentran riqueza y poder y quienes viven de su trabajo para convertirse en una competencia entre “nacionales” y “extranjeros”; la solidaridad de clase es reemplazada por el nacionalismo.
Esta inversión es funcional a un sistema que produce simultáneamente concentración de riqueza y fragmentación social: mientras los trabajadores se enfrentan entre sí por empleos, viviendas o servicios, quedan fuera del campo de discusión las empresas, los grandes propietarios y las políticas económicas que determinan la distribución de esos recursos. La extrema derecha no inventa el descontento: lo redirige.
Su apuesta consiste en convertir una crisis social producida por relaciones económicas en una guerra cultural y nacional entre quienes están abajo; precisamente por eso, disputar su influencia exige no negar el malestar existente, sino ofrecer una explicación diferente y una salida basada en la organización colectiva de quienes comparten esas condiciones, independientemente de su origen.
En Estados Unidos, la ofensiva migratoria de Trump y el despliegue de agentes de ICE provocaron protestas, bloqueos y enfrentamientos en distintas ciudades, con comunidades enteras organizando redes para advertir sobre las redadas y dificultar las operaciones de los agentes federales. La respuesta desde abajo muestra que las políticas de deportación masiva tampoco son recibidas pasivamente, trabajadores, jóvenes, organizaciones comunitarias y movimientos sociales salieron a las calles a oponerse.
En Europa aparecen dinámicas semejantes con movilizaciones que disputan en las calles el discurso de la extrema derecha. La cuestión, por tanto, no es únicamente si la derecha consigue movilizar a una parte de la sociedad, sino quién consigue organizar políticamente el descontento producido por la crisis.
La alternativa desde la izquierda no puede consistir simplemente en disputar el discurso migratorio en sus propios términos, sino en apuntar al vínculo entre las diferentes expresiones del malestar y sus causas sociales. Eso implica defender los derechos de los migrantes al mismo tiempo que se lucha por vivienda, salarios, servicios públicos, empleo digno; es decir, oponer a la división entre nacionales y extranjeros una perspectiva de clase e internacionalista.
Ceuta, las movilizaciones contra ICE y las respuestas antirracistas que aparecen en distintos países muestran que esta disputa sigue abierta: la derecha intenta organizar el miedo desde arriba, pero existe también la posibilidad de organizar desde abajo a quienes sufren las consecuencias de una misma estructura de precarización, independientemente de dónde hayan nacido.
La extrema derecha quiere que el trabajador vea en el migrante al responsable de su precariedad, en lugar de identificar las estructuras económicas que la producen. En un mundo atravesado por guerras, desigualdad, crisis económica, migraciones y polarización, la dirección que tome el descontento no está escrita, sigue siendo una lucha política abierta.
Precisamente por eso, la disputa por las calles resulta tan importante, la extrema derecha no quiere solamente votos; quiere presencia física en las calles y busca construir la apariencia de que los ultras representan a “la población”. En Ceuta, esa pretensión encontró una resistencia que demuestra que la calle es el espacio de confrontación política contra la reacción.






