La victoria de De la Espriella marca la llegada de la tendencia ultra derechista a Colombia. Con promesas represivas y profesión de sumisión al imperialismo, el presidente electo augura nuevas crisis y peligros. Un corolario al desgaste de Petro y el régimen político colombiano.

El traspaso y la situación tras las elecciones

La victoria de De la Espriella en el balotaje del último 21 de junio dibuja nuevos signos de interrogación sobre el futuro de la política colombiana. Aparece como un outsider y postula un discurso que reúne los lugares comunes de la extrema derecha internacional y los restos de las tradiciones de la derecha conservadora colombiana. Expresa, a la vez, un rebote electoral tras el mandato de Petro y un elemento de novedad en el sistema de partidos colombiano. Discursivamente, promete mucha inestabilidad. No sólo por su programa represivo y conservador en general sino, particularmente, por su intención de interrumpir todo proceso de paz con los grupos armados para – estatales que siguen existiendo en el país. 

Aún novedosa, su victoria electoral no fue arrolladora. Venció al candidato petrista Iván Cepeda por menos de un punto: 49,6% contra 48,7%. Lo ajustado de la cifra puso una cuota de incertidumbre sobre el resultado hasta el recuento definitivo. Ambos candidatos especularon con la victoria hasta último momento. Y Petro llegó a acusar maniobras fraudulentas en el balotaje. El resultado es un proceso de traspaso plagado de dudas.

El pasado martes (7) De la Espriella acusó a Petro de tramar un “golpe de Estado” y llamó a las Fuerzas Armadas a desobedecer cualquier orden que “atente contra la Constitución”. Horas antes, había suspendido el proceso de “empalme” (el proceso de transición institucional entre gestiones) con el gobierno de Petro. La provocación respondió a un tweet de Petro en el que acusaba supuesto fraude en las últimas elecciones. “El presidente de Colombia no reconoce la legitimidad del gobierno entrante. Abelardo no ganó las elecciones” decía el comunicado. De la Espriella escaló rápidamente la situación y Petro se apuró para aclarar que no tiene intenciones de limitar o impedir la transición.  

 A todavía un mes de su asunción, no está claro cuál será el nuevo equilibrio del sistema político colombiano con el ultraderechista en el poder. Es cierto que su presidencia supone un brusco cambio de signo (de la centro izquierda a la ultraderecha). También es cierto que llega al poder por una ventaja modesta en votos (algo más de 300.000), poca representación parlamentaria y poco (casi nada) personal político y partidario propio para orquestar la gestión de la tercera economía de Sudamérica. 

El nuevo gabinete y las promesas de campaña

Este martes (7) trascendieron los primeros nombres para la conforamción del futuro Gabinete de De la Espriella. El tenor general es más de reciclaje burgués (sobre todo de ex funcionario uribistas) que la aparición de outsiders. Todos los nombres anunciados este martes son de funcionarios o ex funcionarios del establishment colombiano. 

En Hacienda, el ultraderechista electo posicionaría a Miguel Gomez Martínez. Es hijo del expresidente conservador Laureano Gómez y fue funcionario en el primer mandato de Uribe. Se anticipa como un gestor neoliberal para las tareas de ajuste fiscal y rebajas impositivas para los grandes capitalistas. En Defensa nombrará al ex general Jorge Eduardo Mora. Se trata de una cartera ideológicamente significativa para De la Espriella, por sus insistentes promesas de acción bélica y represión interna. En Educación postuló a Viviane Morales, una ex diputada del Partido Liberal con una trayectoria ultraconservadora y católica, de defensa de la familia tradicional frente a la modernización de la vida. 

En campaña prometió 90 decretos para su primer día de gobierno. Y habla de arrogarse facultades extraordinarias para declarar la emergencia económica y un “estado de excepción” con la excusa de los grupos para – estatales. Entre sus propuestas de taquilla están: mega-cárceles a lo Bukele, fumigar 300.000 hectáreas de coca, movilizar reservistas militares en los barrios populares de las grandes ciudades, terminar con el proceso de Paz, el retorno de la educación religiosa a las escuelas públcias, despedir más de medio millón de trabajadores y contratistas del Estado. Último, pero no menos importante, fraguar un nuevo Plan Colombia con Estados Unidos e Israel, para atacar militarmente a los grupos para – estatales del interior del país. El Plan Colombia original le permitió a Estados Unidos desplegar tropas en territorio colombiano entre 2000 y 2015, con la excusa de la guerra al narcotráfico. “Quiero un Plan Colombia II y que las bases estadounidenses vuelvan” dijo De la Espriella hace poco. 

El ultraderechista propone, como parte de la depuración del Estado, reducir su “tamaño” en un 40%. “Promete, como lo detalla su programa de campaña, emprender la “gran revolución de la desregulación”, crear un “país de propietarios”, bajar masivamente los impuestos, atraer las inversiones extranjeras para explotar los recursos naturales del país (petróleo, gas, minerales, agua). Y, por qué no, dolarizar la economía”. En este punto el discurso espriellista recuerda a las producciones de otros ultraderechistas de la región, como Milei. Como el ultra argentino, De la Espriella utiliza al Estado como depositario y responsable de los problemas que aquejan al país. Como si Colombia, un país largamente golpeado por la para – estatalidad, los negocios clandestinos y la rapiña imperialista, sufriera justamente por el exceso de regulaciones. La revolución desreguladora para crear un país de propietarios es una fórmula altisonante para explicitar que el proyecto será convertir Colombia en un paraíso para los propietarios. No se trata de crear nuevos propietarios sino de santificar los derechos de los actuales y abrir nuevas fronteras para su acumulación. Los propietarios ya existen. Son las grandes corporaciones extractivistas que se beneficiarán de una baja de impuestos y regulaciones, es la burguesía cipaya de la que el propio De la Espriella proviene, es el imperialismo estadounidense al que De la Espriella le pide un nuevo despliegue militar sobre el territorio nacional.

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Un outsider electoral nacido de las élites del régimen

El outsider triunfante parece reunir todos los restos de la vieja derecha colombiana bajo los íconos de la nueva extrema derecha que puebla el mundo. En sus actos de campaña se reunieron “ex militares, reservistas, empresarios, adultos mayores, cristianos, marianos, uribistas, anti-petristas y ex rodolfistas (por Rodolfo Suárez Hernández)”. Para darle una nueva pátina a la liturgia, De la Espriella se cortó la barba a lo Bukele y se puso un tigre a lo Milei.

De la Espriella viene de una familia burguesa – ganadera de Córdoba, capital de provincia. Su padre fue diputado por el Partido Liberal y promotor de Uribe en su primera candidatura (2001). Durante el uribismo fue un funcionario de segundo orden en el interior del país, con una relación personal cercana a Uribe. Festejó su último cumpleaños con una lujosa cena en la que participaron el presidente electo y el propio matrimonio Uribe. 

El Caribe colombiano, la región a la que pertenece Córdoba, es un distrito clave en términos electorales. Concentra al 22% de la población (unos 12 millones de habitantes) y el 15% del PBI del país. Su riqueza se configura en grandes puertos, una multiculturalidad de tradición migrante y una oligarquía clientelista. Son famosos los “clanes” políticos de la región. Una serie de entramados económico – territoriales que hacen las funciones de aparato para – electoral. Grupos familiares y empresariales acomodados que llevan y traen votos para los partidos nacionales, gestionan transporte y comida durante los días de votación en regiones rurales de difícil acceso. Funciones que en países o regiones más normales son realizadas por los partidos burgueses o sus apéndices, son encaradas en el Caribe colombiano por estos clanes burgueses y terratenientes. En el medio de la última elección trascendió la condena a uno de los cabecillas del clan Basaile, autóctono de Córdoba.

De la Espriella realizó su cierre de campaña en la región, que se anticipaba decisiva. Lo hizo como el único “costeño” en la contienda. Durante la campaña se esforzó por presentarse como ajeno a la dinámica de los clanes. Pero ya antes de la primera vuelta trascendió la adhesión del clan Char, que gobierna Barranquilla, a su candidatura.  

El nuevo outsider de la política colombiana creció como un hijo del poder y del uribismo. Fracasó en su primer apuesta a la vida política y durante varias décadas se dedicó a amasar fortunas fáciles en negocios efímeros. Como abogado defendió a varios ex – combatientes de los grupos paramilitares. Un episodio que contrasta con su actual posición anti – Paz. Consultado por el tema, De la Espriella dijo simplemente que se trataba de un “excelente nicho de trabajo”, del cuál no quería perder tajada. 

Como otros outsiders, tiene una carrera mediática y empresarial estrafalaria, que lo posicionaban como una marca o cara conocida masivamente antes de lanzarse a una candidatura. Se presenta con un relato al nuevo estilo capitalista emprendedor, como un empresario exitosa que se hizo a sí mismo. El relato es falso. No sólo porque De la Espriella nació siendo asquerosamente rico (se definió com “riquito de pueblo” en su juventud) sino porque su carrera empresarial no es realmente exitosa. De las 35 empresas que tienen lazos legales con él, solo su firma jurídica (De la Espriella Lawyers) tuvo ganancias netas en el último balance. El resto de las firmas (asociadas a su marca personal, de bienes de consumo de lujo) marcaron pérdidas. 

Los apologistas de De la Espriella repiten hasta el hartazgo una pregunta conocida: ¿por qué él, un millonario exitoso y hecho, se interesaría en la política? La cuesitón es planteada como una prueba de fé, un manifiesto de la supuesta honestidad en las intenciones del presidente electo, quien no tendría interés alguno en lucrar, beneficiarse o favorecer a sectores determinados a través de la gestión del Estado. Retóricamente, la fórmula carece de valor alguno. Ya se probó falsa en infinidad de oportunidades. Basta ver el caso Milei alrededor del escándalo Libra, por no mencionar la reciente salida de Adorni por iguales razones. 

Pero vale la pena detenerse en este punto para contrastar el relato con el relator. Como la mayoría de los “emprendedores capitalistas”, De la Espriella no es un genio creativo sino un niño mimado del viejo poder económico. No es un gran gestor de negocios, sino un “riquito de pueblo” derrochador, que abre firmas comerciales a pérdida y amasa capital con la especulación inmobiliaria. No es, realmente, un outsider. No, al menos, como lo es Javier Milei en Argentina. No es un marginal inestable, un outsider social que asciende a la vida política inesperadamente. De la Espriella es hijo de políticos tradicionales y empresarios con pasado terrateniente en el interior; una suerte de hijo menor de la élite colombiana. Es una figura de la nueva extrema derecha, creado a imitación de Bukele y Milei, con una infinita voluntad de servidumbre a Trump. Pero es un ultraderechista al estilo de la vieja política colombiana. Su campaña no tuvo nada de outsider. La diseñó un estudio de marketing político por millones de dólares. 

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¿Por qué ingresa, entonces, De la Espriella a la vida política? Podría pensarse que por oportunismo, por aburrimiento, por ego. Es indiferente. Lo relevante es por qué gana De la Espriella, cuál es la objetividad de su victoria electoral. La respuesta tiene tres partes mutuamente dependientes: el desgaste de la experiencia Petro, la crisis internacional (con la nueva derecha como marca de época) y los problemas estructurales en Colombia. De la Espriella es el engendro nacido de un gran combo de contradicciones, crisis y desigualdades. 

La frustrada experiencia Petro

“[…] La pésima gestión del gobierno actual en materia de seguridad (la “paz total” es un rotundo fracaso […]), la destrucción del sistema de salud, los escándalos de corrupción, la gravísima bomba fiscal que le hereda a su sucesor[…], la crisis energética que dejó incubada y el deplorable manejo de las relaciones internacionales. Se trata de los seis grandes fracasos del gobierno saliente que, sin duda, sembraron la decepción en más de la mitad del país frente al que prometió ser el “gobierno del cambio”. Todo lo cual lleva a concluir que el más grande elector de Abelardo de la Espriella fue Gustavo Petro”.

La (ajustada) victoria de De la Espriella en el balotaje no puede explicarse sin dar cuenta del desgaste de la gestión de Petro. Su presidencia fue una novedad en el trajín político colombiano de las últimas décadas. Aparaecía, retóricamente, como la figura más a izquierda de la región. No sólo porque se trataba de un ex guerrillero de izquierda que alcanzaba la presidencia tras dos décadas de derechismo uribista. También porque su elección se basó, justamente, en la representación de la rebelión popular del 2021 contra la gestión de Iván Duque. 

Pero la retórica izquierdista de Petro chocó con la realidad de una gestión ineficaz, zigzagueante y, sobre todo, no transformadora. A lo largo de todo su mandato, Petro se demostró referente de un reformismo sin reformas. No cumplió ninguna gran promesa de campaña. No terminó con la violencia para – estatal, no aplicó ninguna reforma agraria, no avanzó un paso para subvertir las relaciones de acuciante desigualdad que caracterizan a la sociedad colombiana. 

Durante la gestión Petro, el salario mínimo subió en torno a un 15% real, y la desocupación cayó algunos puntos. Pero la tasa de informalidad sigue siendo mayoritaria (55%) y la gran mayoría de los nuevos empleos son “autoempleos”, es decir, cuentapropismo, no trabajo formal de calidad. En algunas zonas del interior, “la proporción de trabajadores con ingresos inferiores al mínimo supera el 70%, lo que convierte cualquier mejora formal en un beneficio restringido”. Ni siquiera la reforma laboral petrista, cuyo texto era claramente progresivo frente al status quo precario de la economía colombiana, dio pasos reales hacia el cuestionamiento de la matriz hiper – desigual del capitalismo autóctono. 

La impotencia de Petro para conjurar y gobernar la dinámica del país remite una y otra vez, en última instancia, a su adecuación disciplinada a las reglas de las instituciones capitalistas. Petro ganó la presidencia con un 50% de los votos pero su partido solo consiguió, en las legislativas del 2022, el 17% de las representaciones parlamentarias. Para motorizar cualquier iniciativa parlamentaria debió pactar y negociar con los bloques de la centro derecha y la derecha, que no perdieron oportunidad de esquilmar sus proyectos a cambio de votos. 

Petro ganó las elecciones como resultado de una enorme rebelión que cuestionó la institucionalidad del régimen colombiano, caracterizado por décadas de explotación descarnada, violencia y corrupción sistémica. Desde el primer día de su gobierno, eligió adecuarse a esas mismas instituciones, poniéndole siempre nuevos frenos a las exigencias populares. Le pidió paciencia y “moderación” a las masas hartas que le dieron su voto. Tampoco cuestionó, en los hechos, la influencia del imperialismo estadounidense sobre el país. Colombia fue durante décadas uno de los enclaves de la influencia de Washington sobre la región. Petro no tomó ninguna medida para terminar definitivamente con esas relaciones. Si cruzó discursivamente a Trump, también se apresuró para reunirse y negociar con él. 

En el marco de las instituciones capitalistas, la retórica izquierdista de las reformas petristas se transformó en un reformismo sin verdaderas reformas. No podía ser de otra manera. No hay posibilidades de reformismo en el marco del régimen de la Colombia atrasada, fragmentada, desigual y subordinada al imperialismo. 

En 2022, decía Petro en su acto de asunción: “Vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia. No porque lo adoremos, sino porque tenemos que superar la premodernidad en Colombia, el feudalismo en Colombia”. La formulación parece una caricatura de los mantras estalinistas que, casi un siglo atrás, ya eran vulgares y deformantes. Petro no puede (o no quiere) entender que lo premoderno, feudal de Colombia es, justamente, su capitalismo. El atraso brutal enquistado en el interior colombiano (y reflejado en la atribulada existencia de su régimen político) se debe justamente a la desigualdad capitalista de su sociedad, al modelo de acumulación de su burguesía periférica, a su inserción en el mercado internacional y en las relaciones de subordinación con el imperialismo. 

No puede superarse la premodernidad, el atraso colombiano, sin tomar medidas anticapitalistas, que cuestionen el poder de los burgueses, los terratenientes y la injerencia imperialista en el país. El error de Petro (repetido hasta el hartazgo) fue creer lo contrario. 

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La nueva extrema derecha y el viejo desarrollo desigual colombiano

El desarrollo del capitalismo en Colombia estuvo históricamente cruzado por agudísimos contrastes. Tuvo una importancia crítica para el comercio y la economía de la región, tanto por sus riquezas naturales como por su posición privilegiada para el comercio marítimo. El imperialismo estadounidense apuntó la zona como uno de sus intereses privilegiados en la región. Esas contradicciones marcaron las crisis interminables del Estado colombiano. La guerra civil crónica que cruzó el país por décadas es un ejemplo claro. 

Desde 1991 (fecha de la Reforma Constituyente que moldeó el régimen político contemporáneo), la persistencia de una serie de tareas irresueltas en el desarrollo colombiano minan la estabilidad del país. El primero (pero no el único) de ellos es la permanencia de la para – estatalidad, la existencia de sectores del territorio controlados por grupos armados autónomos, que se enfrentan al Estado y entre sí. La lucha contra la para – estatalidad constituyó la base de legitimación del ciclo uribista, que se extendió más allá de la presidencia de Álvaro Uribe, totalizando dos décadas (del 2002 al 2022). La cruzada de Uribe contra los grupos armados se cobró la vida de miles de civiles, bajo el mecanismo de los falsos positivos. Y no resolvió el problema de la para – estatalidad. 

Tampoco Petro la resolvió, a pesar haber hecho de la cuestión uno de los ejes de su programa bajo la consigna de Paz Total. Según la ONU, en enero de este año había por lo menos 100.000 desplazados por los enfrentamientos entre grupos armados en el norte del país. Es la crisis de desplazamientos más dura de la última década, desde la firma de los Tratados de Paz en 2016. 

A pesar de los tratados y negociaciones, la presencia para – estatal persiste. Y, con el desarme de las formaciones guerrilleras propiamente dichas, se descompone en organizaciones más netamente criminales. “La desaparición de la guerrilla histórica ha dado paso a una multitud de pequeños grupos aún activos a los que la prensa denomina ‘las disidencias’, divididos en dos categorías: los creados antes de la firma de los Acuerdos pero que nunca participaron en las negociaciones de paz […] y los que surgieron posteriormente. La desmovilización de las FARC […] dejó un vacío territorial del que se aprovecharon otras organizaciones armadas”. Se estima que un 90% de los miembros de las FARC se restituyeron a la vida civil, mientras que el ELN continuó activo ininterrumpidamente. El aumento de la presencia de estos grupos responde, evidentemente, a la aparición de nuevos reclutas. 

La influencia de estos grupos residuales es territorialmente limitada y sus reclutas carecen, en muchas ocasiones, de motivaciones explícitamente políticas. Algunos de ellos parecen desplazarse hacia la “criminalidad pura”. Lo cierto es que, con mayor o menor intensidad, el conflicto no se cierra. Y continúa imprimiendo una gran cuota de anormalidad a la vida en distintas regiones del interior del país. De los grupos que participaron de las 11 rondas de negociaciones realizadas por Petro, ninguno avanzó hacia la desmilitarización. 

Lo que expresa la persistencia del conflicto armado de baja intensidad y del elemento para – estatal es la incapacidad de la burguesia (y su régimen político) para normalizar el país. No es una cuestión de mera diplomacia interna o administración política, sino de la forma que la burguesía colombiana y el imperialismo le imprimen a la estructura productiva y la acumulación económica. Un país de élites cipayas y asquerosamente ricas, por un lado, y de masas empobrecidas, por el otro. La burguesía colombiana tiene poco interés en terminar con la premodernidad de la que hablara Petro. 

La novedad en la escena es la aparición de una figura alineada a la nueva extrema derecha, como De la Espriella. Como en otras irrupciones ultraderechistas, el caso expresa un determinado grado de desgaste en el sistema de partidos tradicional. El bipartidismo colombiano ya se había quebrado con la presidencia de Uribe. Luego, el hartazgo con la derecha uribista trajo al poder, rebelión mediante, a Petro, que aparecía como una figura de renovación y cambio para amplias porciones de la sociedad. El desgaste de Petro y la influencia de la extrema derecha internacional le abren, ahora, la puerta a De la Espriella. 

A un mes de su asunción, la tónica de las previsiones sigue siendo la indefinición. No están claras cuáles serán las coordenadas del nuevo gobierno en Colombia. Sobre todo porque las coordenadas internacionales que le dan asidero tampoco son estables. Un traspié electoral par Trump a fines de año podría hacer temblar toda la red de lealtades ultraderechistas a nivel internacional. Lo seguro es que, sobre ese fondo de incertidumbres, todas las propuestas y señales de De la Espriella prometen más crisis. Abrirle la puerta a la presencia militar estadounidense para asediar a los grupos para – estatales promete más desplazamientos, más sangre y más inestabilidad para el interior del país. Una desregulación a la medida de las grandes corporaciones promete menos empleos y más extractivismo. Despidos masivos y una retracción de la estructura estatal podrían revivir el descontento que eyectó a Duque algunos años atrás. La llegada de De la Espriella a la presidencia le suma a la inestabilidad colombiana el elemento explosivo y peligroso de la extrema derecha. 

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