Este 15 de mayo se cumplen 75 años desde que la población refugiada de Palestina se vio obligada a abandonar sus hogares. En mayo de 1948, tras el estallido de la guerra Árabe-Israelí, 700 mil personas iniciaron un viaje sin retorno, se convirtieron en refugiadas y nunca más pudieron regresar a sus hogares.

El término “Nakba” significa “catástrofe” y hace referencia al gran éxodo de la población palestina, que desde ese año vive en campamentos de personas refugiadas en su propio territorio o en otros países de Oriente Próximo.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA, por sus siglas en inglés) reconoce instalaciones en 59 campamentos de refugiados situados en Jordania, en el Líbano, en Siria, en Cisjordania y en la Franja de Gaza.

Los refugios reconocidos para palestinos desterrados que pasaron de pueblos formados por tiendas de campaña a filas de edificios de cemento, y de estos a guetos urbanos imposibles de diferenciar de su entorno (convirtiéndose, en la práctica, en desarrollos urbanos de ciudades ya existentes o generando ciudades por sí mismos), albergan alrededor de un tercio de todos los refugiados palestinos registrados a los que la Nakba determinó el final de sus derechos y libertades.

Memoria de un destierro

En el contexto de la conmemoración de esa tragedia humanitaria, UNRWA recogió el testimonio de una víctima de aquel destierro forzoso: Rabiha Hsein.

Ella es refugiada de Palestina. Tenía 12 años cuando comenzó la Nakba y fue expulsada con toda su familia del pueblo de Beit Yibril, en Cisjordania.

“Veíamos los aviones bombardeando alrededor del pueblo”, recuerda Rabiha. “Nos bombardeaban desde el cielo y el ejército nos invadía por tierra”.

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Cuando echaron a la población del pueblo, algunas personas volvieron por la noche para rescatar algo de sus propiedades, cuenta Rabiha. “Dos chicos de nuestra familia volvieron para ver sus viñedos donde guardaban sus enseres, pero les dispararon y los mataron”.

A partir de ese momento, comenzó una vida precaria y de sufrimientos para las familias de Palestina. Tras varios desplazamientos, familias como la de Rabiha acabaron en el campamento de Azza, o Biet Jibrin.

Los campamentos de refugiados palestinos se crearon después de la guerra Árabe-Israelí de 1948 para acomodar a los cientos de miles de refugiados árabes palestinos que fueron expulsados o huyeron de sus hogares ante el avance del ejército israelí. La resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas establece el derecho de los palestinos a regresar a su patria si desean “vivir en paz con sus vecinos”.

“Vivíamos en las tiendas y, cuando llovía o nevaba, nuestra tienda volaba por el viento”, explica Rabiha.

Según Rabiha, muchas personas palestinas se quedaron sin nada. Muchas familias pudieron alimentarse gracias a la ayuda de Unrwa, que a partir de mayo de 1950 comenzó a proporcionar servicios esenciales a la población refugiada.

Cuando Rabiha pudo volver a visitar su pueblo, tenía 17 o 18 años y casi era irreconocible. “El pueblo estaba en ruinas, sólo quedaban unas cuatro o cinco casas en lo más alto de la montaña”. También lamenta que sus padres nunca pudieron volver.

Recuerdos vivos

Los recuerdos de cómo era la vida en su pueblo antes de la Nakba siguen muy presentes en Rabiha. Recuerda con nostalgia los viñedos adonde iba con su hermana, las higueras o los granados. “Si me llevaran al pueblo hoy, me acordaría de los árboles y de todo sobre la casa”.

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A pesar del paso del tiempo, las personas refugiadas de Palestina siguen pensando en su tierra, en volver a sus hogares con sus familiares. “Seguimos con la esperanza de volver a nuestro país”, afirma Rabiha.

Hoy, tras tres cuartos de siglo, son 5,9 millones las personas refugiadas de Palestina que siguen a la espera de una solución justa y definitiva a su situación. Es hora de reconocer la injusticia a la que están sometidas y trabajar para logar un futuro más esperanzador para ellas.

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