El antropólogo James George Frazer refiere que hacia 1830, en las cercanías de Kentucky, apareció un impostor que declaró ser el hijo de Dios, redentor del linaje humano y última tabla de salvación para los impíos. Aseguraba que si los incrédulos no se convertían, él mismo daría la señal para desencadenar el fin del mundo.

Un modesto campesino germano le suplicó al nuevo mesías que les anunciara el juicio final a sus compañeros inmigrantes pero en alemán, para que no se condenaran por el hecho involuntario de ignorar el inglés. El impostor admitió con ingenuidad que no sabía una letra de alemán. Desató la ira del vecindario. ¿Cómo que el hijo de Dios no es bilingüe? Lo corrieron hasta la frontera por granuja.

Con la crisis económica al galope, al presuntuoso bicoalicionismo argentino le está pasando algo parecido. En sus orígenes estas coaliciones eran estructuras partidarias que habían quedado famélicas tras la impugnación general al sistema político de principios de siglo. “Que se vayan todos”. Con el tiempo, y habiendo escapado al acoso, comenzaron a presentarse en público como articulaciones sofisticadas de calidad danesa.

En rigor, detrás de esas coaliciones nunca hubo partidos fuertes. Permanecieron raquíticos los espacios de deliberación programática donde se deciden acciones con organicidad ejecutiva. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio acaban de dar muestras de esa fragilidad, porque (con distinta intensidad y riesgo institucional) están exponiendo debates internos que todavía no fueron saldados, pese a que se refieren a acciones propias del pasado y no a desafíos futuros.

Alberto Fernández decidió por primera vez responderle a Cristina Kirchner con algún grado de vacilante autonomía. A tientas, desde España, reforzó el reproche que antes le hizo a la vicepresidenta el ministro Martín Guzmán. A Guzmán le inquieta que Cristina fustigue la política económica actual reivindicando como exitosa la que ella ejecutó con Axel Kicillof, Hernán Lorenzino, Amado Boudou, Carlos Fernández y Martín Lousteau. El Presidente dejó correr la insinuación del ministro: la macroeconomía en crisis que dejó Cristina no es el mejor precedente para salir a criticar gestiones ajenas.

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Debates sin saldar

El balance sobre el desastre económico que legó Cristina no está saldado en el oficialismo. Nunca lo estuvo. Ella jamás admitió un debate sobre eso. Si el Frente de Todos fuese una coalición y no el rejunte que en verdad es, esta discusión estaría resuelta desde hace años, para bien del país. No seguiría impactando hasta las Paso, como cándidamente propone desde España Alberto Fernández. Y hasta podría encararse el debate de Guzmán contra Guzmán. Porque lo que hoy dice el ministro sobre el déficit fiscal y el saturnal de subsidios es lo opuesto a lo que él mismo hizo hasta que se asomó al abismo del default en el último enero.

Si Juntos por el Cambio tuviese, por su parte, la aceitada dinámica coalicional de la que tanto presume, también habría resuelto el balance de la gestión Macri. En la cena de la Fundación Libertad, aparecieron con claridad las diferencias irresueltas en el nudo más complejo del debate opositor: qué hizo con la política Mauricio Macri cuando tuvo que juntar fuerzas para corregir la pesada herencia de Cristina.

Ya durante su gestión, al expresidente le objetaron un error estratégico inicial: no sincerar la herencia recibida. Y otro después de su triunfo en las legislativas de 2017: encapsularse en su círculo aúlico, en lugar de ampliar la base de sustentación del gobierno, antes de que sobreviniese la crisis financiera de enero de 2018. En sus últimas intervenciones, Macri ha vuelto a endurecer su discurso. Cree que en 2023 hay que acentuar la distancia frente a todos los que tengan ataduras con el pasado.

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Horacio Rodríguez Larreta ofrece una versión distinta. La grieta puede ser funcional para el éxito de una coalición electoral. Pero, dada la gravedad de la crisis, una salida transformadora sólo se puede construir con una amplia coalición de gobierno, de la que excluye al kirchnerismo, pero sin prescindir de otros sectores más consensuales de una futura oposición. Salvo Rodríguez Larreta (que advierte con sensatez que hoy ya no hay margen social para divertimentos de comité), en Juntos para el Cambio piensan como Alberto Fernández: que estas diferencias deberían esperar para dirimirse en las Paso.

Puede ocurrir que antes el vecindario ofuscado descubra las mentiras de algún falso redentor en Kentucky. O que salga a buscar, urgido, las promesas paradisíacas de algún nuevo impostor.

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