El 4 de julio, la primera potencia mundial, Estados Unidos, celebró los 250 años de su fundación como país independiente.
El 6 de enero del 2021, Estados Unidos se miró al espejo y vio dos imágenes superpuestas. Una es el reflejo invertido de la otra: de un lado, millones de personas de color protestando contra el racismo policial y paralizando la capacidad de actuar del aparato del Estado por días; del otro, hombres blancos con la bandera confederada en mano forzando la detención de la designación de un nuevo presidente.
La primera potencia mundial mira detrás de sus hombros, hacia el pasado, buscando un espejo que le muestre algo más familiar, conocido, y no lo encuentra. Piensa sin duda que debe haber algo mal con el espejo, pues no quiere creer que esa sea su nueva imagen. Además: ¿qué espejo da dos reflejos que, insólitamente, son opuestos?

Las transformaciones de la realidad son a veces tan rápidas que las conciencias simplemente las pasan por alto. Hay una frase en jerga argentina que da cuenta de esa sensación perfectamente: “no caigo”. Pero, pasado un tiempo, la nueva realidad es costumbre y podemos verla frente a frente.
La imagen actual de los Estados Unidos es además un perfecto caleidoscopio de realidades tan diversas que pueden embotar hasta al cerebro más sagaz: es una mezcla de tiempos, de geografías y de personas verdaderamente novedoso.
Frente al Capitolio de Washington, en enero del 2021 sujetos de larga barba a la moda millenial llevan banderas confederadas y fascistas condensando en un mismo momento los siglos XXI, XX y XIX.
En el 2020 y el 2026, personas de color de las grandes urbes modernas se movilizan al estilo Panteras Negras junto a trabajadores inmigrantes latinos y jóvenes de clase media de conciencia posmoderna mezclando las décadas de los 60’ y los 2000, ponen en las calles juntos a los Estados Unidos de la lucha por los derechos civiles con las rebeliones latinoamericanas de los primeros años del siglo XXI. En ciudades como Minneapolis, el Tercer Mundo se moviliza en las calles del Primer Mundo.

Todo esto es contenido, sin embargo, debajo del paraguas de una vieja tradición: la de votar cada algunos años a funcionarios profesionales de edad avanzada creyendo que se está decidiendo. Ese eterno presente de la política norteamericana parecía ser de una vez y para siempre el futuro del país. Pero como ese futuro ya no es tan claro, ahora las miradas se dirigen a otros siglos, otras décadas, otros países, otros continentes, para buscar una nueva perspectiva. Esa es precisamente la fuente de toda esta nueva realidad: el presente ha dejado de ser aceptable, el futuro se convierte en algo incierto, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.
Estados Unidos se ha convertido en un Aleph político y social, en un punto en el que convergen todos los puntos. La primera potencia imperialista hace de los conflictos y contradicciones de todo el mundo una cosa propia, pues es el planeta entero el tablero de su juego. Y a la inversa, los conflictos y contradicciones de los Estados Unidos se convierten en los del mundo entero. La crisis de hegemonía norteamericana comienza a tomar formas más claras y acentuadas, abriendo el telón a una nueva obra que no puede no ser cada vez más y más diferente de la vieja.
Este país se convirtió en el gendarme del mundo sobre la base de una inmensa estabilidad interna, soldada con la legitimidad de la “democracia” y estándares de vida relativamente altos que parecían no tener otra perspectiva que seguir mejorando. Su rol como primera potencia fue también base de esa estabilidad. Ambos factores se retroalimentaron permanentemente a lo largo de siglo y medio. Cuando uno entraba en crisis, también lo hacía el otro: ahí está el caso de la Guerra de Vietnam para demostrarlo, cuando la derrota externa cocinó la crisis interna y viceversa. La crisis de hegemonía mundial se ha proyectado al interior de sus fronteras, y las imágenes bizarras de los ocupantes del Capitolio son la pintura de la decadencia histórica del imperialismo yanqui.
Por derecha y por izquierda, la calle ha condicionado la democracia burguesa norteamericana hasta puntos con pocos antecedentes. Cada gran crisis en su régimen político ha sido fruto del conflicto por el curso del país. La conformación misma de su democracia capitalista fue el paso de ser colonia a una nación moderna. La Guerra Civil la vio entrar en crisis en torno a qué tipo de nación moderna sería: una potencia industrial con proyecciones imperiales o un atrasado apéndice del concierto mundial con el latifundio y la esclavitud por base económica. La crisis actual está muy lejos de haber llegado a esos puntos dramáticos, pero todo indica que se está cocinando a fuego lento una disputa de esa trascendencia histórica.
Casi la mitad de los votantes de Trump desconocen la legitimidad de la elección que dio a Biden por vencedor. Se trata de un índice altamente significativo: hasta el más reaccionario de los gobiernos yanquis del último siglo y medio reconoció siempre y se subordinó a la institucionalidad democrática capitalista del país. Es parte necesaria del juego. Como dato sintomático, Trump es el primer presidente de la historia en no participar de la asunción de su sucesor desde que tomara posesión del cargo Abraham Lincoln.
Es conveniente no exagerar: la democracia burguesa de los Estados Unidos es la más robusta y estable de la historia. Pero tampoco hay que perder de vista los hechos: en enero del 2021, grupos proto-fascistas, cebados por el mismo presidente, se atrevieron a cuestionar la continuidad de esa democracia. En lo que fue un verdadero movimiento golpista, aunque débil y sin perspectivas de triunfo, se pudo ver a cielo abierto la apertura de una crisis histórica en Estados Unidos.
Las viejas formas de gobierno, las viejas instituciones, los viejos partidos, la democracia burguesa norteamericana misma no logra resolver su encrucijada histórica: de ahí su crisis.
We The People, “Nosotros el pueblo”: esa es la autoridad a la que apelan las primeras palabras de la Constitución de la república norteamericana. Cosa nueva, no había rey consagrado por la voluntad del dios cristiano en toda la carta magna.
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por el creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Con esas palabras se constituía ante el mundo la primera gran república burguesa de la era contemporánea. Habían hecho mucho más que las pequeñas repúblicas de las ciudades italianas y lo habían hecho a una escala infinitamente mayor, desafiando también al que fue el imperio geográficamente más grande de la historia humana (y el segundo más poderoso después de los propios Estados Unidos), al país que le dio forma definitiva al modo de producción capitalista, el Imperio Británico.

Ya antes de la independencia, la organización misma de los primeros colonos era la de la democracia primitiva de las sectas religiosas que huían de suelo inglés. Así lo analizó Alexis de Tocqueville, un clásico historiador liberal de la democracia norteamericana. Los primeros europeos en llegar vivían precariamente del suelo inexplorado, pero lo hacían con un vínculo orgánico con la Europa en auge, llevando consigo lo más avanzado de la técnica del momento, lo más dinámico de la población baja del viejo continente y (last but not least, por último, pero no menos importante) eran parte del naciente mercado mundial capitalista. Los colonos que trabajaban la tierra lo hacían primero para sobrevivir, luego también para comprar y vender. Eran parte de la clase social en ascenso en todo el mundo, la pequeña, mediana y gran burguesía. A su organización de clase primitiva se le superpuso la forma institucional feudal británica, bajo la autoridad de su rey y sus señores. Pero su base económica no era el feudo.
Desde el comienzo de su independencia con la guerra de 1776, en la historia del régimen político estadounidense se pueden distinguir tres grandes períodos. De 1776 a 1861, una etapa de conformación de la república misma, de expansión a costa de los pueblos nativos. De 1861 a 1914, la época de la Guerra Civil, la Reconstrucción, de consolidación de las fronteras y las décadas de hegemonía del partido republicano. De 1914 hasta hoy, la época de la república imperialista; con dos fases distintas: como una potencia más antes de 1945 y como la primera potencia mundial a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial. Este esquema no hay que entenderlo de manera demasiado rígida: luego de la guerra civil todavía pasarían unos años antes de que el país terminara de tomar forma definitiva territorialmente, bastante antes de 1914 los Estados Unidos ya habían invadido unos cuantos países, etc.
La república farmer-esclavista
Ya antes de la independencia, las condiciones geográficas del territorio de los primeros Estados que conformarían la futura nación dieron lugar a dos tipos de modelos de colonización y producción completamente diferentes.
En el norte, la abundancia de medios de trabajo, pero poca fertilidad del suelo, hicieron de esa zona una de pequeños granjeros que explotarían los recursos a su alcance de manera intensiva. Oleadas migratorias llegaron a lo largo de los siglos y fueron expandiendo el territorio de las colonias inglesas primero y de los Estados Unidos después en la medida en que los campesinos que huían de la pobreza en Europa hacían suya la tierra del Nuevo Continente. Mientras en el resto del continente la propiedad de la tierra era de un puñado de privilegiados, Estados Unidos se pobló entregando tierras a quienes pudieran conquistarlas y trabajarlas.
Mientras las democracias de las naciones latinoamericanas eran puramente oligárquicas, con un puñado de familias con tierras y derecho a votar; la república democrática norteamericana tuvo una gruesa base social en los farmers, los granjeros dueños de sus propias tierras. Eso no significa que el régimen republicano instaurado por los «Padres Fundadores» de Estados Unidos fuera democrático. Sus instituciones estuvieron pensadas desde el principio para garantizar la dominación de un grupo dominante, como explica Seth Ackerman:
Los últimos quince años de la política estadounidense no han hecho sino reforzar la afirmación aquí expuesta: la Constitución es, de hecho, «una carta magna para la plutocracia». Y ahora, en el 250 aniversario de la Declaración de Independencia, vemos a diario pruebas de su apresurada prescripción…
Así, de forma brillante y sutil, el sistema que construyeron hizo prácticamente imposible que el electorado lograra un cambio concertado en la política nacional mediante un acto colectivo de voluntad política. El Senado es una monstruosidad antidemocrática en la que el 84% de la población puede ser superada en votos por el 16% que vive en los estados más pequeños. La aprobación de una ley requiere el consentimiento simultáneo de tres entidades distintas —la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado— a las que se les niega deliberadamente a los votantes la oportunidad de elegir al mismo tiempo, y dos tercios de los miembros del Senado permanecen en sus puestos después de cada elección. El ilógico Colegio Electoral centra toda la contienda de las elecciones presidenciales en unos pocos estados indecisos determinados casi al azar que, casualmente, tienen un número equilibrado de demócratas y republicanos. Y todo el sistema está congelado en el tiempo por un proceso de enmienda de una complejidad casi cómica. Mientras que Francia puede modificar su constitución en cualquier momento con una votación de tres quintas partes de su Congreso, y Gran Bretaña pudo recientemente convocar un referéndum sobre el voto preferencial con una simple mayoría parlamentaria, una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos requiere el consentimiento de no menos de treinta y nueve legislaturas diferentes, que comprenden aproximadamente setenta y ocho cámaras elegidas por separado.
Los campesinos europeos tuvieron que hacer revoluciones y decapitar reyes para poder tener tierras. En Estados Unidos, debían cazar pieles rojas. No es un dato menor para entender las tradiciones políticas tan diferentes de este país respecto a otros.
La creciente diferenciación social de los farmers y pequeños comerciantes con el desarrollo económico del norte, así como la expansión de los negocios de la burguesía comercial de las ciudades, dio lugar al surgimiento de su primera burguesía industrial. El capitalismo que haría de los Estados Unidos la potencia económica más avanzada e influyente del planeta surgió en sus estados del norte, no en todo su territorio.
En contraste, el sur fue mucho más parecido a las repúblicas oligárquicas latinoamericanas. Las condiciones naturales dieron base a la explotación de la gran propiedad del suelo con mano de obra esclava traída de África.

Dueños de esclavos y prósperos comerciantes del sur, particularmente del Estado de Virginia, serían los primeros presidentes y líderes políticos de los Estados Unidos: notoriamente los dos personajes que dominarían su vida política en sus primeras décadas, George Washington y Thomas Jefferson. “Todos los hombres son creados iguales” habían escrito en su Declaración de Independencia.
A pesar de sus contrastes, norte y sur eran una unidad económica, social y cultural muy sólida. Sus contradicciones necesitarían casi un siglo de acumulación para estallar.
Los primeros conflictos partidarios se darían en torno a las atribuciones de poder del gobierno federal (es decir, el gobierno central en Washington DC) y los Estados. La unidad del nuevo país no se había dado en torno a la imposición de la hegemonía de una parte sobre el resto (como Buenos Aires sobre Argentina) sino sobre Estados con mucho poder propio y una relativa independencia muy grande. De ese carácter efectivamente federal es que surgen instituciones como el Colegio Electoral; en la votación presidencial no cuenta todo el país como una unidad política sino como una sumatoria de Estados.
El Partido Federal de Washington sería el primero en gobernar el país para luego ser definitivamente derrotado y desaparecer para siempre de la escena política. El partido defensor de la soberanía de los Estados respecto del gobierno central, el partido demócrata-republicano de Thomas Jefferson, tendría a lo largo de las primeras décadas del siglo XIX una hegemonía política tan indiscutible que la república norteamericana fue de hecho una democracia burguesa de partido único por unos cuantos años.
Luego, surgió el Partido Demócrata de una ruptura del demócrata-republicano y se convertiría en la organización política del status quo previo a la Guerra Civil. En él, había un cada vez más inestable régimen de convivencia entre los Estados libres del norte (de mayoría farmer) y los Estados esclavistas del sur.
En sus primeros años, en rasgos generales los grandes comerciantes y los dueños de plantaciones serían la cúspide dirigente de la república, mientras que los granjeros eran su gruesa base, que le daba estabilidad y legitimidad. Esa base se iría ampliando más y más con la llegada de nuevas olas migratorias de europeos escapando de la miseria que conquistaron tierras para sí mismos y para el nuevo país, expandiéndolo hacia el oeste. Esa «expansión» fue, por supuesto, a costa de la destrucción completa de las culturas de los pueblos nativos. La brutalidad de la historia del «Destino Manifiesto», la ocupación de tierras y el genocidio fueron un modelo para seguir tanto para Hitler (cuyo programa del Lebensraum estaba directamente inspirado por Estados Unidos) como para el sionismo.
El contraste entre ricos y pobres blancos era todavía uno poco desarrollado, no era aún una contradicción entre clases sociales antagónicas. La expansión del país, el crecimiento de su poderío, eran intereses comunes entre burgueses grandes y pequeños, pues implicaba para ambos nuevas tierras y expansión de los negocios. Esos sólidos intereses comunes eran los que permitían la existencia de la democracia, de la que estaban excluidos los negros (y, por supuesto, las mujeres). Respecto de la democracia estadounidense se puede decir que es una mutilada, limitada, falsa por basarse en la esclavitud. Todo eso es cierto, pero lo es parcialmente. Porque la esencia misma de ese régimen es que es, ante todo y desde su origen, una democracia burguesa, con una históricamente fuerte estratificación social. Tal es la fuente de todos sus alcances y todos sus límites.
La Guerra de Secesión, la Reconstrucción y el Estado
Mientras el norte se modernizaba y se convertía en una de las zonas de acumulación capitalista más pujantes del mundo, el sur permanecía estancado dependiendo de una producción de baja tecnificación basada en la esclavitud. Del fermento farmer del norte fue creciendo una nueva clase social dominante completamente diferenciada, una poderosa burguesía industrial. A la par de ella, crecieron capas cercanas de profesionales vinculados a los negocios -técnicos, abogados, etc- que junto a la burguesía propiamente dicha constituyeron un nuevo cuerpo social de políticos. A su vez, las tierras para repartir se fueron agotando. Muchos granjeros y las nuevas olas de inmigrantes comenzaban a constituir un creciente proletariado. La expansión hacia el oeste ya comenzaba a limitarse más y más.
Algo similar sucedía en el sur. Las plantaciones de algodón eran la principal fuente de materias primas de la industria textil inglesa, por lo que su demanda crecía a la par del capitalismo británico. Los esclavistas también buscaban expandirse.
El norte ya no podía crecer si no era a costa del sur. El país acumulaba pólvora en sus alforjas mientras hacía malabarismos con fuego.
La burguesía del norte avanzaba al amparo del Estado de la Unión, que financiaba sus proyectos de infraestructura (emblemáticamente, los ferrocarriles) con los aranceles sobre las exportaciones del sur. Los granjeros temían por sus tierras frente a los latifundistas del sur. Ciudades como Nueva York y Chicago eran ya centros de producción capitalistas en el sentido plenamente moderno y que, también cosmopolitas, se alimentaban de las ideas más avanzadas del mundo.
Así, en el norte se fue consolidando a lo largo de décadas un cada vez más fuerte movimiento abolicionista de la esclavitud. Al principio, unos pocos heroicos protagonistas creaban redes de escape de los esclavos del sur y trataban también de expulsar incursiones de los sureños para devolver a la esclavitud a quienes huían.
Los eventos de Kansas Sangrante (1854-1861) fueron un punto de inflexión para el que ya no hubo vuelta atrás. En ese nuevo constituido estado se puso a votación si iba a tratarse de uno libre o esclavista. Colonos del norte y del sur se desplazaron para votar y las tensiones estallaron en enfrentamientos armados, que culminaron en el triunfo norteño. Las formas de la democracia no podían resolver este agudo conflicto, que era uno de clases. Este antagonismo sólo se podía resolver con los métodos de la guerra civil, por lo que algunos autores califican agudamente como la segunda revolución americana.
El punto de no retorno para los sureños fue la conformación del Partido Republicano y su triunfo en las elecciones presidenciales con la candidatura del notorio abolicionista moderado Abraham Lincoln. Los republicanos, en contraste con lo que son hoy en día, eran el partido de la abolición de la esclavitud, representantes de la burguesía de las grandes ciudades modernas y cosmopolitas, los portaestandartes de la expansión del capitalismo más avanzado contra los intereses del sur. Si bien no pretendían abolir la esclavitud de un día para el otro, los Estados del sur se anticiparon al peligro y decidieron secesionarse de la Unión y conformar un país propio: la Confederación. Era la primera vez que una insurrección inscribía en sus banderas la infame consigna de la esclavitud.
Si bien las formas institucionales de la vieja república siguieron intactas a lo largo de toda la Guerra de Secesión (1861-1865), sus métodos estuvieron muy lejos de ser los de la democracia: la voluntad de vencer se imponía por la fuerza de las armas, no votando; la prensa confederada fue sistemáticamente anulada; los simpatizantes de los secesionistas a menudo eran apresados o incluso cubiertos de brea y plumas para hacerlos desfilar por las calles, etc.

Así también fue a lo largo de los años siguientes a la guerra, en la etapa conocida como la Reconstrucción (1865-1877). El gobierno central republicano sostuvo una ocupación militar de años sobre el sur, impuso derechos políticos para los negros e incluso los hizo votar como funcionarios en algunos lugares, etc. En los primeros años, la fuerza armada republicana (con miles de personas de color en armas como parte de ella), impuso una profunda transformación de las relaciones sociales del sur y erradicó definitivamente la esclavitud.
Para que hubiera un consenso democrático restablecido entre las clases dominantes del norte y del sur fue necesario un nuevo equilibrio en los años posteriores al periodo de la Reconstrucción. Los negros fueron liberados, pero no se les hizo entrega de las tierras que habían trabajado por generaciones, y emigraron mayoritariamente hacia las costas o las grandes ciudades, o fueron en gran medida sujetos a nuevas formas de servidumbre. Los dueños de esclavos se fueron transformando en burgueses modernos; los republicanos cedieron nuevamente su poder a los demócratas del sur y la clase a la que representaban, a la vez que muchas de las transformaciones de la época de la Reconstrucción se fueron desvaneciendo, como los derechos políticos para los negros. En ese contexto es que surgirían las llamadas leyes Jim Crow de segregación y discriminación de Estado contra los negros. También fue entonces que las bandas de blancos resentidos por su derrota conformaron las milicias y grupos racistas como el KKK.
Entre las últimas décadas del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial, con la expansión capitalista acelerada, a la cabeza del aparato del Estado se ubican dos inmensos conglomerados políticos que todo lo abarcan, todo lo dominan, todo lo dirigen: nadie desde entonces volverá a lograr cuestionar seriamente el derecho a gobernar de los partidos Demócrata y Republicano. Al menos no hasta ahora.
Hasta las décadas posteriores a la guerra civil, el aparato de Estado, su burocracia y sus fuerzas armadas tenían aún una presencia bastante débil en buena parte del territorio. Hay que imaginarse una organización estatal como lo presentan las películas del Western, con algunos sheriff electos por los pequeños pueblos con pocos nexos con el aparato central de justicia y gobierno. La unidad nacional era ante todo una económica, soldada con los tendidos ferroviarios.
La época posterior a la Reconstrucción y la ocupación militar de los Estados del sur, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, es el período de la extensión universal del aparato de Estado, que alcanza hasta el más recóndito rincón de ese inmenso país. El cuerpo de funcionarios, ejército y policía que todo lo domina y subyuga se hace omnipotente. Cada orden judicial es un clavo en el ataúd de la democracia de los farmers, cada juramento de toma del cargo de un policía profesional es su canto fúnebre.
El campo se tecnifica, las pequeñas granjas se convierten en unidades económicas crecientemente capitalistas. Los farmers como tales van desapareciendo. En la zona de las Planicies, se transforman en burgueses ricos que explotan fuerza de trabajo asalariada o se ven obligados a venderse a sí mismos como obreros agrícolas a la par que siguen trabajando sus tierras. En las regiones del viejo Noreste, pierden sus propiedades y se van mudando más y más a las ciudades para buscar empleo asalariado. La diferenciación social de los granjeros, antes fluida y en constante transformación, se va cristalizando en clases sociales contemporáneas con sus correspondientes antagonismos.
En las grandes y cosmopolitas de las costas este y oeste (más otras del interior no profundo, como Chicago), la gente entra en contacto con el pensamiento avanzado europeo, con los inmigrantes recién llegados. Surgen las primeras organizaciones obreras. El final de la esclavitud le abre paso al antagonismo de clase propio de nuestra época: la burguesía y el proletariado. La democracia estadounidense necesita crearse una nueva base de apoyo, de legitimidad histórica. Con la gran burguesía por cabeza, ya no tiene como pies a los granjeros propietarios sino a la nueva clase obrera y la muy diversa pequeña burguesía moderna. Su lucha por la hegemonía mundial, por la explotación del resto el planeta, la consumación de ese objetivo, le permitirían crearse esa nueva base. El desarrollo sin igual de su industria sería su principal arma de guerra hacia la conquista del mundo.
La era marcada por la tensión entre las conquistas revolucionarias de la Reconstrucción y el revanchismo blanco del sur fue el de la expansión capitalista sin precedentes, y del primer auge del movimiento obrero moderno. En 1869 fue fundada la organización obrera radical Knights of Labour, así como anarquistas y socialistas. En 1886, en Chicago, fue la huelga del Primero de Mayo y los Mártires de Chicago, la Rebelión de Haymarket, que inauguraría la celebración del Día Internacional de los Trabajadores.

En el interior profundo del país, se da un fenómeno cultural bastante diferente. La población blanca encuentra nuevas ocupaciones: son mineros, camioneros, petroleros, obreros agrícolas. Se trata de viejos granjeros analfabetos, ejércitos de capataces que vivían de darle latigazos a los negros, etc. Allí, proliferan las sectas religiosas y el pensamiento más cavernícola, racista, ignorante, atrasado, en medio de un mar de desarrollo moderno. Los red neck son el personaje típico de los estados del viejo sur; un estereotipo extraño, pues es uno con sólidos fundamentos en la vida real.
Con la abolición de la esclavitud, los negros del sur parecían navegar en la barca de Caronte en sentido inverso, saliendo del inframundo para ver finalmente la luz del día. Incluso hubo momentos de revancha social con la ocupación militar unionista, con negros impuestos como autoridad política a sus viejos dueños. Pero a los pocos años había quedado claro que la puerta de salida de un círculo del infierno había sido la entrada a otro. Eran mayoritariamente explotados de manera brutal ahora como obreros agrarios y como arrendatarios. Los linchamientos eran cosa cotidiana. Sus nuevas generaciones se desplazarían en masa a algunas ciudades de las costas en las que se desarrollaría de ahora en más su cultura urbana.
Con todas esas contradicciones, la burguesía yanqui logró finalmente hacer del país una potencia capitalista plenamente formada. Ahora, podían comenzar a mirar más ampliamente, extendiendo sus intereses hacia el resto del mundo. Es entonces que los Estados Unidos se convierten en una potencia imperialista.
Los democracia imperialista y sus partidos
No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en los EE.UU. Aquí cada uno de los dos grandes partidos que se alternan en el Poder está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con los escaños de las asambleas legislativas de la Unión y de los distintos Estados Federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa. Es sabido que los estadounidenses llevan treinta años esforzándose por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente en los EE.UU. donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente estaba destinado a ser un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente — fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los indios –, ni burocracia con cargos permanentes y derecho a jubilación. Y, sin embargo, en los EE.UU. nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del Poder estatal y lo explotan por los medios más corruptos y para los fines más corruptos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes consorcios de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.
Engels, Prólogo a La Guerra Civil en Francia
Es casi imposible resumir satisfactoriamente la larga y compleja historia de Estados Unidos del siglo XX. Nos detendremos, como venimos haciendo, en los hechos fundamentales de su régimen político, la democracia burguesa más estable y robusta del mundo.
Ya en los primeros años del siglo pasado, todos los índices económicos del país habían hecho de él uno de los primeros en el mundo, compitiendo de igual a igual (y muchas veces superando) con los imperios coloniales de Inglaterra, Francia y Alemania. Lo había hecho sobre la base de su inmenso territorio y población, dirigida por una burguesía pujante. El capitalismo industrial europeo se había expandido sobre todo el mundo imponiendo sus mercancías en todos los continentes, el de Estados Unidos lo había hecho en gran medida con un fuerte mercado y consumo interno. Las grandes masas pequeño burguesas relativamente acomodadas (aunque hacia esos años en rápida decadencia) eran los principales consumidores de los productos de las ciudades.
Los trabajadores asalariados y los negros eran aún una parte relativamente pequeña de la población (aunque en rápido crecimiento) y podían ser satisfactoriamente excluidos de la democracia burguesa con mil y un maniobras que se siguen utilizando hoy en día en cada fecha electoral. No era en torno a ellos que se había constituido la democracia norteamericana, como hemos visto más arriba. La clase social que está en el poder es la que le da forma a las instituciones políticas, las democráticas incluidas, para garantizar su dominación.

La burguesía industrial y comercial que hacía negocios sobre todo en el propio mercado del país era la dirección fundamental del Estado a través de sus agencias políticas demócratas y republicanas. En los últimos años del siglo XIX, la pujanza del capitalismo yanqui había dado lugar a inmensas empresas que comenzaban a constituir verdaderos monopolios. Éstos, a falta de un mercado mundial a su disposición completa, crecían a costa de otras alas de la propia burguesía. El Estado yanqui era todavía el de un imperialismo en plena formación, por lo que representaba más al grueso de la burguesía que a sus primeros conglomerados que darían lugar a sus multinacionales. Así, un gobierno republicano como el de Theodore Roosevelt llegó a aprobar leyes “antimonopólicas” para ponerles un freno a las inmensas empresas que devoraban a las medianas y las pequeñas. Estas leyes, por supuesto, fracasaron miserablemente y familias como los Rockefeller ejercían un poder real bastante más efectivo que un papel con sello parlamentario que les decía qué podían y no podían hacer.
Este conflicto no se resolvió con ninguna ley: el hundimiento de Europa con la Primera Guerra Mundial le abrió de par en par el mercado mundial a las empresas chicas (que pasarían a ser grandes), medianas (que pasarían a ser enormes) y grandes (que pasarían a ser gigantes). Estados Unidos pasó de ser deudor de Europa a su acreedor. Y las deudas de Europa para su reconstrucción eran usadas para comprar mercancías producidas en el norte del continente americano. Con cuantiosos intereses, el viejo continente financió un nuevo salto en la expansión industrial, comercial y financiera de lo Estados Unidos. Además, los europeos todavía contaban con inmensos imperios coloniales, a los que también llenaron de dólares y mercancías norteamericanas. Una calle de Nueva York, conocida como Wall Street, dirigió los circuitos de los préstamos que inundaron los cinco continentes y se convirtió en sede de la principal bolsa del mundo, con largos tentáculos alcanzando todos los rincones del globo.
Los intermediarios entre los gobiernos europeos y las empresas estadounidenses, los gestores de los acuerdos y los préstamos, eran los funcionarios políticos demócratas y republicanos. Pocas veces antes (sino jamás), partido político alguno había contado con tanto poder efectivo. Diplomáticos, gobernadores, senadores y representantes se sentaban a la mesa de negociaciones con reyes y duques sabiendo que eran la persona más poderosa del salón. Europa lo había hecho en nombre del rey y la civilización; Estados Unidos se lanzaba a la conquista y sometimiento del mundo en nombre de la democracia y la libertad.
Con semejante espacio para los negocios y las ganancias extraordinarias, el capitalismo norteamericano dio un nuevo salto que transformó también su constitución interna. La clase obrera crecía a su sombra, una parte de ella con condiciones de trabajo y de vida más elevadas que sus pares europeos. Algunos sindicatos alcanzaban conquistas casi sin conflictos (los patrones podían darse esos lujos) y comportándose como agencias directas de las empresas. La AFL se convirtió en la primera central sindical abiertamente reaccionaria del planeta, con una organización interna lisa y llanamente gangsteril que también hacía sus propios negocios. En suelo americano había nacido el oportunismo más perfecto del mundo, según palabras de León Trotsky. A la par de la gran industria, creció un cuerpo de técnicos y profesionales masivo que podía aspirar a más y mejores comodidades por ser parte de la explotación del mundo. A la sombra de las grandes empresas, la pequeña burguesía y sus negocios iban cada vez mejor. Había tomado su forma definitiva el “Sueño Americano”: la ideología de la superioridad de los Estados Unidos sobre todo lo demás, lo que le dio una nueva y vigorosa base social al régimen de la democracia burguesa.
Este “Sueño” se sostuvo a lo largo del siglo XX (junto con la hegemonía imperial yanqui) con una breve pero brutal interrupción: la crisis de los 30’ que siguió al crack del 29’. La caída de las bolsas en Nueva York se convirtió en un derrumbe de la economía mundial. Era la primera vez que Estados Unidos hacía de su propia crisis una de todo el mundo.

En Europa y buena parte del mundo, el capitalismo ya no podía garantizar las condiciones más mínimas de subsistencia a las masas. El “consenso” democrático burgués se rompía, las clases sociales ya no podían convivir en paz. Inglaterra mantuvo su democracia en pie porque aún sostenía su dictadura con mano de hierro sobre sus colonias, a las que expoliaba sin piedad. Francia vio temblar su propio régimen, salvado por la política de conciliación de clases del estalinismo y la socialdemocracia. Alemania vio nacer el régimen nazi.
En Estados Unidos, en esa década se rompió la hegemonía del Partido Republicano sostenida de manera casi ininterrumpida desde los tiempos de Lincoln. El gobierno había optado por no intervenir frente a la crisis más grave de la historia de su economía, sosteniendo dogmáticamente contra toda prueba las doctrinas del liberalismo clásico. Esa decisión selló su destino y fue un punto de inflexión en las relaciones entre los partidos del régimen y las clases subalternas.
Los trabajadores vieron sus salarios y conquistas escurrirse entre sus dedos como nunca antes. Millones de ellos se habían convertido en nuevos desocupados, habitando las calles de las ciudades sin otra perspectiva que el hundimiento en la desesperación. Se le dio la estocada final a la pequeña propiedad farmer: millones de ellos no pudieron pagar sus deudas y fueron echados de sus tierras por los bancos y se dedicaron a recorrer el país para engrosar las estadísticas de los hambrientos. Brotaron como de la nada barrios enteros, ciudades enteras en los costados de suelo sobrante, en los parques, en las calles, habitados por indigentes sin comida y sin hogar, apenas con un pedazo de tela sobre sus cabezas. En esas condiciones, no podía darse un imponente rebrote de la lucha de clases en el país que creía tener el privilegio de saltarse por encima de la historia. Grandes huelgas dieron lugar a la conformación de la CIO (Congress of Industrial Organisations), una nueva central sindical combativa en abierta ruptura con los sindicatos reaccionarios de la AFL.

En ese marco es que, con el triunfo en las elecciones de Franklin Delano Roosevelt, el Partido Demócrata se recupera definitivamente y toma una nueva forma. Allí comenzaron los cambios de las interrelaciones entre republicanos y demócratas. Éstos eran los representantes del ala “conservadora” del bipartidismo yanqui y fue entonces que comenzó su transformación en el partido “progresista” actual.
El gobierno de Roosevelt lanzó el New Deal, un inmenso proyecto de intervención económica estatal y de obras de infraestructura que constituyó una masiva anticipación del Estado de Bienestar europeo de las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos podía darse ese lujo gracias a la posición conquistada en el concierto mundial. Si bien la crisis continuó, con todas sus consecuencias, el plan demócrata logró ser un paliativo efectivo para millones. Respecto a las organizaciones obreras, tuvieron una política de conciliación y cooptación efectivo, que logró poner bajo su tutela a activistas, intelectuales progresistas, personalidades en general preocupados por la cuestión social, trabajadores. El progresismo y el movimiento obrero organizado (su burocracia en particular) serían desde entonces demócratas. Sosteniendo entonces su base conservadora en el sur (sobre la que los republicanos no podían aún ganar ningún peso), ganaron una nueva que era potencialmente díscola e incluso revolucionaria. A través del Partido Demócrata, la democracia norteamericana se había ganado una nueva base.
En esas condiciones es que se lanzaron a la intervención en la Segunda Guerra Mundial, de la que saldrían consagrados como la primera potencia del mundo capitalista ya sin nadie que le pudiera hacer sombra. Se sucederían los llamados “30 Gloriosos”, las tres décadas de crecimiento de la economía capitalista más importantes de su historia, que coincidieron con la política del “Estado de Bienestar” en todo el mundo occidental: el Estado capitalista intervendría en todos lados para mejorar las condiciones de vida de las masas trabajadoras y evitar así nuevas revoluciones socialistas.
La burocracia de la URSS abandona la lucha de clases hasta en el relato y se lanza a la “competencia entre sistemas” y la “coexistencia pacífica”, tratando de imponerse demostrando superioridad técnica y económica en vez de constituir una perspectiva de emancipación como había intentado la Revolución Rusa. Las nuevas revoluciones caerían mayoritariamente bajo la órbita moscovita y seguirían esa perspectiva. Son los años de la “Guerra Fría”.
Para ese entonces, las amplias mayorías de los Estados Unidos están ganadas para la ideología del imperialismo “democrático”, que aceptaba y apoyaba la brutal política exterior intervencionista y la represión interna despiadada. En la imaginación colectiva popular estadounidense, el “comunismo” no era ya una cuestión de clase contra clase, sino de país contra país: el propio contra el ajeno. En ese clima político es que Joseph McCarthy lanza la “cacería de brujas” que pasó a la historia como el “macartismo”: la ola de persecución represiva anticomunista que marcó a todo el régimen político estadounidense en los 50’.
El ascenso de la lucha de clases de los 60’ significaría una nueva crisis y un nuevo giro. El movimiento por los derechos civiles, contra las políticas de Estado racistas, cobrarían un inmenso impulso en las calles. También lo haría la lucha contra la Guerra de Vietnam. Luego de décadas de represión y linchamientos, surgen grandes organizaciones y referentes de los afroamericanos contra la segregación.

La campaña electoral de 1964 tendría un inmenso impacto en la conformación política y social de los dos partidos del régimen. Continuando con la tradición de concesiones/cooptación de Roosevelt, la candidatura demócrata de Lyndon Johnson se lanza con la abolición de la segregación por bandera. En contraste, la candidatura republicana es conquistada por el ultra conservador, autodenominado “libertario”, Barry Goldwater. En nombre de la “libertad” de personas y empresas de ser racistas, defendiendo los “derechos” de los Estados a implementar sus propias leyes de segregación sin la intervención del autoritario gobierno central, impulsó la continuidad del racismo de Estado. En apoyo a su candidatura es que el actor Ronald Reagan se convertiría en una figura prominente del Partido Republicano. La elección es ganada de manera aplastante por los demócratas que, contradictoriamente, pierden por primera vez con los republicanos sus baluartes del sur. Los demócratas conservadores del sur rompen y conforman su propio partido, que tendrá poca trascendencia. Así quedó consolidado el mapa electoral norte/sur tal como lo es hoy.
Hay que aclarar que la dirección de los republicanos no es orgánicamente la vieja burguesía del sur. Sus votantes cavernícolas herederos políticos de los viejos esclavistas (ex dueños, capataces, simples comerciantes que veían a los negros con desprecio) fueron encuadrados por el partido que les había quitado sus esclavos, pero su dirección central expresa sectores de la alta burguesía y los funcionarios de Estado vinculados a ella, son una continuidad social de una parte de la burguesía del norte y la surgida y enriquecida después de la guerra civil. La transformación del Partido Republicano como tal (con excepciones en los propios estados sureños) fue más ideológica/electoral que social y de clase. Este detalle es importante porque el “trumpismo” podría estar significando un cambio al respecto, uno histórico.

Luego de aplastar a las organizaciones revolucionarias de afroamericanos, de asesinar a Martin Luther King, Malcolm X y decenas de líderes más, el régimen coopta a muchos de los dirigentes de la lucha contra la segregación convirtiéndolos en funcionarios demócratas. El racismo sistémico continuaría, pero las organizaciones independientes de las personas de color dejaron de existir por largas décadas para convertirse en una nueva rueda del carro democrático imperialista. Así, la democracia estadounidense terminó de encuadrar en sus márgenes, que coinciden con los de su bipartidismo, hasta a la última expresión de la “sociedad civil”, la más oprimida de todas. En los 70’ es que comienza también a tener un peso demográfico y laboral cada vez mayor la población latina, que se convertiría en una franja cada vez más importante del proletariado yanqui.
Dominan el aparato del Estado de pies a cabeza. Dirigen maquinarias electorales inmensas, campañas multimillonarias que los convierte en los únicos capaces de llegar a todos lados. Se suelen garantizar la mayoría en algunos estados por la simple tradición y por las maniobras que les permite hacer gobernarlos. Manejan fondos multimillonarios donados por la burguesía más rica del planeta para que defiendan sus intereses, que muchas veces son los mismos de manera directa. Dirigen directa o indirectamente (con el apoyo de una u otra ala de la burguesía) todos los organismos de la “sociedad civil”: sindicatos, iglesias, medios de comunicación, etc. Cuando hay alguna “disidencia” de alguna envergadura entre las capas bajas de la sociedad, la encuadran a través de sus elecciones internas (por derecha, los republicanos; por izquierda, los demócratas), que tienen el peso propio de las elecciones mismas. El bipartidismo republicano y demócrata es para la década de los 70’ una de las más perfectas expresiones históricas de lo que Gramsci llamó “hegemonía”.
En los 80’, con el ascenso de Ronald Reagan y la caída del Muro de Berlín, se abre una nueva etapa histórica, la era neoliberal y el Consenso de Washington.







