“No hay Estado, pero sobra gente” se dijo los primeros días después del terremoto en Venezuela. El pueblo trabajador se había organizado para salvar vidas, y también para poder recuperar los cuerpos. Y después para tratar de organizar la vida de los que quedaron sin hogar. La respuesta ante el desastre fue la auto-organización, mientras el gobierno, su ejército, se mantuvo inerte por 72 horas. La solidaridad fue inmensa ante la incapacidad e indiferencia del Estado. Los bomberos, por ejemplo, no tenían máquinas, ni material, ni transporte para cumplir sus funciones.

El Estado desmantelado mostró su debilidad, su incapacidad, durante la catástrofe. Y el pueblo demostró su capacidad para organizarse en la tragedia, a pesar de años de hambre, de empleos precarios con salarios bajísimos, de un desempleo generalizado que Venezuela nunca había conocido. La clase trabajadores ha sido constantemente atacada, debilitada por el chavismo. Sus organizaciones, ya sean sindicatos o partidos, casi completamente destruidos.

Ya son virales los testimonios de la desidia, la perversidad, el burocratismo y hasta el odio contra el pueblo, de parte de las fuerzas armadas, la policía y las demás instituciones del poder.

Los trabajadores, aún más atacados por los patronos

Se escuchan por todos lados los testimonios del carácter inhumano de este sistema capitalista, que no tiene piedad por nadie, ni en los momentos de catástrofe. Muchos trabajadores que se habían organizado para ayudar a las víctimas han debido ya retornar a sus trabajos precarios, a su ganarse el pan “día a día”, laborando como delivery, con las aplicaciones de reparto en moto, con la venta ambulante, o reparando autos en cualquier espacio en la calle.

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Los empleados de un supermercado renunciaron masivamente porque el patrón los obligaba a trabajar en un edificio dañado por el terremoto. Otros tuvieron que ir a trabajar con mucho miedo de que las construcciones cayeran. Los patronos se han negado a pagar los días posteriores a la catástrofe, cuando no había transporte público, y no se podía aun establecer que edificios fueran seguros.

Los comerciantes venden cada día más caros los productos de primera necesidad tanto en bolívares como en dólares. El bolívar cae más rápidamente frente al dólar. Ya nadie espera nada de la tutela de Trump, seis meses después del secuestro de Maduro. La vida es mucho más cara hoy que el año pasado, mucho peor para la gran mayoría que vive de un salario miserable, y eso ya se vivía antes del terremoto.

Pocos son los que tienen confianza en este régimen tutelado. Todo el pueblo trabajador sabe de la corrupción inmensa de este gobierno. Muchos consideran que es codicia, inmoralidad o la consecuencia de la Venezuela que vivía del petróleo, donde el más vivo saca la mejor tajada.

Es una idea común creer que puede existir un gobierno capitalista honesto. Aunque el caso venezolano del chavismo-madurismo aparece como un caso extremo de despilfarro y expoliación de los recursos naturales, no es una excepción. El capitalismo lleva en sí la corrupción desde sus inicios, y sigue siendo es necesaria para su desarrollo y mantenimiento.  Aunque a lo largo de la historia los burgueses se hayan visto obligados a establecer leyes para limitarla cuando puede amenazar su estabilidad.

El imperialismo juega a las expectativas electorales

Es posible que el gobierno retome un poco el control ayudado por el imperialismo. Rumores sobre “junta de gobierno”, “gobierno tecnocrático”, etc, surgen después del terremoto. Marco Rubio impuso una reunión entre la oposición de derecha y el “rodrigato”, los jefes de gobierno, Delcy y su hermano Jorge Rodríguez.

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La presidente interina Delcy Rodriguez, según la Constitución, debería haber llamado hace un mes a elecciones presidenciales. Ya Trump de había negado a permitir elecciones. La renacida conciencia y organización colectiva da miedo al gobierno y al imperialismo trumpista. Han tratado de retomar el control y la represión, después de días de parálisis. Todo el pueblo vio cómo actúa un Estado que odia al pueblo, sobre todo si son trabajadores y pobres. El gobierno títere ha perdido aún más credibilidad y se lo ve débil. Por eso, Marco Rubio propulsó la reunión en Madrid con los representantes de la derecha burguesa.

Esa “apertura” crea cierta expectativa, porque podrían desembocar en un llamado a elecciones que la población ve como necesarias. Sin embargo, lamentablemente solo la derecha burguesa aparece como alternativa electoral en estos momentos. Está dividida en dos sectores, pro o contra María Corina Machado, la proimperialista rastrera y violentamente clasista burguesa.

Un sector del chavismo se manifiesta contra el imperialismo y la “colaboración” que pretende ofrecer el sionismo, poniéndose en clara oposición al gobierno. Incluso llamaron a movilizar a las plazas del país. En Caracas, algunos cientos quemaron una bandera yanqui y de Israel y las fotos de Trump y Netanyahu. En Barquisimeto, la policía impidió que quemaran esas banderas. Este sector pide el retorno de Maduro, que representa para ellos cierta resistencia al imperialismo. Pero este “bonaparte” ya había cedido ante Trump, sobre todo con respecto a la explotación del petróleo, pese a que no haya aceptado la desposesión de las minas de oro y otros minerales, que eran privilegio de los generales del ejército. ¡Este sector radical chavista aun habla de socialismo y comunismo, como un legado de Chávez!

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Es necesario una alternativa de izquierda anticapitalista que explique por qué Chávez nunca fue socialista. Que solo pronunció esa palabra, cuando la utilizaba, para engañar mientras creaba una nueva burguesía, que arrasó con las riquezas del país durante 29 años. «Socialismo o Barbarie» sigue siendo una frase perfectamente actual para Venezuela. Y las elecciones democráticas son imposibles si estamos aplastados por la bota del imperialismo.

“Solo el pueblo salva al pueblo”, es la frase que se repite. A pesar de los ataques del madurismo contra los trabajadores y el pueblo, el hambre, la represión, de que el chavismo impidió toda auto-organización democrática, la situación creó las condiciones para que surgiera de nuevo la iniciativa colectiva.

La ruptura de la normalidad ha sido desigual, según el número de víctimas y la destrucción en cada lugar. Pero el repudio, la desconfianza y el odio hacia el gobierno son generales. Vecinos y familiares de las víctimas han aparecido con la cara descubierta, sin miedo a la represión, sobre todo en las redes, denunciando la inacción del gobierno, el ejército, la policía… La catástrofe tuvo una consecuencia positiva, se perdió el miedo.

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