Fines de 1982, comienzos de 1983. La Guerra de Malvinas había hecho estallar el rock argentino en las radios. No sólo era la música, sino los programas que pasaban rock y que estaban cambiando el lenguaje, la forma de comunicarnos, las expectativas de nuestras vidas. El rock argentino había llegado para ser la música de la democracia que estaba cerca, a vuelta de página, de la página más oscura de nuestra historia. En esos días, incorporé una costumbre: escuchar todas la noches 9 PM, el programa nocturno de Radio del Plata que conducían la Negra Vernaci y Lalo Mir y que los sábados se convertía en Sábado PM.

Fue en ese programa donde escuché por primera vez a Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, una banda que aún no tenía disco sino unas versiones demos en casetes que 9 PM pasaba todo el tiempo. Pocos temas (“Un tal Brigitte Bardot”, “Nene nena” y dos o tres más), pero suficientes para que surgiera un amor a primera escucha. ¿Quiénes eran estos tipos que sonaban distinto a todo, que cantaban letras extrañísimas y que transmitían una energía única, poderosa? Los adolescentes de esos años éramos cazadores de música. Teníamos preparado un casete virgen en punta en el radiograbador, listo para ponerlo en el momento en que pasaban la canción que queríamos atrapar. Así guardábamos nuestros temas favoritos, así grabé en un TDK los temas de los Redondos antes de que apareciera Gulp. La vida (o sea, la idea de que ya éramos adultos) comenzó para muchos de nosotros con esas canciones.

Me resulta imposible escribir sobre el Indio Solari sin hacerlo en primera persona. Pero, como ocurre en otras pocas veces, esa experiencia personal es parte de una historia colectiva. Lo que me ha ocurrido a mí con el Indio en estos cuarenta y pico de años es lo mismo que les pasó a muchos, a la gente de mi generación y a los que vinieron después.

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Me llevó un tiempo descubrir (no había internet, recordemos) que Patricio Rey no existía. Skay Beilinson sonaba a músico yanqui e Indio Solari me remitía al mundo futbolero. Pero los dos eran Patricio Rey, nuestros Lennon-McCartney, con ese mismo talento desbordante y con los mismos desencuentros.

Los Redondos colmaron nuestra imaginación a medida que crecía el mito: no aparecían en televisión, no estaban en empresas discográficas conocidas, no era fácil saber mucho de ellos. Recuerdo una crónica de esos primeros años en Humor Registrado o en El Porteño, que describía un recital de los Redondos en La Plata como un acto contracultural (es decir, político), con los monólogos de Enrique Syms y la presencia musical de las Bay biscuits, la banda rockera de mujeres que integraban Fabiana Cantilo, Vivi Tellas e Isabel de Sebastián, entre otras (las mismas que luego harían coros en “Superlógico”).

Si Skay era el músico virtuoso, capaz de sacar magia de las cuerdas de su guitarra, el Indio siempre fue el poeta, el demiurgo, el oficiante de un rito que crecía con cada una de sus interpretaciones. Le devolvió a la palabra el poder mágico que siempre buscan los poetas y las religiones. Ese rito que se convirtió en misa ricotera, en la misa laica del Indio con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

El Indio está. Estuvo siempre. En los primeros amores, en los primeros desengaños, en las largas horas de estudio en la escuela o en la facultad, en el walkman yendo a trabajar, en noches felices en Obras o en el Satisfaction de Constitución junto a Pablo, Fabio, Luis o Marcelo; al palo en el auto del viejo, en los casetes de sus conciertos piratas, en los cumpleaños, en los casamientos, incluso era la música que nos acompañaba en los momentos difíciles, la que nos podía traer un poco de paz en medio de la zozobra. Siempre el Indio sonando, su voz única, los versos que nos sabemos de memoria. Esa increíble sensación de que entendíamos perfectamente cada uno de sus versos. Esa auténtica comunión musical entre un artista extraordinario y su público.

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Siempre me resultó admirable que el Indio haya podido navegar la vida sin dejarse arrastrar por los cantos de sirena del éxito. No solo se mantuvo al margen de los mercaderes del mundo musical, de las tapas de las revistas del espectáculo, del cotilleo que todo lo ensucia, sino que fue capaz de tomar posiciones políticas sin especulaciones ni intentando sacar algún tipo de ventaja. De familia peronista, no ocultó su apoyo al kirchnerismo y su rechazo a las posiciones de derecha, como el macrismo o los libertarios, y a la complicidad de los periodistas a sueldo de esos sectores. Aunque definirlo como peronista es limitar a un tipo que realmente era, en un sentido más general, de izquierda y antiliberal. Y si bien defendió claramente sus posiciones políticas, siempre fue un francotirador, un rebelde que no necesitaba mostrarse como tal, un rockero que puso su energía en vivir más que en escandalizar.

Además, agrego con la alegría de compartirlo, era bostero y riquelmista. Pero podría haber sido de cualquier otro club, porque sus opiniones y sus gustos nunca lo limitaron sino que lo mostraron en toda su humanidad. Hinchaba por Boca, pero no necesitaba mostrarse con la camiseta, ni siquiera necesitaba estar en la Bombonera todos los domingos de partido. Sabía que ser bostero, como ser ricotero, pasa más por el espíritu que por sus manifestaciones sociales.

Tal vez haya sido su poesía oscura y deslumbrante a la vez, tal vez por ese ánimo contracultural de no dejarse arrastrar por el éxito y haber mantenido una carrera por fuera de los circuitos comerciales más complacientes, el Indio construyó algo más que una carrera musical exitosa. Supo construir una comunidad. A todos nos gusta tal o cual artista, pero disfrutar del Indio, de los Redondos, de su etapa solista, era también sentirse parte de una sociedad. Nos reconocíamos, nos reconocemos. Somos los que escuchamos, los que cantamos, bailamos, hacemos pogo en “Ji ji ji”, los que peregrinaron a lugares lejanos para oírlos, los que nos quedamos escuchando una playlist que no se termina nunca en nuestro corazones.

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¿Se puede llorar a alguien que uno no conoce personalmente, ni forma parte de nuestra vida íntima, cotidiana? La respuesta la dio el Diego hace casi seis años. El Indio tiene mucho de maradoniano en lo que despierta en todos nosotros. Lo lloramos como a Maradona, porque los dos fueron parte de nuestras vidas, porque con ellos crecimos y nos convertimos en lo que somos. Ese llanto, que es la forma más rápida y natural que nos surge como agradecimiento.

Sergio Olguín
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