Yemen vuelve a quedar al borde del abismo. Una nueva escalada de violencia está dejando miles de víctimas y desplazados, mientras un sistema sanitario ya debilitado se acerca al «punto de ruptura» y la crisis comienza a proyectarse más allá de sus fronteras, con Arabia Saudí, Pakistán y Türkiye cada vez más implicados en la respuesta regional.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó este martes una nueva alerta sobre la situación en el país. La intensificación de los combates está sometiendo a hospitales y servicios esenciales a una presión creciente, al mismo tiempo que miles de familias vuelven a abandonar sus hogares en busca de un lugar seguro.
Desde el 6 de agosto, la OMS contabiliza 4.481 víctimas, entre ellas 838 muertos, según los datos del Ministerio de Salud con sede en Adén, en el sur de Yemen. La cifra refleja el coste humano de una escalada que, lejos de limitarse a los frentes de combate, está golpeando a una población que lleva más de una década atrapada en una crisis política, militar y humanitaria.
Para comprender por qué lo que ocurre en Yemen tiene también una dimensión regional, hay que mirar primero su posición en el mapa. El país ocupa el extremo suroccidental de la península Arábiga, frente al Cuerno de África y junto a una de las principales rutas marítimas que conectan el océano Índico con el mar Rojo. En ese punto se encuentra el estrecho de Bab Al-Mandeb, frente a la costa suroccidental de Yemen y entre el país y Yibuti y Eritrea, una vía estratégica para el comercio internacional.
Pero la importancia geográfica de Yemen se suma a una realidad interna profundamente fragmentada. El país se encuentra dividido de facto entre distintas fuerzas. Los hutíes, un movimiento armado originario del norte y respaldado por Irán, controlan Saná, la capital, y amplias zonas del norte y el oeste. Frente a ellos se encuentran las fuerzas del Gobierno reconocido internacionalmente y otras formaciones armadas, mientras Arabia Saudí ha intervenido militarmente en apoyo del Gobierno.
Ahora, los combates vuelven a ganar intensidad y se extienden por zonas de la costa del mar Rojo y el sur del país. Lahj, una gobernación situada al norte de Adén y próxima al estrecho de Bab Al-Mandeb, concentra actualmente la mayor carga de víctimas, especialmente en Al-Madharibah wa Ras Al-Arah y las zonas costeras cercanas.
Miles de familias vuelven a huir
La violencia no solo se mide en víctimas. También se cuenta en familias que abandonan sus casas, en comunidades que reciben a nuevos desplazados y en ciudades que ven aumentar rápidamente su población. La OMS calcula que más de 180.500 personas han tenido que abandonar sus hogares en diez gobernaciones, mientras más de 3.600 yemeníes han cruzado hacia Yibuti desde el 10 de septiembre. Casi la mitad de quienes han llegado son niños.
El éxodo se ha acelerado especialmente durante la última semana. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) contabilizó casi 16.000 nuevos desplazados debido al deterioro de la seguridad en la costa occidental y el sur de Yemen.
Taiz, en el suroeste del país, concentra la mayor cantidad de desplazados, con 81.444 personas, más de la mitad del total registrado por la OIM y unas 8.000 más que la semana anterior. La ciudad y su gobernación se encuentran entre las zonas más afectadas por la violencia y se han convertido también en uno de los principales lugares de acogida para quienes escapan de los combates.
Adén, principal ciudad portuaria del sur de Yemen y sede del Gobierno reconocido internacionalmente, ha experimentado además el aumento semanal más pronunciado, con 3.510 nuevos desplazados, alrededor de un 40 % más que la semana anterior.
«Cada semana contamos miles de personas más que lo han dejado todo atrás», señaló el jefe de misión de la OIM en Yemen, Abdusattor Esoev. «Detrás de estas cifras hay padres que intentan mantener a sus hijos a salvo, personas mayores que no pueden viajar muy lejos y familias que ya tenían muy poco».
Un sistema sanitario al límite
Mientras miles de familias buscan refugio, los hospitales y centros médicos afrontan una presión cada vez mayor. La OMS ha identificado nueve instalaciones sanitarias o activos médicos dañados, fuera de servicio, cerrados o directamente atacados en Taiz, Lahj y Al Hodeidah, una de las principales ciudades portuarias de la costa occidental de Yemen.
La situación también está obligando a los centros médicos a elegir entre atender las necesidades habituales de la población y responder a la llegada de heridos por los combates. En Marib, en el centro-este del país, y Ras Al-Arah, en la zona costera del suroeste, se ha suspendido la atención obstétrica y neonatal de emergencia en dos hospitales porque el personal y la capacidad disponible han tenido que ser destinados a atender a las víctimas de la violencia.
Y es que el sistema sanitario ya se encontraba debilitado antes de esta nueva escalada. Solo alrededor del 60% de las instalaciones sanitarias de Yemen estaban plenamente operativas, lo que deja a millones de personas con un acceso limitado a servicios médicos básicos justo cuando aumentan las necesidades de emergencia.
A esta presión se suma una serie de brotes de enfermedades. Desde comienzos de año se han registrado más de 22.000 casos sospechosos de sarampión y 128 muertes, además de 7.784 casos sospechosos de cólera o diarrea acuosa aguda y 9.604 casos sospechosos de dengue.
La capacidad para responder también está condicionada por la falta de financiación. La OMS ha conseguido hasta ahora solo 2 millones de los 9 millones de dólares que necesita para hacer frente a la emergencia. En su almacén de Adén ya se han agotado los kits para atender traumatismos y los medicamentos esenciales.
«Necesitan ayuda ahora y nuestra respuesta tiene que avanzar tan rápido como ellos», advirtió Esoev, quien también reclamó protección para civiles y trabajadores humanitarios y un acceso seguro y sin obstáculos a las zonas afectadas.






