Hace poco menos de un año atrás, Donald Trump anunciaba la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, la conocida ahora como «Doctrina Donroe». La novedad era el retorno explícito a la Doctrina Monroe, una confesión de las intenciones de injerencia imperialista sobre el Hemisferio Occidental y, especialmente, sobre Latinoamérica. Con la famosa frase «América para los americanos» quiso decir explícitamente «América (toda) para los (norte)americanos».
En cuestión de meses, Trump acumuló intervenciones de distinto tipo sobre la región. Los intentos de alinear a los gobiernos y regímenes políticos de la región con la orientación del imperialismo norteamericano son constantes y cotidianos, bajo diversas formas y métodos. El viraje hacia un imperialismo re-territorializado plantea peligros para la región, a la vez que actualiza los debates clásicos sobre el derecho a la autodeterminación nacional, el antiimperialismo y las perspectivas anticapitalistas.
De Monroe a Trump
La semana pasada, el Departamento de Estado a cargo de Marco Rubio publicó un llamativo video. En él el embajador estadounidense en Panamá, Kevin Marino Cabrera, recorre los 200 años que separan la redacción original de la llamada Doctrina Monroe y su reapropiación por parte de Donald Trump en su segundo mandato. Su contenido es un desarrollo brutalmente honesto de la doctrina Trump para la política exterior estadounidense.
El video es de todo menos normal, en términos de lo que la diplomacia burguesa supo ser durante las últimas décadas. Hasta hace no tanto tiempo, no era normal que un embajador difunda públicamente la predisposición de su Estado a intervenir militar, económica y políticamente sobre la región. Cabrera es, además, embajador justamente en Panamá, uno de los países que atrajeron las obsesiones territoriales de Trump apenas asumido su segundo mandato.
Es cierto que la Doctrina Monroe se convirtió, a lo largo de dos siglos, en parte de la tradición ideológica para la política exterior del imperialismo estadounidense. También es cierto que, durante esos dos siglos, la doctrina fue reinterpretada, reescrita y reutilizada infinitas veces, en función de los distintos contextos y orientaciones del Estado y la burguesía yanqui. Estados Unidos (su sociedad, su Estado y su configuración imperialista ante el resto del continente y del planeta) no fue el mismo en la primera mitad del siglo XX (con Monroe), en el XX ni en este convulso siglo XXI.
La apropiación trumpista de la Doctrina Monroe es una nueva reinterpretación y reescritura. El gesto discursivo es claro: tomar un elemento de la tradición imperialista estadounidense y plantearlo como un imperativo universal para legitimar la orientación de Trump. Lo más curioso es lo alevoso del gesto. En el video difundido por el Departamento de Estado, Cabrera explicita una lectura de desplazamiento histórico en el sentido de la doctrina: desde una posición supuestamente defensiva en su redacción original hacia lecturas ofensivas (de intervencionismo territorial) durante el siglo XX y una suerte de ofensiva 2.0 con Trump. Es un relato evolutivo en el cual la orientación yanqui se eleva del condicionamiento (la defensa o limitación ante las potencias europeas) hacia el voluntarismo omnipotente (la idea de que la primacía estadounidense ya no podrá siquiera ser “cuestionada”).
La lectura trumpista es, obviamente, sesgada y deformante. Ni la política estadounidense fue simplemente defensiva durante la época de Monroe, ni la de Trump es incondicionada o pura ofensiva. La reescritura trumpista de la Doctrina Monroe es una respuesta agresiva a la decadencia del imperialismo estadounidense en tanto líder unilateral del orden internacional en crisis.
Dos siglos de la Doctrina Monroe
La Doctrina Monroe nació en un discurso pronunciado por el quinto presidente de los Estados Unidos ante el Congreso en diciembre de 1823. Allí, Monroe dijo que cualquier intento de potencias europeas por intervenir en los Estados americanos “con el propósito de oprimirlos o controlar de cualquier otra manera su destino” configuraría una agresión hacia la seguridad nacional de Estados Unidos.
El contexto era el de la progresiva descolonización de América. Estados Unidos había declarado la independencia casi 50 años atrás. Durante la década anterior se habían sucedido las desvinculaciones de las colonias españolas. La declaración de Monroe fue parte de un pacto con la Corona Británica para evitar incursiones de otras potencias europeas en América.
La pérdida de una enorme masa de colonias debilitaba la posición de Ia corona española, con saldo positivo para el imperialismo británico. El saldo fue bastante positivo para Inglaterra. En los años posteriores, fortaleció su presencia en el continente con la ocupación de las Islas Malvinas (1833) y el reforzamiento de sus posiciones coloniales en el Caribe. La Doctrina Monroe no se activó antes estas incursiones de potencias europeas sobre las naciones independientes de América.
Estados Unidos no era de todavía la potencia imperialista que el mundo conoció llegado el siglo XX. Para eso harían falta décadas de acumulación capitalista y reorganización interna del Estado yanqui, con la Guerra de Secesión y la Reconstrucción de por medio. Pero no hizo falta tanto tiempo para ver las primeras muestras del expansionismo territorial estadounidense.
En la década de 1840, bajo la presidencia de James Polk, Estados Unidos invadió México. El conflicto terminaría con la anexión del 55% del territorio mexicano en 1848. Como compensación, Estados Unidos pagó la humilde suma de 15 millones de dólares. Ya pasada la Guerra Civil, el presidente Rutherford Hayes formuló lecturas más expansivas de la Doctrina al definir al Caribe como zona de influencia exclusiva de Estados Unidos. Reunificado el país, la burguesía estadounidense estaba en condiciones de lanzarse a la competencia directa.
Un nuevo reescritor de la Doctrina Monroe fue Theodore Roosevelt. En 1904 dijo en un discurso dirigido al parlamento yanqui: “la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe (basada en la frase «América para los americanos») puede obligar a los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional”. La idea de EEUU como policía internacional refleja la construcción de su dominio sobre la región, convirtiendo a Latinoamérica en su “patio trasero”.
Bajo el período McKinsley – Roosevelt, Estados Unidos vence a España en la guerra por Cuba e introduce en la Constitución de la isla la famosa Enmienda Platt. Este agregado daba a Estados Unidos el derecho unilateral a la intervención militar para “resguardar la independencia cubana” y establecía la cesión de territorio para la construcción de bases como luego fue Guantánamo. En lo concreto, convertía a Cuba en un protectorado estadounidense.
Las primeras décadas de siglo XX van acompañadas por una serie de interminables intervenciones militares sobre Latinoamérica: Puerto Rico, Honduras, Venezuela, República Dominicana, Haití, Nicaragua. Son los años en los que Estados Unidos amplía definitivamente su hinterland, su “espacio vital” en tanto Estado imperialista. La ampliación del dominio territorial (bajo una amplia gama de modalidades, desde la ocupación directa hasta la imposición de distintos gobiernos títeres condicionados militarmente) le dio al imperialismo yanqui una amplia masa de recursos para explotar bajo prerrogativas de exclusividad.
La historia del imperialismo estadounidense tiene muchas originalidades por tratarse de un territorio que nace de la ruptura del dominio colonial. Pero la construcción de su «espacio vital» y su zona de influencia exclusiva es característica del imperialismo territorializado que marcó la época. Para construirlo se sirvió de los retrocesos en el dominio de los imperios coloniales anteriores. El problema de delimitar los «espacios vitales» de cada potencia cruzaría los conflictos inter-imperialistas del siglo XX. No casualmente, el desarrollo territorial estadounidense sería una inspiración para el ideario hitleriano del Lebensraum, que reclamaba el este de Europa como “espacio vital” para el imperialismo racista alemán.
El relato trumpista reivindica, justamente, ese recorrido de expansión territorial. El video difundido por el Departamento de Estado reivindica la aplicación rooseveltiana de la Doctrina Monroe. “Roosevelt intervino, y asentó que si cualquier nación latinoamericana cayera en el caos y la inestabilidad, Estados Unidos daría un paso al frente para administrar”, dice Cabrera. También menciona a Richard Olney, funcionario con preeminencia durante la década de 1890, que escaló desde fiscal general a Secretario de Estado. Según Cabrera, Olney “redefinió la doctrina, ya no era sólo una advertencia, ahora era un reclamo de primacía regional”. Olney redactó en 1895 lo que luego denominaron el Corolario Olney a la Doctrina Monroe. En una carta al primer ministro británico decía que “en la actualidad Estados Unidos es prácticamente soberano de este continente y sus órdenes son ley para los súbditos a los que limita su intervención. ¿Por qué? No es por la amistad pura o la buena voluntad que sientan por él […]. Es porque, además de todas las otras razones, sus infinitos recursos unidos a su posición aislada hacen que domine la situación y que sea prácticamente invulnerable contra las demás potencias”.
El Destino Manifiesto y los mitos de origen del imperialismo yanqui
Las constantes reinterpretaciones de la Doctrina Monroe marcan el desarrollo ascendente del imperialismo yanqui. Lo cual no significa que el proyecto expansionista haya sido un agregado posterior a una Doctrina inicialmente defensiva o de “advertencia”, como señala Cabrera.
El expansionismo estuvo inscripto tempranamente en la identidad de la nueva potencia. La idea de la prerrogativa a poseer un espacio vital para su expansión exclusiva remite al relato ideológico del llamado destino manifiesto. Se le dió este nombre a la idea de que la unión de Estados norteamericanos tenía un derecho natural, una prerrogativa divina a expandirse territorialmente sin otro límite que el de su propia capacidad militar y económica.
Este mito de origen del imperialismo estadounidense se construyó sobre tradiciones del pensamiento puritano de los primeros colonos británicos que llegaron a la costa este del continente. A lo largo de sus primeros cien años de existencia como Estado independiente, la burguesía estadounidense se sirvió de este ideario para construir el relato justificatorio del proyecto imperialista naciente. Está presente durante toda la historia expansionista del nuevo Estado, aún antes de que fuera capaz de disputar con las potencias europeas.
La primera gran empresa expansionista no fue frente a potencias europeas ni contra los jóvenes estados latinoamericanos, sino los pobladores originarios de Norteamérica. El destino manifiesto fue canonizado en la cultura oficial estadounidense como relato de la expansión de la frontera hacia el oeste.
Desde su nacimiento, el imperialismo estadounidene es imperialista hacia afuera y hacia adentro. Antes de extender su influencia hacia el Caribe, se ocupó de controlar el territorio por todo lo ancho de Norteamérica. Y en la época en que extendió su influencia al sur se ocupó de disciplinar internamente a la joven clase obrera. No casualmente, el mismo Richard Olney que agregó un Corolario intervencionista a la Doctrina Monroe fue protagonista, en los años inmediatamente anteriores, de la persecución contra el movimiento huelguístico en el interior del país y del proceso contra Eugene Debs.
El primer año de la Doctrina Donroe
Entre otros hitos de la Doctrina Monroe, Cabrera reivindica la construcción del Canal de Panamá como una obra heroica del imperialismo yanqui. Repasa la invocación de la Doctrina por parte de Kennedy durante la Crisis de los Misiles de 1962 y de Reagan en relación a la Revolución Sandinista en Nicaragua, “argumentando que las amenazas ideológicas requerían la misma respuesta que las militares”. Esta última frase del embajador, glosando a Reagan, es cien por ciento trumpista. Presentar toda oposición por izquierda al imperialismo y el capitalismo como amenazas a la seguridad nacional es un procedimiento habitual de la gestión Trump, como cuando señala a la militancia de extrema izquierda como la mayor amenaza terrorista de la actualidad. El recurso es habitual aunque no exclusivo de la extrema derecha contemporánea, como demuestra la larga lista de precedentes reivindicados por el Departamento de Estado.
El Corolario Trump a la Doctrina Monroe es uno marcado por el cambio de etapa. En el siglo XIX, la Doctrina Monroe sirvió a la transformación de los Estados Unidos en la principal potencia del continente, base necesaria para ser en el siglo siguiente una potencia imperialista. Durante la posguerra, fue un arma de control político e ideológico sobre Latinoamérica, no sólo mediante la intervención directa sino también por medio del apoyo político a dictaduras pro – imperialistas en la región. En el siglo XXI, la versión trumpista de la Doctrina Monroe responde a la necesidad de frenar el atraso de EEUU en la competencia internacional con China.
Ya al momento de publicarse la última Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca quedó claro que su principal foco era la relación y distribución de influencias con el imperialismo en construcción chino. “La estrategia del Gobierno de Trump también describe un enfoque doble hacia China, impulsando la contención de la influencia global de Beijing, a la vez que preserva los lazos económicos y mantiene la situación actual en Taiwán, afirmando que ‘prevenir un conflicto por Taiwán, idealmente preservando la superioridad militar, es una prioridad’”. La lógica de dicho movimiento es diferir los enfrentamientos directos con China y reafirmar el dominio exclusivo de Estados Unidos sobre su propio patrio trasero para llegar fortalecido a futuros choques.
El movimiento es, respecto al principal competidor internacional, más defensivo que ofensivo. Lo dejó en claro el propio Trump al señalar que el objetivo es blindar lo propio antes que arriesgarse a disputar las zonas de influencia de otras potencias. “Bajo nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional”, decía Trump en diciembre del 2025, “la dominación americana [de Estados Unidos] sobre el Hemisferio Occidental nunca será cuestionada de nuevo”.
Lo cierto es que, durante su segundo mandato, Trump está llevando adelante una ofensiva sobre Latinoamérica. La misma se traduce en un intervencionismo permanente que combina medios políticos, diplomáticos, económicos y militares. Todas sus acciones en la región persiguen la misma serie de objetivos: inclinar los desarrollos político – electorales hacia candidatos y gobiernos alineados al trumpismo (es decir, extremo derechistas con voluntad cipaya) y condicionar la gestión de los negocios capitalistas en favor de la primacía exclusiva de los intereses yanquis en la región.
Desafiando con frecuencia los modales y convenciones de la diplomacia capitalista de las últimas décadas, Trump orienta su actividad sobre Latinoamérica hacia la acumulación de recursos y posiciones estratégicas. Lo novedoso y disruptivo en sus métodos es la apelación a los movimientos extra-económicos y extra-legales para cumplir esos objetivos. El caso más claro y resonante es el de Venezuela. Pero todas sus intervenciones remiten (en una u otra medida y con diferencias país por país) a esa orientación general. La versión trumpista de la Doctrina Monroe es propia de la nueva etapa histórica de crisis, guerras, barbarie y promesas de revolución. Lleva la marca del retorno al imperialismo territorializado y al capitalismo finito, de la desposesión y la polarización. Sus métodos de acumulación primitiva ponen en primer plano, una vez más, los problemas de la autodeterminación nacional, el antiimperialismo y el anticapitalismo.
De la tutela al bloqueo
La intervención sobre Venezuela en enero de este año marcó un antes y un después en la gestión Trump. El bombardeo de un país de la región seguido por el secuestro extrajudicial no tiene precedentes en las últimas tres décadas. Todo el accionar de Trump alrededor de la cuestión Venezuela (desde el inicio de la ocupación del Caribe por la flota yanqui) exuda una discrecionalidad brutal, abierta e impune.
La violación de la soberanía venezolana no se limitó al secuestro de Maduro. La intervención del 3 de enero abrió paso a una nueva situación en el país sudamericano, virtualmente convertido en un protectorado estadounidense bajo el gobierno formal del régimen descabezado, con Delcy Rodriguez a la cabeza. Trump y el Departamento de Estado de Marco Rubio no sólo digitan cotidianamente la política de Rodriguez, sino que controlan directamente el petróleo venezolano, la principal (por no decir única) fuente de ingreso de divisas al país. La reconfiguración del régimen venezolano bajo la tutela de Trump habilita las condiciones necesarias para la saqueo de los recursos nacionales. Un claro ejemplo fue la reforma exprés de la Ley de Hidrocarburos en la Asamblea Nacional para habilitar la actividad de las petroleras estadounidenses y reducir la retención de ganancias por parte del Estado venezolano. Algunos cálculos señalan que actualmente Scott Bessent gestiona el destino del 83% de los ingresos del Estado venezolano.
La intervención sobre Venezuela está íntimamente ligada a otro objetivo de Estados Unidos en la región: Cuba. Pocos días después de bombardear Caracas y secuestrar a Maduro, Trump impuso un bloqueo petrolero contra la isla. Vale mencionar que la inmensa mayoría (casi la totalidad) del crudo que ingresa a Cubaera, hasta enero pasado, petróleo venezolano. El efecto fue inmediato. El bloqueo desató una crisis energética aguda, dejando a la enorme mayoría de la población cubana sin suministro eléctrico estable. Ya en la previa del bloqueo, la gestión Trump impuso sanciones económicas contra unas 40 empresas, instituciones y organismos estatales cubanos.
Trump sugirió en repetidas oportunidades que consideraba la posibilidad de intervenir militarmente sobre Cuba. “Cuba es la siguiente” dijo el ultraderechista en marzo. Sin embargo, es el propio Marco Rubio quien parece negar esa posibilidad en el futuro inmediato. En los últimos días declaró que la apuesta del gobierno Trump para Cuba es la de un desgaste lento y definitivo del régimen cubano, motorizado por el bloqueo y las sanciones aplicadas a una economía raquítica producto, también, de la planificación burocrática del PC cubano.
Aquí resaltan dos elementos. Primero: es evidente que el altísimo grado de decadencia económica en la isla podría no requerir una intervención militar directa para quebrar al régimen cubano u obligarlo a doblegarse a las exigencias de Trump, quien inició negociaciones no públicas con el gobierno de Díaz Canel. Segundo: que la población cubana esté harta de la realidad que vive bajo el régimen burocrático no significa que acepte o vea con buenos ojos una intervención militar estadounidense. La independencia nacional de Cuba es una conquista de la revolución de 1959, valorada por toda la población. La historia de opresión colonial de Estados Unidos sobre la isla demasiado larga. Que Rubio no se incline por una intervención militar directa quizá sea de los mayores elementos de racionalidad demostrados por el trumpismo. Aún en las condiciones de pauperización de la vida cotidiana actuales, una incursión directa podría despertar reacciones populares en la isla.
El actual bloqueo es una muestra más de que la intervención yanqui sobre Cuba solo puede traer miseria y sumisión colonial para la población trabajadora, como lo hizo en el pasado. Cualquier perspectiva democrática y de reconstrucción de la economía cubana puede llegar solo mediante la movilización y organización de la clase trabajadora cubana, la única interesada en preservar la autonomía nacional del país y en poner los recursos nacionales al servicio de la mayoría social bajo un criterio de verdadera racionalidad.
Finanzas, aranceles e influencias
Cuba y Venezuela son los dos casos más claros de intervención trumpista sobre la región. En el primero de ellos, Trump optó por el bloqueo de un bien estratégico y crucial para las necesidades más básicas de la población, sumiendo al país en el caos. En el segundo caso apeló a la intervención militar directa, un precedente altamente reaccionario y peligroso.
Pero no son los únicos ejemplos de la aplicación de la Doctrina Donroe en esta segunda presidencia trumpista. En realidad, los ejemplos son innumerables si se toma en cuenta el amplio abanico de recursos (económicos, arancelarios, financieros, diplomáticos, político – ideológicos) desplegados por Trump y Marco Rubio para influir en el desarrollo político de los Estados latinoamericanos.
Si no fuera por el precedente material que sienta la agresión contra Venezuela, podrían dejarse de lado la interminable serie de amenazas esgrimidas contra Estados y gobernantes. Fue el caso de las amenazas de Trump de invadir Panamá para tomar control absoluto del canal, lanzadas apenas asumida la presidencia por el ultraderechista. También, más cerca en el tiempo, las amenazas contra el gobierno de Petro con las narco-excusas ya utilizadas en el caso venezolano. Todos los gestos diplomáticos (si puede conservarse este término para las prácticas trumpistas) fueron característicos de la llamada diplomacia de facción. Trump buscó por todos los medios influenciar los desarrollos políticos internos de cada país que eligió como objetivo de interés.
Dos casos importantes (y, en cierto sentido, reflejos) son Brasil y Argentina. Desde el inicio de su mandato, Trump libra una cruzada contra Brasil en un intento de afectar las perspectivas electorales de Lula da Silva. Sin apelar, obviamente, al uso de la fuerza militar (Brasil no es Venezuela ni Cuba), Trump instrumentalizó los aranceles arbitrarios para presionar a Lula y defender a su aliado golpista Jair Bolsonaro.
El caso argentino fue inverso. Trump intervino financieramente días antes de las elecciones parlamentarias de 2025 para frenar la corrida cambiaria contra el peso, estabilizar al gobierno de Milei y evitar una derrota que habría sido dura para el principal aliado del trumpismo en la región. El carácter imperialista de la intervención fue evidente y doble. Trump dejó claro a la población argentina que el salvataje financiero dependía de la victoria de Milei en las legislativas. Y, además, realizó la inyección de dólares garantizándose un retorno jugoso a las arcas del Tesoro estadounidense.
Al mismo tiempo, la jugada permitió a los grandes capitales multinacionales fugar sus divisas al exterior en medio de la corrida. “El salvataje servirá para que los grandes fondos de inversión norteamericanos que están «atrapados» en la deuda argentina puedan escapar maximizando ganancias. ¿Cómo? Vendiendo sus posiciones en deuda argentina mientras Bessent sostiene los valores de los bonos y la cotización de divisas inyectando dólares en el mercado local. Un negocio descomunal de quema de divisas que, conceptualmente, configura una nueva transferencia de valor desde las arcas argentinas y los bolsillos de los trabajadores del país hacia los bolsillos de un puñado de especuladores financieros. En criollo: preparan una fuga masiva de capitales con más endeudamiento argentino.”
No hace falta leer entre líneas para darse cuenta de que el salvataje no es una muestra de amistad gratuita, sino un condicionamiento financiero concreto sobre el gobierno argentino. Una muestra ilustrativa fue la declaración del embajador yanqui en argentina, Peter Lamelas, que pocos días atrás dijo que revocará las visas de los empresarios argentinos que hagan negocios con capitales chinos. Lo dijo luego de que trascendieran aprietes directos desde la Embajada estadounidense contra una cooperativa neuquina ligada a Vaca Muerta. Durante los últimos meses, la gestión trumpista ya se venía ocupando de introducir cláusulas anti – China en los proyectos de privatización del gobierno mileísta. Un caso testigo fue el de la Hidrovía Paraná. Esta semana trascendieron condiciones similares en la privatización del ferrocarril Belgrano Cargas.
Las elecciones, la extrema derecha y el antiimperialismo anticapitalista
Es evidente para todo el planeta que la intervención y el tutelaje sobre Venezuela expresa un fortalecimiento concreto del control estadounidense sobre la región. En el mismo sentido operan, en el plano estrictamente político, la llegada al poder de gobierno alineados geopolítica e ideológicamente con Trump. No se trata sólo de Milei sino también, por ejemplo, de Kast en Chile y De la Espriella en Colombia. Son gobiernos que reúnen, a un tiempo, una amplia voluntad de sumisión cipaya frente a Trump y un alineamiento ideológico con la ola de formaciones de extrema derecha que se multiplican internacionalmente. También Paz en Bolivia y Noboa en Ecuador son aliados expresos de Trump en la región.
Sin embargo, el aire favorable a Trump en las últimas rondas electorales no está libre de contradicciones. Milei atraviesa uno de sus peores momentos (si no el peor) desde el inicio de su mandato. Paz convive desde hace meses con movilizaciones populares y un repudio masivo a su programa de gobierno. De la Espriella comenzó a empantanarse menos de veinticuatro horas después de asumir la presidencia, al demostrar su absoluta negligencia para controlar una emergencia nacional como la ocasionada por los terremotos que sacudieron Colombia.
Y la serie de resultados favorables a Trump podría cortarse si las próximas elecciones en Brasil concretan una derrota del bolsonarismo, como lo anticipan las últimas encuestas. Una derrota de la extrema derecha en el país más importante de Latinoamérica podría configurar un contrapeso relativo, al menos en términos electorales, a las aspiraciones trumpistas y a la serie de victorias derechistas en la región. Aún así, es evidente que la victoria de Lula, en sí misma, no promete ninguna superación a los problemas que el trumpismo y su Doctrina Monroe 2.0 plantean a los trabajadores de Brasil y de la región.
Si bien es evidente que Lula aparece como la figura más opositora a Trump entre los gobiernos de la region, en ningún momento planteó ninguna vía de desafío o enfrentamiento directo con el imperialismo yanqui. Y, más allá de la figura de Trump como tal, el problema que subyace a la existencia de la extrema derecha internacional y al retorno de los imperialismos territorializados es la crisis del orden capitalista imperante durante las últimas décadas. La extrema derecha y el intervencionismo trumpista son productos de un capitalismo global que ya no alcanza para todos, abriendo la vía a la competencia entre potencias por el reparto de recursos y territorios finitos.
Y no se trata únicamente de una crisis geopolítica, en el orden de las relaciones entre Estados. Es una crisis que nace de la estructura clasista de la sociedad capitalista en todo el planeta. Los sufrimientos que atraviesa la población trabajadora en los países dependientes y semi – coloniales no la enfrenta sólo a las potencias interventoras. Los primeros lugartenientes de los intereses imperialsitas son las burguesías nacionales de los países dependientes. No sólo por su colaboración con el imperialismo estadounidense, sino por su propio accionar explotador y expoliador ante la clase trabajadora.
Los casos brasileño y argentino dan ejemplos del problema.
Las últimas semanas abrieron la discusión sobre el antiimperialismo en Argentina, tras el episodio mundialista frente a Inglaterra y el debate de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada impulsada por Milei. En el primer caso, el justo reclamo por las Malvinas plantea la necesidad de delimitación respecto a las posiciones nacionalistas burguesas, desde la variante peronista que pretendió legitimarse “levantando las banderas de Malvinas (a la vez que garantiza la gobernabilidad de la extrema derecha) hasta el mismo Javier Milei, que intenta imponer el arancelamiento, la censura a la expresión y expulsión de los inmigrantes”. En el caso de la ley impulsada por el oficialismo, el debate que atravesó a la sociedad demostró que había más tras el texto que un mero proyecto de extranjerización de tierras y recursos. Justamente, el problema de la injerencia imperialista sobre el territorio remite a la matriz capitalista del país y a la desposesión de la clase trabajadora, operada día a día no sólo por los capitales extranjeros sino también por la burguesía local.
En Brasil, Lula encara la campaña electoral posicionándose enfrentado a Trump, resguardándose en la sensibilidad nacional de la población ante los intentos del gobierno yanqui por intervenir en la vida política y el trámite electoral del gigante sudamericano. Días atrás, Lula festejó el descubrimiento de yacimientos petrolíferos en la cuenca del Amazonas y dijo que autorizó la exploración en la zona “en defensa de los intereses del país”. Para conmemorar el hallazgo, posó ante las cámaras con las manos manchadas de petróleo.
Las declaraciones del presidente “progresista” generaron una amplia polémica. La exploración y eventual explotación de recursos petroleros en la Amazonia pone en peligro una zona de altísima sensibilidad ecológica, que funciona como el pulmón verde del planeta, salvaguardando una inmensa biodiversidad y grande reservas de agua dulce, además de ser hábitat para miles de pobladores originarios. Cuando Lula habla de los intereses del país se refiere a los intereses de la burguesía nacional. Quedan fuera del país los intereses de millones de trabajadores brasileños y de otros muchos países, para quienes la protección de la cuenca del Amazonas configura un elemento de seguridad ecológica y ambiental básico y colectivo, que sólo puede expresarse bajo la figura de interés público, resguardando esos recursos respecto a la propiedad privada capitalista, sea extranjera o nacional.
El caso es ilustrativo: no hay posicionamientos antiimperialistas consecuentes sin avanzar hacia planteos anticapitalistas. No puede superarse el ordenamiento imperialista de las relaciones ente Estados sin cuestionar al capitalismo, el sistema de acumulación económica que crea países dependientes o semi – coloniales y potencias que los explotan y expolian. Ni puede, tampoco, resguardarse los intereses de la inmensa mayoría social trabajadora, la primera interesada en romper con el dominio y la injerencia imperialista, sin cuestionar los intereses de las burguesías nacionales, sea bajo sus envolturas políticas más cipayas o más “nacionalistas”.







