En los saturados campamentos de desplazados de Gaza, miles de niños sobreviven entre el dolor y el picor: una ola varicela a inicios de julio contagió al menos a 9.300 menores. Rodeados de basura, sin agua potable y con aguas residuales a cielo abierto, madres y médicos solo pueden intentar aliviar el sufrimiento de pequeños que enfrentan la enfermedad sin acceso a antivirales.

En este campamento de refugiados en Deir Al-Balah, Yasmín Al Daalís mueve lentamente un abanico sobre el cuerpo de su hija Sundus para intentar calmar el intenso picor. La niña nació apenas unos meses antes de que comenzara la ofensiva israelí en octubre de 2023 y, desde entonces, su infancia ha transcurrido entre desplazamientos, enfermedad y dolor.

«Mi hija padece piel de mariposa y, durante la ofensiva, contrajo varicela», cuenta Al Daalís a la agencia de noticias EFE, mientras señala las grandes ampollas que cubren el pequeño cuerpo de la niña.

En Gaza, conseguir un antiviral para tratar la infección es casi imposible. Para Sundus y muchos otros niños, la única alternativa es soportar el dolor, aplicarse cremas antibióticas que no combaten el virus y esperar el día en que puedan salir de Gaza para conseguir tratamiento.

«Los antibióticos no sirven de nada. La niña sigue igual. No veo que mejore ni un 1%, sino todo lo contrario: su estado sigue empeorando. Lleva tres años llorando cada noche», lamenta la madre, de 23 años.

A pocos metros vive Nibal Sabih, otra madre marcada por los desplazamientos. Desde el inicio de la ofensiva ha tenido que huir unas 30 veces junto a sus cuatro hijos. Cada traslado, asegura, los ha expuesto a más suciedad, más contaminación y más enfermedades, hasta contagiarles de «sarna, varicela y todo tipo de enfermedades virales y bacterianas».

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«Tengo cuatro hijos y los cuatro tienen sarpullidos. La varicela, que suele afectar a una persona una vez en la vida, aquí en Gaza la estamos contrayendo una y otra vez, hasta tres veces. La razón es que ahora hay una variante viral, otra bacteriana y otra acuosa. Es decir, ahora oímos hablar de enfermedades cutáneas de las que nunca habíamos oído hablar en nuestra vida», relata mientras aplica una pomada sobre la piel de su hija Ruba, de 9 años.

Pero el medicamento tampoco parece ayudar. En las últimas semanas, Ruba comenzó a desarrollar forúnculos que los médicos ni siquiera han logrado identificar.

«Ahora le están saliendo en las piernas y no sé de qué tipo son; sinceramente, hasta los propios médicos han llegado a decir que se trata de una enfermedad cutánea, lo que significa que ni siquiera nos han dado un nombre para ella», explica.

«Al final, yo soy solo una más entre el millón de madres desesperadas que hay en Gaza», añade.

9.300 casos en apenas dos semanas

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