Atrapada en el juego del todo no nada, la política gira y gira para estar siempre en el mismo lugar. El consenso no aparece, ni siquiera en el interior de las dos principales coaliciones, y los problemas siguen ahí. Se diría que el pragmatismo, y no el dólar, es el bien más escaso.

La mentada avenida del medio es cada vez más angosta. La que imaginó Massa, que procura Alberto Fernández y la que de tanto en tanto tantea Larreta. No es un fenómeno nuevo. Tampoco, local. Ocurre en casi todo el mundo. Sobran ejemplos. La polarización manda y los anti sistema se multiplican al compás de una desilusión proporcional a la crisis económica. El periodismo, salvo contadas excepciones, no ayuda a cohesionar.

Lo de siempre: los más cavan en la grieta. El debate suele ser muy superficial. No es de extrañar que en este contexto ganen espacio las consignas autoritarias vinculadas al “orden”. El ruido y la furia crecen sin andamiaje político y se identifican con el dinamitero Milei. Algunos, por cierto que los menos, con el trotskismo. Sangría para Juntos por el Cambio, pero también para el Frente de Todos.

El fenómeno desvela a Macri. También a Cristina. No es raro. Bastante de eso se vio en las pasadas legislativas. El malhumor social fuga votos. Por izquierda en el Frente de Todos. Por derecha en Juntos por el Cambio. Se dirá que de cara a las presidenciales es otra cosa. Que se trata de una elección binaria. Cierto, pero no modifica la cuestión de fondo, que no es quién gana, sino cómo gobernar en una sociedad atomizada.

En el mientras tanto, Juntos por el Cambio le cierre la puerta a Milei a instancias de los radicales y Cristina amaga con materializar su ruptura con el llamado albertismo. Lo de Cristina tiene su lógica: sabe que el Plan Guzmán-FMI pianta votos de su base electoral. Quiere evitar el éxodo de los que menos tienen. Los sectores de la clase media que todavía la siguen no suman demasiado. Problema similar para Juntos por el Cambio: Macri ya no convence a una porción de su electorado. Milei suma y sigue.

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¿Está Alberto Fernández despilfarrando el principal activo electoral de la ya resquebrajada coalición oficial? Se sabe, La Cámpora dice que sí. Que de mantenerse el rumbo, el oficialismo perderá en 2023. No es descabellado. De aquí a las urnas, el gobierno no revertirá la situación social. Peor todavía, tal vez la agrave. Los gobernadores peronistas están expectantes. Maestros en mantener el poder territorial, hacen equilibrio. Bancan a Wado de Predo para no romper con Cristina y a Manzur para incidir en el reparto de recursos.

En un contexto provisorio y experimental, Alberto Fernández aprovecha una de las pocas certezas a las que puede aferrarse: la muñeca de Massa y su rosca legislativa. Todo por un puñado de votos en el Congreso. Se diría que el único aliado en el que puede apoyarse para que no se lo trague la grieta, o más probablemente a Guzmán, que a nadie conforma y cuyo único sostén parecen ser el presidente, la red de contención que teje Massa, el FMI, que va de suyo no quiere sorpresas, y el oportunismo de Juntos por el Cambio que le deja la ingrata tarea de ajustar.

Macri, en tanto, cuenta votos. Cree que si se lanza a la presidencial, Larreta se resigna. Se mira como el padre fundador del Pro. Si finalmente hay interna en Juntos por el Cambio, confía en que se impondrá sobre Morales. La nacional será otra cosa. Ahí lo esperaría Milei para correrlo por derecha. Para Larreta sería el ostracismo. Apenas, el elector en el distrito porteño, donde colocaría a Quirós en la carrera por la Jefatura del gobierno. Premio consuelo.

¿Buscará Alberto Fernández un segundo mandato? Que haya lanzado que nadie está obligado a quedarse y que el 2023 no está perdido no se traduce automáticamente en candidatura. Se diría que solo dará el paso si Cristina rompe para recluirse en la Provincia de Buenos Aires y los gobernadores peronistas, olfateando una derrota en las presidenciales, siguen los pasos de Tucumán, que ya confirmó el desdoblamiento de la elección provincial. Ninguno quiere ser arrastrado por la caída de la imagen del gobierno nacional. El cordobesismo hizo escuela y tienta también a muchos intendentes bonaerenses del Frente de Todos.

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La canción es siempre la misma

Yrigonistas vs. alvearistas, peronistas vs. antiperonistas, kirchneristas vs. antikirchneristas… Distintas letras para una misma canción. Hay otras. Entre la tragedia y la farsa, la imposibilidad de la política se impone. Las conceptualizaciones no abundan, pero tampoco faltan. Allí está, por citar una de vieja data: el “empate hegemónico” del que habló Juan Carlos Portantiero. También, si se quiere, la vulgata que habla de “la grieta”.

Algunos dirán: ¡Es la interminable lucha por el excedente, estúpido! Es cierto, pero la confrontación -material o discursiva- no necesariamente y siempre parió a lo mejor de la historia. El debate está obturado. Casi se diría que la Argentina se quedó en la puerta de la modernidad. Y no se trata de negar el conflicto, de postular “el final de la historia” o un consenso bobalicón. Se trata, sencillamente, de construir un acuerdo básico con los mejores argumentos a la mano; consenso, va de suyo, siempre revisable. Un poco de pragmatismo.

¿Alguien puede creer que los problemas estructurales del país son producto de la falta de recursos, de empresarios diabólicos, de vagos que prefieren el mentado “choriplán” a un empleo digno, del FMI o de un genio maligno? Afirmar cualquiera de las opciones, o incluso combinar algunas de ellas, sería demasiado simplista. Solo un caso. Lo prueba la inflación desbocada, por más que buena parte de la de hoy sea importada. La dirigencia política, empresaria y sindical no le encuentra a vuelta, ni la va encontrar sin un pacto social.

A la larga, nada se puede imponer, ni hay plan que funcione sin un amplio acuerdo. En el mientras tanto, las expectativas -el “todo esto se va a la mierda”- seguirán haciendo su trabajo. Es sabido: a mar revuelto, ganancia de pescadores. Algunos, muy pocos, se hacen cada vez más ricos, mientras una inmensa mayoría vive el día a día con la angustia de no parar la olla. Tan cierto como que el país en su conjunto se empobrece. Allí están, para quien quiera buscarlos, los datos sobre PBI, pobreza e indigencia. Tristeza, también bronca, cuando se mira la película.

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“¿En qué momento se jodió la Argentina?”, se hubiera preguntado Zavalita de haber nacido en estos pagos. Vaya uno a saber. Mejor no preguntárselo a Vargas Llosa. Y sabemos su respuesta. ¿Será que el país nació jodido? En tal caso, ni más ni menos que otros. El problema es que la frazada se achica, el frío crece y el contrato social se resquebraja. La anomia, que le dicen, campea. Encontrar soluciones se hace cada más difícil cuando la economía se achica.

La angurria de una minoría por adquirir más se da frente con las urgencias de los hundidos. La clase media, ese artefacto variopinto, para algunos “medio pelo” y para otros fuente de toda verdad y justicia, navega entre aguas. Se retira del espacio público y maldice al Estado que le garantizó educación, salud, techo y vacaciones. “Mi hijo, el doctor” le patea la escalera al que viene detrás. Gana por goleada el mítico self-made man, casi ni pizca de solidaridad, porque excepciones siempre las hay. El “¡piquete y cacerola, la lucha es una sola!” parece joda. La clase media, empobrecida y aspiracional, putea a los piqueteros y empuña en soledad la cacerola.

Para cerrar

Si al oficialismo lo mantiene mínimamente unido el espanto a perder el poder, a la oposición la posibilidad cada vez más cierta de volver. El que rompe, pierde. Mientras tanto, los problemas siguen ahí y el ruido sordo de los discursos obtura la discusión de fondo. El pragmatismo, que como se dijo no es el “fin de la historia” ni un consenso bobalicón, sigue faltando a la cita. La sinrazón juega su juego. El todo o nada, y pierden más los menos tienen. Y en el presente sin fin, los precios cuidados no terminan de llegar, el impuesto a las ganancias inesperadas y el fondo para la cancelación de la deuda son teorías, la inversión privada no aparece… y así un larguísimo etcétera. La política se canibaliza.

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