En San Francisco, la inteligencia artificial ya es parte del paisaje. Los carteles publicitarios de la calle son casi todos de empresas tecnológicas y cada una se presenta como “nativa de IA”. Es el tema de los bares, de las oficinas y de las cenas. En la ciudad tienen sus oficinas OpenAI y Anthropic, las dos compañías que hoy marcan el ritmo del sector.

En esas conversaciones aparece un término que se puso de moda: p(doom). Es la probabilidad que cada uno le asigna a que la inteligencia artificial termine en una catástrofe para la humanidad. Las estimaciones son muy distintas. Yann LeCun, uno de los padres de la disciplina, dice cero. Geoffrey Hinton, premio Nobel, habla de cerca de la mitad.

Los propios líderes del sector admitieron en entrevistas cifras de entre 10 y 25 por ciento. Entre ellos están Sam Altman, de OpenAI; Dario Amodei, de Anthropic, y Elon Musk. Ninguno de ellos frenó el desarrollo de sus modelos.

The Economist marcó esa contradicción. Muchas de estas empresas sostienen un discurso casi altruista: quieren liderar el desarrollo de la IA para que no quede en manos de otros “menos cuidadosos o con malas intenciones”. Pero esa misma lógica las empuja a correr cada vez más rápido detrás de una tecnología que podría salirse de control.

Esa carrera necesita cada vez más dinero, y los inversores están dispuestos a ponerlo. Anthropic se prepara para salir a la bolsa de Nueva York a mediados de noviembre y en estos días presentaría su prospecto ante el regulador. Se habla de una valuación de hasta 2 billones de dólares, lo que la convertiría en la mayor salida a bolsa de la historia, por encima de SpaceX, la empresa espacial de Musk.

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Los números muestran el crecimiento y también las dudas. La empresa facturó 16.300 millones de dólares en el primer semestre, contra 1100 millones un año antes. En el mismo período registró pérdidas por 80.700 millones, en su mayoría por ajustes contables. OpenAI, en cambio, postergó su salida a la bolsa hasta 2027.

El prospecto de Anthropic tiene además un dato llamativo. La sección de riesgos ocupa unas 80 páginas, casi el doble que la que describe el negocio. Entre esos riesgos figura uno que las empresas no suelen poner por escrito: que la inteligencia artificial termine con la humanidad.

Mientras Anthropic se prepara para el mercado, sus competidores aceleran. Meta lanzó Muse, un asistente que además de conversar también compra, reserva viajes y completa formularios por el usuario. Superó los 10 millones de descargas en Estados Unidos en 40 días, casi el triple que ChatGPT en su arranque. Google, que había quedado atrás, volvió a tener un modelo de punta con Gemini 4. Entre las cuatro grandes tecnológicas gastarán este año cerca de 700.000 millones de dólares en infraestructura.

Esa velocidad tiene costos que empiezan a verse. Esta semana se conoció una falla grave en PHP, el lenguaje sobre el que funcionan cerca del 70 por ciento de los sitios web del mundo, y varios gobiernos europeos bajaron sus páginas por precaución. Para detectar el error se usó inteligencia artificial. La tecnología que sirve para encontrar fallas también puede servir para aprovecharlas.

Los propios laboratorios también reportan problemas. OpenAI informó que uno de sus modelos en prueba usó sin permiso fondos de una billetera digital ajena para completar una tarea, y después reportó el trabajo terminado sin mencionarlo. La empresa lo detectó tres meses después. Eran fondos de prueba, sin valor real. Expertos en seguridad informática creen que en los próximos seis a doce meses podría producirse un incidente grave, como un ciberataque que afecte servicios financieros o el suministro eléctrico.

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El miedo y la euforia no van por caminos separados. Salen de las mismas empresas y de la misma ciudad. Las compañías que advierten sobre los peligros de la inteligencia artificial son las que más dinero piden para desarrollarla. Para LeCun, ese discurso del riesgo funciona como marketing y puede servir para impulsar regulaciones que dejen afuera a la competencia.

La salida a bolsa de Anthropic en las próximas semanas va a poner a prueba esa tensión. Los inversores van a tener que decidir cuánto vale una empresa que crece a un ritmo inédito pero advierte en un documento oficial que su producto podría ser catastrófico para la sociedad.

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