El pasado jueves (16), Marco Rubio protagonizó la reunión de la llamada Cumbre “contra el Resurgimiento del Terrorismo Político” en Washington. La reunión fue convocada por el trumpismo y contó con representantes gubernamentales de 66 países. Hubo representantes de España, Canadá, Alemania, Argentina, Italia, Israel, Chile o Uruguay. Fue un amplio público de felpudos de diversas jerarquías. Algunos gobiernos enviaron ministros y diplomáticos de primer orden (caso de Milei, que envió a su Canciller Pablo Quirno). Otros, con algo más de tacto para las proporciones, enviaron funcionarios técnicos y adjuntos de las embajadas. Incluso fueron representantes de próximos gobiernos. Es el caso de un representante del ultraderechista colombiano De la Espriella, próximo a asumir la presidencia de ese país.

Además del Secretario de Estado trumpista, participaron del evento Scott Bessent, secretario del Tesoro, y Stephen Miller, el subjefe de Gabinete de la Casa Blanca. Miller es uno de los encargados de gestionar la red de influencias del gobierno de Trump en Latinoamérica. Está entre los artífices de la Doctrina Monroe 2.0, el plan de Trump para alinear el “patio trasero” del imperialismo yanqui a sus intereses.

La cumbre fue, con su despliegue de asistentes y representantes, una gran escenificación ideológica para la plataforma ultraderechista de Trump en materia internacional. Expresó (de nuevo) un fuerte viraje en la política externa trumpista, esta vez en relación a la llamada “lucha contra el terrorismo”. Como cada viraje de Trump, está lleno de contradicciones, gestos y contragestos.

Otro viraje trumpista

El orador central de la Cumbre fue el propio Marco Rubio. En su alocución, de unos veinte minutos, declaró que el principal objetivo en la lucha “anti terrorista” del gobierno estadounidense para el próximo período será el “terrorismo de extrema izquierda”.

Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación” decía Marco Rubio. Según él, se trataría de grupos que “atacan oleoductos y gasoductos; ferrocarriles; redes eléctricas y laboratorios; y los símbolos físicos y tangibles del poder y la invención”.

Es ya conocido que la etiqueta de “lucha anti terrorista” está entre las favoritas del imperialismo estadounidense para justificar acciones militares en territorios ajenos. La excusa del “terorrismo” es un viejo recurso para legitimar la violencia y el terror imperialistas. Esto no es un invento del trumpismo. Lo que sí es novedoso (y característico de este segundo mandato trumpista) es el señalamiento de que el principal objetivo en la acción “anti terrorista” radica en los (supuestos) grupos de extrema izquierda. Durante los últimos 25 años, el centro indiscutible en esta materia era el combate con el terrorismo islamista.

El miedo a los grupos fundamentalistas islámicos fue instrumentalizado por varios de los últimos gobiernos estadounidenses para justificar las incursiones imperialistas en Medio Oriente. Pero esta caza de brujas se apoyaba en la existencia efectiva de organizaciones terroristas, conocidas por la población estadounidense (e internacional), que estuvieron activas y llamaron la atención pública durante años. El basamento fundamental del relato anti terrorista islámico fue el atentado contra la Torres Gemelas, del que se aproxima su aniversario número veinticinco.

En mayo pasado, el gobierno estadounidense publicó la nueva Estrategia de Contraterrorismo de Estados Unidos. En dicho documento ya se cambiaba el foco de los esfuerzos “anti terroristas” hacia el problema narco (léase, la intervención sobre Venezuela y, eventualmente, acciones en Colombia) y la “extrema izquierda” (léase, combatir a la oposición activa al trumpismo dentro de Estados Unidos). Dicho documento señalaba como igualmente peligrosos al yihadismo y los “grupos políticos seculares violentos, cuya ideología es anti americana, radicalmente pro – transgénero y anarquista”.

Este viraje en la actividad “anti terrorista” del gobierno estadounidense no es meramente discursivo. Los gestos van acompañados de medidas administrativas y, sobre todo, de millones de dólares. Trump firmaría la orden ejecutiva de Seguridad Nacional número 7. Esta medida, presentada con carácter de “emergencia”, permite desplegar recursos similares a los utilizados tras el atentado del 11 de septiembre del 2001.

Geopolítica y lucha ideológica del trumpismo

La medida, como la Cumbre misma, está dominada por un fuerte tinte ideológico. Días atrás, el Departamento de Estado dirigido por Rubio anunció un plan de subvenciones para grupos europeos alineados ideológicamente al trumpismo, que alcanzarían los 3 millones de dólares para cada organización. ¿El destino de estos millones? Ayudar a las organizaciones de la extrema derecha europea a “combatir la censura de sus gobiernos” y desarrollar “vínculos civilizatorios” con Estados Unidos.

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Dicho en castellano: que dichos grupos cuestionen toda norma y consenso democrático imperante en sus respectivos países (es decir, rehabilitar los discursos xenófobos, racistas y reaccionarios allí donde la opinión pública los ha penado durante las últimas décadas) y trabajar para alinear sus gobiernos con los designios políticos del trumpismo. Se trata de una medida para subsidiar el esparcimiento del veneno trumpista por el planeta. De ahí proviene la presencia de Scott Bessent en la Cumbre del pasado 16 de julio.

La batalla ideológica del trumpismo aparece superpuesta a su viraje en términos de orientación geopolítica 

Desde el comienzo de su segundo mandato, Trump delineó como principal objetivo geopolítico de su gestión el reforzamiento del dominio territorial estadounidense en el Hemisferio Occidental. La última Estrategia de Seguridad de la Casa Blanca lo definía en los siguientes términos: “Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental permanece lo suficientemente bien gobernado y razonablemente estable para impedir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio en el que los gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los carteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio que se mantenga libre de incursiones hostiles extranjeras y de posesión foránea de activos clave, y que apoye las cadenas de suministros fundamentales; y queremos garantizar nuestro acceso continuado a localizaciones estratégicas clave”. En pocas palabras: que todo el continente americano sea, indiscutiblemente, una «prolongación» del territorio estadounidense.

La excusa antiterrorista ya fue usada por Trump en lo que va de su mandato. Primero, para bombardear ilegalmente lanchas en territorio venezolano. Luego, para secuestrar a Nicolás Maduro e imponer una reorganización del régimen venezolano, una suerte de protectorado estadounidense con personal proveniente del madurismo todavía en el poder. Con acusaciones de narcotráfico sin ninguna prueba respaldatoria, estas acciones de Trump constituyeron, de hecho, los actos de terrorismo internacional más concretos y palpables del último tiempo. El objetivo geopolítico era claro: reordenar las prioridades estadounidenses y fortalecer el dominio en Latinoamérica (zona de interés para China) tras años de aventuras empantanadas en Medio Oriente. Desde ya, la eterna y empantanada aventura trumpista en Irán es una contradicción flagrante con respecto a los lineamientos de la Doctrina Donroe (pero no sorprende del todo tratándose de un personaje que encarna la táctica sin estrategia).

Pero, ¿qué viraje expresa, en cambio, la lucha contra el “terrorismo de extrema izquierda”? En cierto sentido, un viraje discursivo desde las amenazas externas a las amenazas internas. En esta operación de prestar más atención “a la casa y el patio trasero”, una parte importante de la atención trumpista está vuelta hacia dentro de los propios Estados Unidos. La hoja de gobierno de Trump no consta solo de reordenar las redes de influencias y control de recursos internacionales, sino también de cuestionar consensos democráticos imperantes dentro de los Estados Unidos.

Desde su primer mandato, Trump chocó (al menos) tres veces con las relaciones de fuerzas de la sociedad estadounidense. La primera de ellas, tras el asesinato racista de George Floyd. En esa oportunidad, una masiva rebelión antirracista cruzó el gigante norteamericano y le puso límites a Trump, frustrando sus perspectivas electorales. La segunda fue, poco después, tras el fallido intento de la base trumpista por tomar el Capitolio. El intento golpista nació abortado y dio paso a la gestión Biden. El tercer y más reciente choque de Trump con las relaciones de fuerzas fue en Minneapolis. El asedio racista y xenófobo del ICE fue respondido con movilizaciones de masas en todo el país, y terminaron con la salida de las fuerzas federales de las Ciudades Gemelas. Trump tuvo que retroceder ante el rechazo masivo de la sociedad y, desde entonces, no pudo cercar nuevas ciudades con los agentes migratorios para-estatales.

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La creación de enemigos artificiales es un procedimiento habitual en la narrativa trumpista. Lo ha sido, en general, en los relatos y discursos de la extrema derecha contemporánea e histórica. La construcción del enemigo interno “antifascista” o “extremo izquierdista” es parte de los intentos ideológicos de Trump para justificar medidas reaccionarias y ataques a los consensos democráticos.

La extrema derecha y el anticomunismo

La Cumbre contra el Resurgimiento del Terrorismo Político no es el primer ni único movimiento del trumpismo en esta materia. El año pasado, Trump catalogó como “terrorista” a la inexistente organización Antifa. Y hace pocos días, durante el aniversario de la Independencia estadounidense, Trump habló de una supuesta amenaza “comunista” dentro del país norteamericano. “Hay ahora un resurgimiento de la amenaza comunista en nuestra tierra, incluyendo a recién llegados a nuestro país que adoptan ideas totalmente opuestas a nuestro modo de vida y nuestro gran éxito. Podés ser un comunista, o podés ser un patriota. No podés ser ambas”, decía Trump el pasado 4 de julio.

Un columnista y ex ministro de la gestión Clinton se pregunta por las razones de fondo del discurso “anti comunista” de Trump y lo compara con el macartismo que dominó las escena estadounidense durante la posguerra del siglo pasado. La explicación que postula es coyuntural: Trump camina los últimos meses de una campaña electoral adversa, cargando el peso del fracaso en Irán y de una economía presionada por la inflación. “Trump se quedó sin cartas para jugar en las elecciones de medio término, por eso ahora está hablando de la ‘amenaza comunista’”.

La explicación nos parece demasiado estrecha. Aunque tiene dos elementos de realidad.

En primer lugar, es evidente para todo el mundo que Trump encara las próximas elecciones en condiciones adversas. No hace falta ser estratega militar para darse cuenta de que la apuesta trumpista contra Irán fracasó. Tampoco hace falta ser economista para notar que la presión inflacionaria generada por el cierre de Ormuz está horadando el poder adquisitivo de millones de estadounidenses y alimentando el descontento contra Trump. En segundo lugar, es difícil que el “anti comunismo” de Trump no recuerde al macartismo del siglo pasado. Ambas operaciones tienen en común su carácter falsificador. Se adjudican culpas inexistentes a sujetos sociales ignotos. Acusar a una organización que no existe (como la “Antifa” que obsesiona a Trump) de ser terrorista raya el absurdo.

Pero a ambos puntos les corresponde su contraargumento.

No estamos en el mundo de la posguerra, que vio nacer al macartismo. Lo que resta del orden mundial de la posguerra está siendo triturado por las convulsiones del capitalismo del siglo XXI, con su nueva etapa de inestabilidad extrema, crisis, guerras, rebeliones y eventuales revoluciones. Y tampoco puede reducirse el discurso “anticomunista” de Trump a un cálculo de propaganda electoral. Es ridículo decir que “Trump no tiene ideología […]. No le importa un comino el capitalismo, no está preocupado por el comunismo o el socialismo. Solo cree en la antigua ideología del narcisismo”. El trumpismo, como la extrema derecha en general, tiene una carga ideológica marcada, que está inscripta en su origen y razón de ser como fenómeno político e histórico.

La extrema derecha del siglo XXI es un fenómeno propio de su siglo. Responde a la decadencia del orden imperialista imperante durante el último período, a la incapacidad del capitalismo para superar su crisis económica de las últimas dos décadas, al resentimiento social criado en sectores de masas por las propias miserias capitalistas. ¿Cómo puede ser no ideológico un fenómeno que nace en dichas coordenadas? La irrupción de Trump en la escena política, como la de otros personajes de su misma calaña en la arena internacional, es profundamente ideológica y no puede dejar de serlo. Trump y la extrema derecha necesitan de una ideología que justifiquen sus proyectos reaccionarios, sus intentos de hacer retroceder las relaciones sociales para maximizar la explotación y sus ideas de nuevo reparto del mundo en zonas de influencia imperialistas.

El fantasma del anticapitalismo le quita el sueño a Trump

Por años, Trump estuvo tratando de asustar a los americanos sobre los demócratas que piden Medicare para todos, cuidado infantil universal, educación superior pública gratuita y mayores impuestos a los super ricos para financiarlos […]. Pero no ha llegado a ningún lado porque estas iniciativas son apoyadas por la mayoría de los estadounidenses.

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Marco Rubio señalaba que los enemigos de extrema izquierda toman distintos nombres:
“antiimperialistas, anticapitalistas, comunistas”. En esa formulación asoma el punto de contacto entre las operaciones de falsificación (el macartismo trumpista) y la realidad. ¿Por qué está tan interesado Trump, lo mismo que su lacayo Marco Rubio, en demonizar como “terroristas” a los “antiimperialistas, anticapitalistas, comunistas”, al punto de cambiar el foco de toda la política “antiterrorista” de Estados Unidos de las últimas dos décadas? 

La respuesta corta es que todos esos nombres configuran, potencialmente, una amenaza ideológica para el trumpismo. La idea de que existe un entramado internacional de organizaciones terroristas de extrema izquierda dispuestas a sabotear los aparatos militares y logísticos del Estado yanqui es un delirio mistificador, propio de la matriz de pensamiento delirante del trumpismo. Lo real es que el anticapitalismo es un rasgo de las nuevas generaciones que se movilizan contra Trump en Estados Unidos y contra la extrema derecha en general en todo el mundo. No casualmente, otros exponentes ultraderechistas hacen gestos similares en el resto del mundo. En Argentina fue el caso de Adorni, quien (antes de ser removido del gabinete por los escándalos de corrupción) se trenzó en largas polémicas con el ¡Ya Basta!, la juventud de Manuela Castañeira que organiza el Campamento Anticapitalista Internacional.

No existen redes internacionales de «terrorismo» anticapitalista ni comunista. Lo que sí existen, y cada vez en mayor medida y extensión, son redes internacionales de solidaridad y organización desde abajo. Por ejemplo, el movimiento de solidaridad con Palestina y en rechazo al genocidio cometido por el sionismo en Gaza fue un fenómeno internacional. Como la red internacional de trabajadores precarizados que puso en pie el último Congreso Internacional de Trabajadores por Plataforma en Los Ángeles, en el corazón mismo del poder de los pulpos de Silicon Valley.

Estas organizaciones y espacios surgen por el descontento creciente ante las condiciones de vida que el capitalismo del siglo XXI impone a la población trabajadora. Y ganan cada vez más simpatía entre amplios sectores. “En una encuesta de Axios Generation a jóvenes estadounidenses, el 67% dice tener una asociación positiva o neutral de la palabra ‘socialismo’, comparados con un 40% que tiene una asociación positiva o neutral hacia ‘capitalismo’”. Las tendencias anticapitalistas están, en cierto sentido, inscritas en la dinámica misma del capitalismo del siglo XXI. Es un capitalismo demasiado salvaje y barbárico para no suscitar respuestas y resistencias.

Y la extrema derecha misma, con sus constantes provocaciones ideológicas, genera nuevas motivaciones para la búsqueda de alternativas. “Los estadounidenses […] parecen más preocupados por el “neofascismo” de Trump […]. Una encuesta dice que el 56% de los estadounidenses están preocupados por que Estados Unidos deje de ser un país libre durante los próximos 50 años como resultados de la corrupción y los abusos de poder en los escalones más altos del gobierno”.

He aquí, quizá, una pequeña y poco frecuente muestra de racionalidad por parte del trumpismo. Quienes nos reivindicamos anticapitalistas podemos dar fe: Trump hace bien en temer al anticapitalismo de las nuevas generaciones. Los anticapitalistas no somos terroristas, pero sí somos radicalmente pro clase trabajadora, radicalmente defensores de las conquistas democráticas, radicalmente pro transgénero, radicalmente pro-LGBT y volvemos la vista a la radicalidad del comunismo de Marx para pensar una perspectiva emancipadora para el siglo XXI.

Son las nuevas generaciones las principales encargadas y comprometidas en ponerle límites a los experimentos reaccionarios de la extrema derecha, en pensar y construir un futuro alternativo a la barbarie distópica que propone el sistema actual. Como en los días del Manifiesto de Marx y Engels, en el siglo XXI no sólo crea la lacra histórica de la extrema derecha; también sigue creando a sus propios sepultureros.

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