«¿Cómo no voy a querer? ¡¡La comida hoy vale oro!!», dice la mujer y abre la puerta para recibir la vianda, una bandeja de fideos con estofado que trae, pegado sobre el film que la envuelve, un generoso sobre de queso rallado. Es una señora mayor que parece perfectamente estable y animada; pero cuando se asoma para recibir el paquete, un mareo la hace agarrarse de la puerta. Se llama Gertrudis. Cuenta que tiene 79 años y que no se viene sintiendo bien. El miércoles pasado se levantó del sillón donde mira la tele; quería ir al baño y sin saber cómo terminó en el suelo; hasta el viernes no tuvo quién la acompañara a la guardia. Vive sola, en uno de los monoblocks de este barrio que no es una villa ni un asentamiento, pero donde todo parece igual de frágil: las escaleras están rotas, las barandas oxidadas, hay grietas en las paredes y cada cosa que se mira da la impresión general de que puede venirse abajo. Como Gertudris: sin aviso.

Fuerte Apache, el complejo habitacional de Ciudadela, en el partido de Tres de Febrero, fue uno de los dos mil puntos donde Barrios de Pie salió a repartir viandas para los adultos mayores. El movimiento entregó, en una jornada nacional, unas 500 mil viandas en todo el país.

En el Fuerte las distribuyeron casa por casa. “Nosotros no estábamos cocinando antes del virus. Empezamos para resolver el problema de la gente que se quedó sin ingresos, porque acá la mayoría de las mujeres trabajan en casas de familia y los hombres de fleteros, manejando remises o para Uber o en la construcción. Todo eso quedó parado. Arrancamos con viandas para 50 personas y ahora estamos en 150”, contó Miriam López, una de las integrantes del merendero. Su grupo se organizó alrededor de una vecina que cocina en su casa, con dos ollas grandes, tipo cuartel. En general, los que se acercan a pedir son los chicos y los viejos.

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Con los adultos mayores, lo que ven es que no están ni saliendo de sus casas, lo que está muy bien. Pero necesitan que alguien, cada tanto, pase a ver cómo les está yendo, y además de comida les acerque un poco de conversación, opina Miriam. Especialmente porque muchos quedaron aislados de los hijos. Ella tomó a uno de estos vecinos a su cargo. Para todo el comedor, el hombre pasó a ser «el abuelo de Miriam». Le lleva la vianda, le deja también algo de yerba y azúcar. «Lo que se pueda.»

Ahora escucha a la mujer que le cuenta sobre sus mareos. La agarra de la mano –una mano enguantada sobre la mano llena de pecas de la mujer–; sin sacarse el barbijo, le promete que alguien va a pasar a verla todos los días. Más tarde, Miriam cuenta que casi a todos los viejos los fueron conociendo así. Van armando un listado de dónde viven para asistirlos.

Una estrategia comunitaria

“La semana pasada hicimos una jornada de ollas populares y ahí vimos que hay un problema extendido con la personas mayores, que son el eslabón más sensible en la pandemia. Creemos que tenemos que pensar una estrategia de intervención comunitaria para ellos. Tuvimos reuniones con el PAMI para ponernos a disposición de lo que necesiten, porque PAMI ya está entregando un bolsón. Tal vez podamos complementarnos, trabajar en red para focalizarnos en la población más vulnerable”, dijo a PáginaI12 Daniel Menéndez, el coordinador de Barrios de Pie, durante la actividad.

En los pasillos, al mediodía se veía poca gente circulando y casi todos cubiertos con barbijos; hasta los más chicos, repartidos en las escaleras sin hacer nada, los estaban usando. El barrio se mantiene tranquilo, pero los militantes que conocen su pulso ven señales para preocuparse. La principal es que están apareciendo nuevas ollas populares, armadas por vecinos que no integran ninguna organización, pero que tienen el impulso de hacer una colecta, cocinar y sacar la olla a la vereda: son vecinos que están viendo que en sus cuadras hay necesidad. Entre los comedores y estas nuevas ollas, esta semana contaron veinte puntos de distribución de comida. Ninguno existía antes del confinamiento.

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José Chaín fue uno de los jubilados que se acercó a buscar comida, sin esperar el reparto. Llegó en bicicleta y esperó con paciencia a unos prudentes metros de distancia hasta que le llenaron su tupper. Dijo tener 76 años y vivir con su mujer, diez años menor, y una nieta de 4. “Me preocupa más no tener qué comer que enfermarme”, aseguró. Hasta el mes pasado hacía changas como mecánico para complementar su haber jubilatorio. En su casa, el problema es que después de pagar el alquiler les queda muy poco.

Marina, que trabaja en uno de los comedores armados en estos días por el movimiento, contó que acostumbran a repartir la comida entre las siete y ocho de la noche. “El lunes vinieron tantos que se terminaron las dos ollas de guiso, 7 kilos de arroz y 7 kilos de lentejas, que son 140 porciones. Tuvimos que ponernos a cocinar 14 kilos más. Y a las diez de la noche decirles a los que quedaban que ya era tarde, que por ese día se terminaba”. “De día no sale nadie. Pero a  la noche hay más circulación porque la gente sale a buscar qué comer. Incluso van de una olla a otra, buscando dónde quedó algo.”

Acompañando a las mujeres que distribuyeron las viandas hubo grupos de adolescentes, muy jóvenes. Chicos de entre 17 y 20 años que, sin estar integrados a la organización, aparecen para ayudar. “Incluso hay días que hacen sus propias ollas”, contó Marina. Ayudan con el reparto, o a hacer el fuego en los lugares donde Barrios de Pie cocina en la calle. Se mantienen cerca para dar una mano en lo que sea.

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La jornada de reparto de viandas fue organizada con el lema «Nadie se salva solo», con el que la semana anterior el movimiento instaló dos mil ollas populares en los barrios más humildes del país. Las campañas buscan hacer visible el trabajo de las organizaciones sociales y la importancia de que los alimentos estén disponibles, en abundancia, en todos los lugares que se necesiten, como el principal requisito para que la cuarentena pueda sostenerse.

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