Desde el inicio, el encuentro no tuvo equivalencias. La Selección Argentina, sin respuestas tácticas ante el despliegue y la tenencia monopólica de la pelota del rival, fue superada en todas las líneas de principio a fin. España controló el ritmo de juego a voluntad, achicó los espacios y asfixió la salida nacional constantemente.

La selección de Scaloni se limitó a arrebatos aislados que no tuvieron consecuencia alguna para el combinado europeo. Tampoco encontró alguna respuesta individual ni supo apelar a la garra y actitud que lo habían llevado hasta acá cuando las cosas no salían colectivamente.

Fue un auténtico monólogo futbolístico de una selección que, a pesar del dominio, sufrió más de la cuenta para encontrar la diferencia en el marcador. Para destacar están el desempeño de Nicolás Tagliafico, que tuvo una gran tarde anulando por momentos a Lamine Yamal, y la actuación de Emiliano Martínez, quien fue el principal responsable de evitar una goleada.

Los hinchas, más allá del sabor amargo del final, despidieron de manera emotiva y con orgullo a jugadores y cuerpo técnico, sobre todo a Lionel Messi, quien habría disputado su último partido en mundiales con la celeste y blanca.

Más de la frustración del resultado final, el punto más álgido del camino argentino se vivió en el cruce frente a Inglaterra. La selección nacional revirtió entonces un resultado adverso de manera épica en los últimos minutos del partido para conquistar una victoria que desbordó lo estrictamente deportivo y significó mucho más que la posibilidad de disputar la final del mundo.

Mundial Milei
REUTERS/Amanda Perobelli | PH: Agencia

Fue un partido de futbol que fue mucho más que un partido de futbol: estuvo históricamente cargado, primero, por el vínculo semicolonial histórico que se remonta al siglo XIX y su impacto en el desarrollo histórico del país y, segundo, por el inmenso impacto de la guerra de Malvinas en 1982. Para darle mayor sentido a esta carga histórica, los jugadores de la propia Selección desplegaron una bandera para que el mundo la viera. «Las Malvinas son Argentinas». Así desafiaron los intentos de la FIFA, Trump, Javier Milei y el gobierno Británico de censurar cualquier tipo de manifestación de defensa de la soberanía de un país que tiene una parte de su territorio ocupado por una potencia imperialista por parte.

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De esta manera se terminó un mundial que además de grandes figuras, desempeños sorpresa y partidazos, nos dejó varias postales de un espectáculo que intentó mostrar un mundo que ya no existe. Las líneas de falla del capitalismo en el siglo XXI emergieron por todos lados. La FIFA pretendió vender la millonaria burbuja de neutralidad e integración, pero la realidad política internacional se le coló por todos sus poros, incluso en la final. Las tribunas hicieron caso omiso a los intentos de Trump e Infantino y dejaron de lado cualquier conducta protocolar para entonar abucheos al presidente de Estados Unidos que repercutieron en todos los rincones del MetLife Stadium.

 

El mandatario norteamericano tuvo que recorrer el césped del estadio entre silbidos y desaprobaciones, para encabezar la entrega de medallas junto a la burocracia de la FIFA. Fue tan grande la silbatina que la transmisión oficial fue incapaz de disimularla. Y es que el público internacional no puede olvidar la puesta en escena de la militarización del ICE en los alrededores del certamen, que generó un fuerte rechazo a la política represiva y reaccionaria de la Casa Blanca. Tampoco pueden soslayar la segregación de la selección iraní, que sufrió durante el certamen persecuciones, negados de visa y discriminación ante la mirada pasiva de Infantino, o la deportación del Árbitro somalí.

Selección iraní

El torneo mostró ante los ojos del mundo la desigualdad social del sistema capitalista, con entradas multimillonarias que convirtieron al torneo en un bien de lujo para un sector minoritario de la sociedad. Pero también nos dejó expresiones disruptivas desde abajo, banderas de palestina por todos lados, incluso por parte de protagonistas como el técnico de Egipto, marchas de trabajadores precarizados, movilizaciones en México de docentes junto a las madres buscadoras, con apoyos de hinchadas como la de la selección de Bosnia.

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La pelota dejó de rodar, España se coronó campeón con total merecimiento, siendo el equipo que mejor juego desplegó y más méritos acumuló para levantar la copa del mundo, pero la tribuna volvió a demostrar que el fútbol sigue siendo un fenómeno social de masas que es un territorio en disputa en la que la política internacional no necesita visa para entrar.

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