Las derrotas parlamentarias, potenciadas por las manifestaciones en las calles e impulsadas por el viento antiinglés malvinero del trapo de la muchachada futbolera, transformaron el desconcierto pasivo de una parte del pueblo en disconformidad y rechazo a Milei. Su catalizador fue el intento de extranjerización de nuestras tierras y la desnudez del grotesco disfraz de “inviolabilidad de la propiedad privada”, solo imaginable desde un extravío, hijo de la soberbia. Entonces, primera gran derrota. Al día siguiente, el envión nacionalista se cargó el despropósito de la Ley de Manejo del Fuego que protegía a los especuladores fabricantes de incendios. Su impacto en la política fue inmediato. El establishment salió a acelerar algún tipo de acuerdo electoral entre sus variantes: centro derecha, derechas y ultraderechas. Como siempre, las diversas fracciones del poder económico-cultural-mediático que se disputan la representación y el reparto de la “gobernabilidad” fueron interpeladas para que tengan “grandeza” en pos de sostener su propósito esencial: blindar el modelo, para lo cual resulta imprescindible unirse en torno a su principal representante hasta el momento: Milei y su hermana, a quienes obviamente bancan D.Trump y el FMI. La oposición también reaccionó ante la derrota mileísta proveniente del cambio de actitud en franjas importantes de la sociedad, las calles y plazas de todo el país rebeladas contra la extranjerización de tierras. Complementariamente, influyó la sedimentación que se fue acumulando desde las grandes movilizaciones de los últimos meses: cientos de miles el 24 de marzo, las dos movilizaciones multitudinarias feministas, otros cientos de miles de universitarios, las sindicales del 1° de mayo, las de científicos y docentes y las decenas, centenares, de resistencias en toda la geografía del país. Otro elemento insoslayable es el relevante papel político de los obispos católicos convocando en diversas oportunidades y ante la multitud en San Cayetano a “no resignarse”, y la crítica a “una clase dirigente que a veces parece mirar para otro lado y poner la energía en debates estériles que no le resuelven la vida a nadie”.
Así es que se generó el esperado y alentador encuentro de los líderes del peronismo. Consecuentemente, se trata de recuperar tiempo perdido, lo cual obviamente resultará muy trabajoso, ya que la unión del mundo de las representaciones del pueblo siempre lo fue. Ahora es tiempo de acompañar y potenciar la organización de las luchas que vendrán inevitablemente en los próximos meses de este año. Algo así como “hay 2026 para triunfar en el 2027”. La imprescindible unidad se irá construyendo impulsada por ese exigente palpitar del pueblo que debe enfrentar sus angustias cotidianas económicas, sociales y culturales. La máxima amplitud que habrá que articular desde la principal fuerza identitaria del peronismo, en unión con otras expresiones decididas a integrar un bloque político-social, deberá expresarse en ideas y una programática que se transforme en un novedoso proyecto político que salga al encuentro de las actuales necesidades y expectativas de las mayorías sociales. Sobre esa base podrá emerger una nueva esperanza para resurgir del pantano mileísta y protrumpista de pobreza, desocupación, liquidación del patrimonio público y humillación como nación y pueblo.
Así las cosas, el embajador Lamelas disertó en el Summit de Amcham, bajando línea con el viejísimo argumento de su “seguridad nacional”, amenazando que si se compra tecnología china no llegarán inversiones norteamericanas a Vaca Muerta. Tanto Lamelas, en su carácter de regente del monroísmo agiornado de “América para las corporaciones norteamericanas”, como la directora del FMI, quien realizó un sugestivo viaje a Vaca Muerta, exigen que los yacimientos de gas y petróleo formen parte exclusiva de su esfera económica y política en el marco de la actual disputa internacional. En suma, tanto la reacción agresiva del embajador como la visita diplomática de Kristalina tienen una explicación clarísima: Vaca Muerta debe ser para ellos.
Mientras se inicia el tempo político electoral en momentos de ruptura del consenso hacia el modelo, el sistema político continúa degradándose. El poder ejecutivo no cumple con los fallos de la justicia, incluyendo a la Suprema Corte, cuando se trata de la docencia, la universidad pública y la ciencia, o la ley de discapacidad, a la vez que no trepida en proscribir y agraviar a Cristina Kirchner. El Presidente de la Nación se presenta en Brasil, el país más importante del Continente en todos los sentidos, e insulta a su mandatario, oficiando de claque de Trump y Marco Rubio, y su candidato fascista Bolsonaro. ¿No les parece, señores democratistas y republicanos de las corporaciones empresarias y mediáticas, que la democracia está siendo erosionada en su esencia, al igual que la clásica división de poderes montesquiana? ¿No les importa nada la pérdida de legitimidad ante el pueblo y la imagen degradada del país ante el mundo? ¿Acaso solo les concierne seguir medrando de las privatizaciones de bienes públicos, comprando a precio de saldo activos estratégicos, y que su gobierno siga avanzando en la liquidación de leyes y derechos sociales cuyo propósito no es otro que potenciar el dispositivo de maximizar ganancias, vía caída del “costo laboral” y retribuciones en conquistas de salud, educación y jubilaciones? ¿Acaso sus intereses y su ideología, que privilegia el modelo neothatcheriano-trumpista instrumentado por un equipo de financistas del JP Morgan e inspirado en la insólita “ideología austriaca anarcocapitalista”, los obnubila tanto que no ven el abismo social del país y su pueblo? ¿Tan enceguecidos están que aceptan e inclusive impulsan que nuestro norte es “el modelo peruano” con su 80% de pobres, un presidente por año y el fujimorismo como ideario político y ético? O sea, que un modelo de pobreza, inmoralidad y autoritarismo de minorías corruptas, sea nuestro destino.
Vienen tiempos políticos trascendentes en que, como siempre, la disputa cultural será decisiva; por lo tanto, habrá que crear respuestas claras que lleguen al sentido común de las mayorías con ideas y propuestas reformistas en materia económica y cultural, asumiendo las inevitables contradicciones políticas que implican. Su propósito vale la pena: interpelar a las reservas colectivas del pueblo por más igualdad y justicia social.







