Con la intención de ser un puente entre autores y docentes, bibliotecarios y mediadores de lectura, el «Encuentro Anual de Libros y Maestros» celebró su décimo tercera edición ante unos 500 asistentes, con una entrevista a Claudia Piñeiro y una programación que incluyó debates para pensar algunos temas significativos, como la representación de la violencia en la literatura para niñas, niños y adolescentes.

«El mundo de los niños es una relación entre el aquí y ahora, las nuevas tecnologías, la PlayStation, la computadora, el celular, y a la vez, está el mundo de la fantasía, a partir de historias que les permitan volar su imaginación», reflexionó Claudia Piñeiro esta mañana en la sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, donde tuvo lugar la jornada organizada por la editorial Penguin Random House.

Para Piñeiro, una forma de acompañarlos a que prefieran -al menos por un rato – un libro en vez de los dispositivos digitales es ofrecer una literatura sin «hipocresía».

«En los textos para niños y jóvenes es muy importante la verdad, la verdad en lo que se cuenta, en cómo se cuenta, no la verdad en el sentido de que no sea una historia fantasiosa», sostuvo frente a una audiencia entusiasta que se divertía con las anécdotas que contaba la escritora sobre su formación como lectora.

Un público ávido por la lectura

Con asistencia perfecta de casi 500 docentes, bibliotecarios y mediadores – la gran mayoría mujeres-, que se sacaban fotos y selfies con los autores, compraban libros y hacían fila para la firma de ejemplares (la de Piñeiro fue constante: más de 40 minutos dedicando libros), la edición 13° de este encuentro anual redobló su apuesta: afianzar ese mano a mano como una caja de herramientas para quienes trabajan con literatura en edades tempranas.

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«El encuentro con los autores te permite conocerlos mejor porque a partir de lo que ellos exponen conocés cómo piensan para escribir lo que escriben y siempre te dan referencias de otras obras, interrelacionan su trabajo con otros autores, recomiendan y eso te permite descubrir un montón de autores y libros a los que de otro modo no llegás», graficó Mónica a Télam, bibliotecaria de la escuela número 12 de Lanús, que ya lleva cuatro ediciones asistiendo a evento.

Es que si bien el encuentro funciona como una vidriera del rico catálogo infantil y juvenil de la editorial Penguin Random House, más opera como «caja de herramientas», «o recursero con mucha información sobre lecturas», como lo llamó Marta, otra bibliotecaria de una escuela porteña que ya participa hace tantas ediciones que no recuerda.

Como decía Piñeiro al inaugurar la jornada con un repaso sobre sus primeras lecturas y los temas que suele trabajar en su literatura, «no hay que tratar a los niños y los jóvenes como si tuvieran una dificultad, hay que tratarlos con respeto, contándoles desde la verdad».

El escritor y sus vivencias

En una charla posterior, que llevaba por título «Tiempos violentos: representaciones de la violencia en la literatura para jóvenes», el escritor y profesor Esteban Valentino se sumergió en un principio similar: «Hay que ser honesto en lo que uno escribe y si habla de determinados temas, con cierto tono, que sea resultado de lo que pasa por el alma y no por una cuestión de marketing».

El escritor es el autor de «Un desierto lleno de gente», un libro que habla sobre Malvinas y la última dictadura cívico-militar, un conjunto de cuentos, según dijo, que cruzan su vida porque pertenece «a la generación desaparecida».

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«Yo formaba parte de un grupo de militancia de izquierda peronista, era el más grande con 15 años y soy el único que queda vivo. Que me rociara la vida con tanta agua marcó mi modo de ver la historia y no puedo escribir sobre otras cosas», sostuvo.

Por eso, fue contundente: «Los que repudiamos los extremos decidimos enfrentar la violencia, tenemos la obligación de darle a la historia un mensaje sobre lo que los humanos podemos pergeñar del otro lado de la vida porque , incluso en el medio de la locura, podemos crear algo que se le oponga a esta oscuridad, aunque el resultado sea la derrota. Toda mi obra está salpicada con la dignidad de la derrota».

La importancia de la memoria

Verónica Sukaczer, otras de las invitadas a esa charla, escribió «Los nombres prestados», una novela sobre la historia de un sobreviviente de Auschwitz que ahonda sobre la Shoá. «Las películas famosas sobre la Shoá muestran que en situaciones de violencia la gente se ayuda entre sí, es solidaria, se da el pan. En la novela quise mostrar otra cosa: que los buenos en situación límite están intentando sobrevivir, incluso tomando la identidad de otros para lograrlo».

A Sukaczer le interesan los silencios, «todos tenemos temas de los que no hablamos, son constitutivos; el modo que la gente maneja los silencios, qué cuentan y qué no y cómo libera la posibilidad de, por fin, hablar. Todas las historias se basan en silencios», sostuvo la escritora y periodista, quien compartió el panel sobre violencias con Valentino y también con Lydia Carrera, autora de «Un infierno», bajo la moderación de Alicia Serrano.

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Si la literatura es el terreno donde todo es posible, la violencia es una superficie áspera que algunos deciden transformarla en ficción para complejizarla, desacartonarla del hecho pedagógico y hacerla memoria, honesta, desde la calidad poética de los textos. Como lo resumió Carrera: «Yo no quiero que nadie aprenda de mis libros, no quiero echar luz sobre un conflicto, lo que quiero es que el conflicto sea hondo, profundo».

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