En la urgencia de la necesidad de unidad, lo que el kirchnerismo no logra resolver es cómo negociar con otros sectores del peronismo sin perder su identidad. Una perspectiva a la que se había enfrentado, sin resolverla, al tener que pasar de gobierno a  oposición.

Y sí, se habla todo el tiempo de unidad, es el reclamo de la hora. Unidad de la oposición, que es en verdad y exclusivamente unidad del peronismo, la izquierda no participa de la idea, está en la suya. Hoy hay en el peronismo básicamente 4 vertientes, un sector abiertamente antikirchnerista (Pichetto y el Peronismo Federal) que coquetea con Lavagna,  pero no lo termina de seducir. Un no kirchnerismo vacilante (Massa), un no kirchnerismo más negociador (Solá, Alberto Fernández) y, finalmente el kirchnerismo propiamente dicho, que es, hoy por hoy, el más ausente de la escena pública y mediática. Cristina no habla y solo hay dos espadas que se dejan ver cada tanto en actos y sets de televisión: Kiciloff y, en menor medida, Agustín Rossi.

Desde ese conglomerado hay una coincidencia: es imprescindible derrotar a Macri, porque el país se hunde en el desastre y camina hacia una situación incontrolable, desde lo económico y desde lo social. Y ese recambio es planteado como una necesidad urgente, aunque la unidad se demora o espera a tiempos más cercanos a las PASO para resolverse y para definir candidatos, algo que inquieta sobremanera a Gustavo Sylvestre.

¿Cómo es eso de aliarse?

Más allá del bombardeo de encuestas –demasiadas, demasiado cambiantes, demasiado adecuadas al deseo del cliente para ser creíbles- hay una sensación de que el kirchnerismo no solo no puede ir por su cuenta a una elección, sino que no tiene en claro hoy para qué volver al poder y de qué forma. Todos dicen que no se puede regresar de manera masiva a lo anterior, pero no se dice cuál sería ese anterior a superar y dejar atrás. Tal vez todavía no esté muy claro.

El kirchnerismo es un movimiento que se gestó a partir de la llegada de Néstor al poder y fue formulando su proyecto sobre la marcha construyendo sus estructuras como una zona paralela al ejercicio del gobierno.

Hablando con un ex ministro del gobierno de Menem y, luego de que le preguntara si se consideraba menemista respondió que lejos del poder esa denominación carecía de sentido, el menemismo no fue ni pretendió ser una identidad política y su acta de defunción fue el rechazo a participar de la segunda vuelta en 2003, pese a que su círculo más cercano le insistía para que se presentara.

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Con el kirchnerismo pasa algo distinto, sigue siendo una identidad política para propios, extraños y hasta para sus enemigos aunque difieran a lo hora de precisar de qué se trata. Habría que preguntarse en qué consiste esa identidad. Y ahí empiezan las dificultades. Hay como una serie de elementos que podrían definirlo pero que fuera del poder se vuelven más abstractos: inclusión social, redistribución de la riqueza (aunque en este punto los gobiernos de Néstor y Cristina no adoptaron políticas claras), ampliación de derechos. Mucho de eso que se fue haciendo sobre la marcha hoy ha sido arrollado por el gobierno macrista: La inclusión no es una preocupación del oficialismo, la riqueza ha sido redistribuida a favor a los sectores más concentrados de la economía, los derechos cada vez se achican más. ¿Cómo se podría volver a los tiempos felices donde nadie parecía cuestionarse que la patria era el otro?

Hay una tradición pragmática del peronismo, primero acceder al poder, luego se ve qué se puede hacer. Desde esa perspectiva, la idea misma de programa es vista como una mitología de la izquierda. Se prefiere hablar de modelo de país, que es el que provee los objetivos generales y las maneras de cumplir con ellos dependen de las circunstancias y las posibilidades.

La identidad como problema

Resuelto por pertenencia a una tradición política el tema del programa, al kirchnerismo le está pesando lo que podríamos llamar su marca de origen, haberse manejado siempre en el poder. Y hoy todavía no definió cómo pararse en el lugar de la oposición. Un espacio impensado cuando se encaró el proceso electoral de 2015. No estaba en los cálculos de nadie que se pudiera perder la elección. No era una alternativa posible. Y cuando finalmente se dio, el candidato Scioli y su compañero de fórmula Carlos Zanini quedaron solos a la hora de tener que admitir la derrota. Ni siquiera se hizo presente quien encabezaba la lista de diputados, Axel Kiciloff. Se podría pensar que, desde la estrategia electoral y la soledad en que se dejó a Scioli durante toda la campaña, esta fue una derrota lógica. Pero no es este el momento de hacer revisionismo.

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Lo evidente es que el kirchnerismo puesto en el lugar de la oposición se topa con varios problemas. Por un lado, y no es un dato menor, el bombardeo mediático judicial a sus principales caras visibles y los cañones permanentemente apuntados hacia Cristina. Hoy no parece que se hayan encontrado fórmulas adecuadas de contrarrestar esos ataques, algo muy difícil de hacer sin medios afines. Página/12 y C5N son pigmeos al lado del gigantismo de Clarín, La Nación y todas sus repetidoras.

Pero al no considerar a la derrota como posibilidad y con una pésima política de armado de medios que simpatizaran con el gobierno (dejar todo en manos de un insolvente moral y profesional como Szpolski fue un suicidio), hacen que hoy sea muy difícil enfrentar ese ataque permanente, ese periodismo de guerra. En algún momento se encargó Cristina en persona de hacerle frente a estas acusaciones, en un raid mediático que terminó por abandonar, seguramente viendo que no había resultados.

Adiós a Jauretche

El gobierno de Cristina vivió pendiente de los medios, algo que tiene que ver con la inspiración ideológica favorita del kirchnerismo, Arturo Jauretche. Al punto que Aníbal Fernández armó una especie de remake del Manual de Zonceras Argentinas. Lo que provee Jauretche, tan citado por CFK, es la idea de que es el enemigo es el que define la propia identidad. Una frase recurrente por aquellos años decía que si La Nación criticaba era la mejor señal de que se estaban haciendo las cosas bien. Más allá de que es un método que puede ser falible, instala la imagen de un gobierno heroico que se enfrenta a los factores de poder. Una escena ideal para una líder como lo sigue siendo Cristina. Hasta hubo iconografía que la mostraba comandando esta batalla, a la que se llamó cultural. Pero al mismo tiempo, cerraba toda puerta a planteos autónomos y atacaba al sector que hoy define cualquier elección: las clases medias, víctima favorita de Jauretche. Interesante y tal vez profética esta reflexión de Chacho Álvarez cuando aún estaba cerca del kirchnerismo: “Otra vez sacamos el librito de Jauretche para enseñarle a la clase media cómo es un verdadero proyecto popular y vamos a terminar entregando la clase media a algún otro proyecto conservador.”

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Jauretche significó –sobre todo en el segundo mandato de Cristina- una forma de entender la política y sobre todo de transmitir cuál se consideraba, desde el poder, su verdadero sentido. Pero en estos momentos en los que hay que construir alianzas y tratar de conquistar a la clase media, no parece ser la mejor inspiración. Seguir con la imagen de Quijote enfrentado a los molinos de viento lleva a una derrota más que probable. El kirchnerismo se ve obligado a una práctica a la que no está acostumbrado, la negociación. De allí la presencia de Alberto Fernández que de esto de negociar la sabe lunga. De hecho, fue lo que hizo cuando era jefe de gabinete de Néstor.

Tal vez esa necesidad, aunque sea coyuntural y momentánea, de  abandonar las raíces y los estilos de antaño explique el silencio k, sobre todo el de Cristina. Las exigencias del ejercicio de la política contra la propia identidad. De allí que parte de la militancia se encrespe cuando aparecen en el horizonte de alianzas posibles apellidos como el de Massa o en menor medida el de Solá. Algo parecido había pasado con Scioli, maltratado en 6-7-8 y objeto de burlas de mal gusto por entonces de Randazzo, que por entonces aparecía como una promesa del gobierno.

A su vez se rechazan figuras incómodas pero alguna vez valoradas  como Guillermo Moreno o D’Elía por  considerarlos piantavotos. A este dilema se enfrenta hoy el kirchnerismo: realpolitik contra identidad. Dicho de otro modo, construir desde el poder –o, mejor dicho, el poder como condición sine qua non de la construcción de la política- o armar una estructura propia, lo cual llevaría un tiempo que no parece ser el que plantea la urgencia electoral.

 

 

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