PUENTE DE LA POSTRERA

Nos propusimos en estas notas, no juzgar el futuro del puente, tan comentado por estos días y relatar los sucesos acaecidos en esos momentos anteriores inmediatos a su creación. Es que toda la provincia de Buenos Aires en la zona sur estaba circunscripta a la posibilidad del paso del río Salado que se convertía en tiempos de inundaciones en un verdadero cuello de botella, que impedía todo cruce convencional por los pasos conocidos. El de La Postrera por ser una suerte de camino oficial real al sur, tomaba una importancia capital.

Son numerosos los cuentos que ese hecho originaba, es que las tropas de carretas que venían del sur, tenían obligadamente usar ese recorrido que cada día iba adquiriendo más trascendencia. La Nación con el trascurrir de dos décadas desde la anhelada Organización Nacional comenzaba a querer que las comunicaciones tuvieran un marco de seguridad y ligereza, que los huellones de los caminos secundarios demoraban en forma alevosa.

El gobierno nacional dispone alrededor de 1865, encargar a Europa una serie de puentes que ya habían sido empezados a usar por los ferrocarriles para los cruces de ríos importantes. Desde 1857/59 los ferrocarriles empezaban a adentrarse a las pampas y encontraban trabas grandes a sus recorridos por lo que a la usanza del viejo mundo lo solucionaban con un puente, cosa que en nuestro país era casi ignorado pues acá se las arreglaban como podían por vados y bajíos de los ríos. Es así como el gobierno queriendo hacer las cosas con más seriedad encarga a Inglaterra una serie de puentes que se instalan a lo largo de toda la provincia en especial sobre el río Salado que era la barrera para el desarrollo del país hacia el sur. Los saladeros y sus industrias, las salinas tan necesarias, la radicación de estancias de vacunos y ovejas, los ingleses ovejeros eran una parte importante de la riqueza de la zona sur. Todo conformaba una necesidad imperiosa de la creación de un puente de la categoría de La Postrera, fue durante mucho tiempo uno de los puentes más largos en el cruce de un río. Hoy trataremos que relatar lo que sucedía en sus alrededores en los tiempos anteriores al 3 de Febrero de 1872, en que se inauguró, el querido “Puente de Fierro”.

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Mencionamos en nota anterior que era de real importancia el tráfico de las tropas de carretas con sus cargas hacia la gran metrópolis, que cada día reclamaba más carbón del Tuyú, más charqui para las tropas en guerra, más lanas para exportar, productos como granos de trigo, hacienda en pie y muchas cosas más, y allá iban las carretas y rodeos, las galeras y diligencias, todos pasaban “por el paso de L a Postrera” que era el más importante camino real al sur.

Aún estando en baja el Salado las colas de espera eran muy grandes, imaginemos lo que serían en tiempo de inundación, se había intentado construir un paso eficaz a través de una balsa “de maroma”, que era una serie de tablones unidos como balsa, que atado a un cable que unían las dos orillas del río, podían cruzar con mediana seguridad las galeras y las carretas, se tiraba con caballos desde ambas orillas y así trabajosamente se solucionaba el paso del río, en momentos de grandes tropas las galeras llegaban hasta el borde del río y cruzándose los pasajeros en botes continuaban las galeras su pronto viaje, en otra que esperaba en la otra banda. El ingenio era parte del negocio y de esa avidez de tiempo salieron otras mañas que por relatos de ese tiempo quedaron en la leyenda de nombres famosos. Un gran visionario fue el “gallego” Santamaría, pues su tropa de carretas dominaba la zona de oeste hasta Tandil, Azul, Bahía Blanca y pueblos cercanos. Hizo una fortuna que continuó su hijo, con campos en la zona, tan rica en campos de pastoreo y cría. Sucedió algo similar con Don Pedro Luro, un avispado vasco que con su tropa de carretas dominó todo el comercio de la zona sur, se dice que era muy ligero en los negocios como no menos en los juegos de barajas, un negocio que supo ser de él en la plaza de las carretas de Dolores, se llamaba “las 31” un juego muy de moda en esos tiempos, la cuestión que las demoras en el cruce del Salado, que varias veces llegó a se de tres o cuatro meses, era un momento justo para los juegos de barajas y tragos de ginebra; hasta se solían acercar “damas querendonas” para hacer más corta la espera. Fueron famosas las apuestas y más de una carga de carreta pasó a otras manos en una noche de juegos.

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En la parte norte del río una posta de galeras tomó un inusitado valor. “La Azotea Grande” a partir de entonces era la parada obligada por estar casi al lado de la costa del río, sus ruinas hoy a casi 130 años, se pueden ver bien erguidas como reclamando un homenaje que todos le debemos.

HEG

 

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