¿Cómo era posible que en este lugar nacieran chicos? La pregunta corta el paso, cachetea, a los y las visitantes al entrar a la «Pieza de embarazadas», como se llamaba a la celda mínima donde se alojaba a las mujeres encintas para mantenerlas con vida hasta el momento del parto. Era «la pequeña Sardá», como la bautizó con cinismo el mandamás de la Esma, Rubén Jacinto Chamorro. La pregunta sale del testimonio de Lila Pastoriza. Se la hizo al torturador Luis D’Imperio, y ella cuenta que él le contestó: «Mirá, los chicos son inocentes, no tienen la culpa de tener padres terroristas, por eso nosotros se los entregamos a familias que les van a dar otra educación». 

Tal como fue concebido este museo, la sala contrasta con la terrible Capuchita: es un espacio con luz blanca intensa, al que se accede mientras se escucha la voz de Sara Solarz de Osatinsky, sobreviviente y testigo de muchos partos en este lugar. La pregunta vuelve entonces en tiempo presente, acompaña al visitante, lo escolta hasta la Avenida Libertador, queda planteada: ¿Cómo era posible?

Lo que muestra la muestra del Museo de la Esma es todo el terror posible, aún el inimaginable: ¿Cómo era posible? Y sin embargo el visitante se lleva de allí esta y otras preguntas, entre cargas de otro orden. Porque lo que logra el espacio (y de algún modo todo el sitio de memoria, de diferentes maneras y en sus diferentes espacios), es abrir una dimensión esperanzadora, de reflexión y acción. 

Lo saben quienes están pensando hoy, mientras celebran que exista un espacio como éste desde hace ya cinco años, cómo sostenerlo de manera remota, aún frente a lo intransferible de la experiencia. Lo sabe ya este país: manenter la memoria es imperioso, siempre.  

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