Cuando se anunció el alto el fuego en Gaza el miércoles, no fue recibido con los vítores jubilosos que uno podría imaginar. En su lugar, se encontró con silencio e introspección, como si solo un vidente pudiera adivinar lo que deparaba el futuro.

Para muchos, el anuncio trajo emociones encontradas. Para algunos, representó un respiro momentáneo de una ofensiva que ha devastado la región durante más de un año; para otros, fue un recordatorio sobrio de que el fin de esta agresión no implica necesariamente el comienzo de la paz, sino el retorno a una existencia dolorosa y fracturada.

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