Sudán del Sur es el país más joven del mundo, con una fundación que se remonta a, tan solo, siete años atrás. Su independencia llegó después de una larga y sangrienta guerra con Sudán, conflicto que no terminó con la escisión, pues la inestabilidad y la violencia aún campan a sus anchas por esta región del Nilo, que una vez los ingleses llamaron Ecuatoria.

A unos 60 kilómetros de la capital, Juba, encontramos a una de las comunidades tradicionales más fascinantes del planeta: los mundari. Se trata de un grupo étnico seminómada que mantiene gran parte de su cultura tradicional como ganaderos.

En simbiosis con su ganado

Las cenizas sagradas de las hogueras Mundari, un lazo entre el presente y los ancestros. Fotografía de Aníbal BuenoAnibal Bueno

Lo más sorprendente de este pueblo nilótico no es su impresionante altura, siendo junto con los dinkas la etnia más alta del mundo -con medias de más de dos metros-, sino la relación que establecen con sus vacas.

El ganado de los mundari está compuesto, principalmente, por animales de la especie Ankole-Watusi, una variedad bovina oriunda de África oriental que se caracteriza por poseer unas colosales cornamentas.

Las Ankole son sagradas para los mundari, pues afirman que les sirven de médiums para comunicarse con su dios, Ngun. Es por ello que cada ejemplar que puebla el campamento es tratado con sumo respeto y cariño, hasta unos límites asombrosos. Entre otros cuidados, los niños les masajean escrupulosamente los lomos al atardecer, durante horas.

Un joven Mundari junto a su vaca Ankole, símbolo de su identidad y altura cultural. Fotografía de Aníbal Bueno

Las vacas sagradas

Al tratarse de elementos simbólicos y sagrados, estas cabezas de ganado no son sacrificadas para la obtención de carne. Solamente se consume su leche, directamente bebida desde la ubre, y su sangre, extraída mediante una perforación temporal de la arteria del cuello. El único momento en el que se sacrifica a uno de estos animales es en la conocida como ceremonia de nombramiento.

Y es que, cuando una vaca nace, inmediatamente recibe un nombre; cosa que no ocurre con los niños de la comunidad, los cuales carecen del mismo hasta que alcanzan los siete u ocho años. Es entonces cuando, en la mencionada ceremonia, se da muerte a la res favorita del joven y este adquiere el nombre de la misma. 

Al tratarse de elementos simbólicos y sagrados, estas cabezas de ganado no son sacrificadas para la obtención de carne. Fotografía de Aníbal Bueno

Es ese mismo día, también, cuando en un ritual de paso a la edad adulta único en el mundo, los familiares del menor le marcan la frente para siempre con un cuchillo, realizando cinco escarificaciones simétricas en forma de V, en honor a la forma de los cuernos del ganado.

Símbolos identitarios

Para este pueblo, cada detalle de las vacas se convierte en un símbolo de identidad. Los líderes de la comunidad marcan el territorio que consideran propio, y al cual denominan mundariland, con tótems sagrados confeccionados con calaveras del ganado y pintados a franjas blancas y negras. Por otro lado, los miembros de los campamentos de pastores se saludan alzando los brazos en el aire, imitando, una vez más, las cornamentas de las Ankole.

Para este pueblo, cada detalle de las vacas se convierte en un símbolo de identidad. Fotografía de Aníbal Bueno

Pero esta devoción los lleva varios pasos más allá. Los asentamientos ganaderos mundari exhiben hogueras activas las veinticuatro horas del día, las cuales son también sagradas, pues se trata de excrementos de vaca ardiendo y generando un eterno humo ambiental que, según dicen, les conecta con los ancestros. Y son las cenizas de estas hogueras de heces las que se untan por todo el cuerpo, como forma de unirse al mundo espiritual, a la vez que protegerse de los peligrosos mosquitos transmisores de la malaria.

Los miembros de la comunidad pasan horas hablando del ganado. De hecho, su idioma tradicional tiene más palabras para describir las características físicas de las Ankole que para cualquier otra cosa. Les gustan, sobre todo, de color blanco; una preferencia que ha llevado a una evidente selección artificial, pues a día de hoy apenas se ven ejemplares de otros colores. Del mismo modo, se consideran más valiosas aquellas con la cornamenta más pronunciada, retorcida o decorada, por lo que los niños dedican varias horas al día a presionar las astas de sus reses favoritas, tratando de moldearlas al gusto.

Los miembros de la comunidad tienden a pasar horas hablando del ganado. Fotografía de Aníbal Bueno

La relación más íntima

En un grado adicional de conexión e intimidad con las vacas, gran parte de los mundari se ducha, a diario, metiéndose bajo el chorro de orina de alguna de las Ankole del campamento; esto no solo les sirve para limpiar la ceniza que usualmente tienen sobre la piel, sino también para recibir una protección extra contra los insectos y, lo que es más importante aún, conseguir decolorar su pelo, otorgándoles un característico color anaranjado que es también seña de identidad tribal.

Los Mundari fortalecen su vínculo con las vacas Ankole bañándose diariamente en su orina. Fotografía de Aníbal Bueno

Los niños, por su parte, una de las primeras actividades que llevan a cabo al levantarse es la de estimular las vaginas de las vacas haciendo uso de sus bocas: abren con las manos la vulva del animal e, introduciendo sus labios, soplan fuerte. Los ancianos del lugar aseguran que se trata de una manera efectiva de aumentar la producción de leche.

Y toda esta actividad se repite en cada nueva localización. Cuando el pasto es insuficiente el campamento ha de ser desplazado y las miles de vacas que forman parte de él se trasladan, junto a los pastores, cruzando el Nilo a nado si es necesario. El itinerario es repetido año tras año, en un ciclo estacional que hace que se vayan estableciendo, junto al río, estos asentamientos de estética distópica, repletos de tótems, humo, enormes cuernos de vaca y personas cubiertas de ceniza portando kalashnikovs para defender su bien más preciado.

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