Seis horas de espera por una comida. Esa es la rutina «agotadora» de Nihaya Al-Masri, una mujer de 35 años que cada día aguarda frente a una cocina comunitaria para alimentar a su familia numerosa en Gaza.
En Jan Yunis, en el sur del territorio palestino, Nihaya vive con sus ocho hijos, de entre tres y 14 años, y su marido, herido en las piernas durante un bombardeo. Todos comparten una tienda de campaña y dependen de la ayuda humanitaria para conseguir alimentos. Sin el punto de distribución gratuita gestionado por organizaciones humanitarias, no tendrían «nada de nada», cuenta a la agencia AFP.
Cada mañana, Nihaya sale «temprano por la mañana» y no regresa hasta «por la tarde», después de pasar horas esperando su ración. Cuando finalmente llega a su refugio, lleva cuatro bandejas con arroz, lentejas y un poco de pollo. Entonces, toda la familia se precipita sobre la comida, incluido su marido, que «no puede ir a pelearse con los demás» para conseguir un plato.
Sin embargo, esas cuatro bandejas deben bastar para todo el día. No hay desayuno ni cena: la harina se ha vuelto «escasa», explica Nihaya, por lo que tiene que economizarla. De este modo, una única comida se convierte en el sustento diario de una familia de diez personas.
Su historia refleja una realidad que persiste en Gaza un año después de la entrada en vigor del alto el fuego entre el ejército israelí y el movimiento de resistencia palestino Hamás. Aunque la situación alimentaria ha experimentado cierta mejoría, para numerosas familias la posibilidad de acceder a alimentos suficientes y nutritivos continúa siendo una lucha cotidiana.
Una hambruna que nunca se fue del todo
La evolución de la crisis alimentaria ha estado marcada por evaluaciones contradictorias y cambios en las condiciones sobre el terreno. En agosto de 2025, el Marco Integrado de Clasificación de la Seguridad Alimentaria (IPC, por sus siglas en inglés), un organismo respaldado por Naciones Unidas, declaró la situación de hambruna en Gaza. Israel, por su parte, calificó esa evaluación de «mentiras».
Cuatro meses más tarde, en diciembre, la ONU anunció que el territorio ya no se consideraba en situación de hambruna. Según la organización, esta evolución respondía al alto el fuego, que había entrado en vigor dos meses antes, y al aumento de la ayuda humanitaria.
No obstante, salir de la clasificación oficial de hambruna no equivale a recuperar unas condiciones de vida adecuadas. Las dificultades económicas, el acceso limitado a una dieta variada y las consecuencias de la desnutrición siguen condicionando la vida de los gazatíes.
En esta línea, Shaun Hughes, director del Programa Mundial de Alimentos (PMA), asegura que la situación sigue siendo «extremadamente grave» en este territorio superpoblado, devastado por dos años de ofensiva israelí.
Las cifras respaldan la preocupación del responsable humanitario. Alrededor de 1,4 millones de personas, de los 2,1 millones de habitantes de Gaza, «se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda», afirmó Hughes. Además, 200.000 personas siguen rozando el umbral de la hambruna.
Los niños sueñan con comer fruta
Esa falta de recursos se refleja en la alimentación de los hijos de Nihaya. Los menores, de entre tres y 14 años, «sueñan con comer fruta», explica su madre. Sin embargo, ella «no tiene medios para comprarla».
La escasez de una dieta variada ya ha tenido consecuencias en su propia familia. Uno de sus hijos sufrió desnutrición durante la hambruna y, aunque su estado mejoró, la recuperación fue progresiva. «Poco a poco, su estado mejoró», recuerda Nihaya.
Ahora bien, la desnutrición no depende exclusivamente de la cantidad de comida disponible. También aparece cuando la alimentación carece de nutrientes esenciales, necesarios para el crecimiento, el desarrollo y el funcionamiento del organismo.
En la infancia, estas carencias debilitan el sistema inmunitario, aumentan la vulnerabilidad a las enfermedades y comprometen el crecimiento. Además, cuando la desnutrición aguda se repite, sus efectos pueden prolongarse durante toda la vida, incluso si posteriormente mejora el acceso a los alimentos.
Así lo advirtió Hughes al referirse a las consecuencias de la crisis nutricional en Gaza. «Los episodios repetidos de desnutrición aguda en los niños son pruebas de las que los seres humanos simplemente no se recuperan», explicó. El director del PMA subrayó, asimismo, que las secuelas cognitivas y físicas vinculadas a la hambruna «persisten a lo largo de toda su vida».
A este problema se suma la dificultad de conseguir una dieta equilibrada. Para Hughes, la diversidad alimentaria representa un «reto mayor» para la seguridad alimentaria en Gaza. Aunque los alimentos ricos en proteínas están disponibles en los mercados, «no son asequibles» para la mayoría de los gazatíes.
Por tanto, la presencia de alimentos en los comercios no garantiza que la población pueda acceder a ellos. En la práctica, muchas familias deben conformarse con lo que pueden conseguir gratuitamente o comprar con sus escasos recursos, aunque no sea suficiente para cubrir sus necesidades nutricionales.







