¿Es la cascada de “los dos cañitos” de Adorni un equivalente a lo que fue, como símbolo de opulencia y corrupción, el tapado de piel de María Julia Alsogaray en los 90? En la lista se podrían agregar otros objetos de alto impacto: el implante capilar, el jacuzzi con apoyacabezas, la cocina con isla, la espalda deslomada en Nueva York. Y personajes: la escribana estrafalaria y la esposa del ministro de ministros que usa la custodio oficial para los mandados. Todo esto se podría comparar con la Ferrari de Carlos Menem, el cocodrilo que habría nadado en la pileta de la Quinta de Olivos o el rumor sobre la cirugía de nalgas del exministro del Interior José Luis Manzano. Son íconos del menemato que Pierre Restany, crítico francés con mucha incidencia en el arte argentino, llamó exponentes del “gusto guarango”.

Una frase como la de Carlos Pagni sobre este tema –“no sé si Adorni debe ser sancionado en nombre de la ética o de la estética”– es oportuna para pensar cómo “lo mersa” atraviesa los imaginarios sobre la corrupción y las representaciones de los funcionarios, desde la conversión del exsecretario de Planificación de Menem, Moisés Ikonicoff, en figura del teatro de revista, hasta los besos de baja verosimilitud entre Javier Milei y Yuyito González. El cruce que propuso Pagni entre ética y estética es ideal para pensar las connotaciones clasistas detrás de la designación de lo “grasa”.

Las burlas que Adorni recibió a partir de que se empezaron a conocer los detalles de su inexplicable fortuna se podrían clasificar en dos grupos: las que vinieron “por abajo” y las que vinieron “por arriba”.

Disparen por abajo

Si el menemismo les dio a las clases populares el derecho a soñar con lo que no tenían, desde unas vacaciones en Florianópolis hasta un CD adquirido en Musimundo o productos de Free-shop -más allá de si se los podía alcanzar o no-, algo de eso podría haber operado en las esperanzas e ilusiones que despertó Milei en sus militantes y en sus votantes. ¿Cómo interfirieron -en clave de desilusión y bronca– esas expectativas en la recepción del Adornigate?

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Estar negándole hoy a las mayorías la posibilidad de consumir -esos pequeños lujos de clase media, pero también lo básico-, mientras el mismo Adorni compraba propiedades de forma muy dudosa, generó una hecatombe.

Entró a jugar el factor hipocresía: el vocero que denunció radiografías de perros para sacarle pensiones a personas con discapacidad y que pedía auditorías para el Garrahan, ahora no puede mostrar ni una factura.

¿Habrá además en los memes que tildan a Adorni de grasa -como el que lo muestra transfigurado en Leo Mattioli– el señalamiento de un colmo? ¿Una especie de vuelto contra un sector político que se ha proclamado estéticamente superior?

“Este gobierno llegó al poder con la promesa de terminar con los privilegios de ‘la casta’ y de no utilizar el Estado como botín. Cuando aparece un funcionario que gasta 850.000 dólares habiendo comprado antes la ropa por kilose quiebra la propia discursividad del gobierno”, dice Mariano Schuster, editor en la revista Nueva Sociedad.

Para Schuster, la cascada en la pileta de Adorni no es tanto un símbolo de ‘mal gusto’, como la prueba de que el sacrificio era sólo para los de abajo: mientras a la sociedad se le pide ajuste, un jefe de Gabinete paga 245.000 dólares en efectivo para remodelar su casa de country. “Es la vieja historia de un capitalismo de amigos en la que los recursos de todos financian el ascenso de unos pocos conectados con el poder, solo que esta vez la ejecuta una fuerza que había hecho de la denuncia de esa práctica, uno de sus principales capitales políticos”, dice Schuster, autor del libro El pasado no ha muerto (Siglo XXI Editores) .

Disparen por arriba

“A Adorni lo dejaban un mes más y ponía dos leones de yeso al frente de la casa de Indio Cua”, se lee por ahí.

Cuando Pagni se pregunta si Adorni debería ser sancionado “en nombre de la ética o de la estética”, se expresa una forma de crítica “por arriba”. Y esta lleva a preguntarse: ¿si los gustos y las elecciones del jefe de Gabinete hubieran sido más austeros, hubiera sido mejor? ¿Qué pasa cuando se investiga por corrupción a quienes por su origen social se supone que tienen gustos más refinados, como los dirigentes del PRO por ejemplo? ¿Cuando la acusación es de corrupto, será un agravante ser percibido como nuevo rico?

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Hace algunos años, en el libro ¿Qué hacemos con Menem?, editado por Pablo Touzón y Martín Rodríguez, Mariano Schuster publicó un capítulo sobre las críticas progresistas a la gestión de Menem. Allí planteé la existencia de dos tipos de críticas ‘progresistas’ al menemismo: una, anclada en la desigualdad, esbozada por quienes provenían de tradiciones asociadas a la izquierda. La otra venía de sectores del liberalismo cultural que impugnaba al menemismo, no tanto por sus políticas como por su estética plebeya, y cuyo planteo de fondo no era atacar al neoliberalismo sino recuperarlo para quienes supuestamente lo merecían”, dice Mariano Schuster.

“El problema era que Menem se sentara en la Ferrari, más que el hecho de que la tuviera; no era el champán francés lo que indignaba, sino que lo tomara alguien a quien, sin decirlo, veían como ‘un negro sin paladar’”, dice Schuster.

“A Adorni hay que investigarlo y, si corresponde, condenarlo por lo que efectivamente hizo. No por cómo decoró la pileta. La crítica clasista al gusto de Adorni termina, paradójicamente, desplazando lo que debería ser central”, dice Schuster.

El caso de Adorni muestra, para la antropóloga e investigadora Victoria Gessaghi, cómo se construyen jerarquías sociales a partir de consumos y gustos. “La refacción de su casa, los materiales y la cascada se asocian con los criterios estéticos de quienes recién adquieren el capital económico para acceder a esos consumos. Se tiene ‘buen’ gusto luego de pasar una larga estadía entre quienes poseen los capitales necesarios para imponer lo que es bello y lo que es ‘grasa’. Adorni obtiene bienes que son los que compraría cualquier persona de clase media”.

Al calzar con las aspiraciones de la clase media, la frustración es mayor. “Esto enoja mucho, justamente por lo cerca que está Adorni en el espacio social de aquellos que lo impugnan. Todos aspiramos a poder pintar nuestra casa. Pero el yate de Insaurralde o estar habituados a comprar ropa afuera, como Caputo, nos queda lejos”, dice Gessaghi.

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“A los ricos en serio, esos que hicieron su riqueza de modos opacos también pero parecen ‘señores’ como los Macri y los Caputo, no se los impugna. Ellos están tan lejos de nuestro espacio social, también en el espacio geográfico, que no llegamos a impugnarlos. De todas formas, creo lo que no se le perdona a Adorni no es un supuesto mal gusto, sino que se presentó como moralmente superior y terminó siendo un perejil”, dice Gessaghi.

La frase de Pagni encierra un modo clásico de impugnación de ciertos grupos dentro de las clases ilustradas de decirles “negros”, “grasas”, “mersas”, o sus variantes, “a quienes detentan menos capital cultural legítimo”. Dice Gessaghi: “En el caso del menemismo se mezcla con el antiperonismo que asocia al peronismo a la barbarie inculta. El consumo ostentoso del menemismo se impugna primero por asociarse al gusto de los sectores populares y luego por corrupción. En ese orden”, dice Gessaghi.

La socióloga Sol Montero lo dijo en X con otras palabras: “Mientras más mersa y prosaico sea todo, más se va a limar su imagen. ¿Un yate, un Rolex? Cosas de millonarios, inaccesibles, casi inimaginables. ¿Un patio con una fuente, una isla en la cocina, un piso de porcelanato? Es algo que cualquiera de nosotros podría tener y nos robaron”.

Lo que genera rechazo en la imagen de ‘la pizza con champán’ es la contaminación: la bebida más fina con la comida más berreta. El escándalo de mezclarlas se sostiene, al fin y al cabo, sobre un pánico moral. Entender de dónde viene esa reacción podría ayudar a que la cascada no tape el verdadero saqueo.

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