Desde hace siete años el equipo de narradores orales Casa Cuna Cuenteros, que acaba de ser distinguido con el Premio Internacional IBBY-Asahi de Promoción de la Lectura 2020, lleva adelante en el Hospital de Niños Pedro de Elizalde un ritual de narración de historias que propone «restituir el espacio de juego» y alivianar por un rato las preocupaciones de los pequeños pacientes y sus familias, según explica Alejandra Alliende, una de las creadoras de la iniciativa.

Todavía azorada por la noticia del galardón -anunciado ayer por la misma institución que también concede el Premio Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de la literatura infantil- la narradora cuenta a Télam que vivió varios picos emotivos en la tarde de ayer, en especial cuando el personal del hospital les envió un video donde se veía a todos los residentes con el barbijo reglamentario en situación de aplauso sostenido.

La iniciativa del grupo Casa Cuna Cuenteros nació en julio de 2013 en una actividad de la Feria del Libro Infantil y Juvenil donde confluyeron Alliende, la narradora Verónica Álvarez Rivera y la psicóloga Laura Ormando. Una charla casual acerca de la ausencia de actividades recreativas en el Hospital de Niños Pedro de Elizalde -allí trabaja la terapeuta- desencadenó un impulso colectivo que arrancó sin demasiada planificación en esos días y fue tomando cuerpo hasta transformarse en un programa compacto que sus creadores y colaboradores realizan ad honorem.

«No hacemos una reelaboración terapéutica de los relatos, es decir, no elegimos una historia para que los niños atraviesen el dolor o para tratar tal tema. No, lo que hacemos es restablecer el tiempo de juego que por estar en el hospital se ve interrumpido, ya sea porque un chico está internado o esperando al doctor», explica la narradora.

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La palabra no tiene el potencial sanador de la medicina pero puede funcionar como la pausa reparadora en la antesala de un diagnóstico complejo o difícil de procesar y convertir por un rato la aséptica sala de espera de un hospital en una escena dinámica donde médicos y enfermeras aportan complicidad al despliegue de relatos que teatraliza un grupo de narradores vestidos con remeras coloridas.

«Nos gusta trabajar con el relato en sí mismo pero también con la escena que se despliega alrededor. Establecemos también como un guiño con los médicos que pasan. De repente les decimos ‘¿No es cierto que hay que lavarse los dientes como este gato que aparece en el cuento?’… y así un montón de situaciones donde interactuamos con el entorno», señala Alliende.

 

Nominada a la distinción por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina (Alija), Casa Cuna Cuenteros fue elegida ganadora por IBBY, la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil, entre veinticinco propuestas de distintas partes del mundo.

El grupo integrado por 17 narradores estables y otros ocasionales se hace presente una vez por semana en espacios itinerantes del complejo hospitalario para narrar historias que surgieron de donaciones previamente supervisadas en función de la temática y las cualidades visuales del libro.

«Somos selectivos por las características de la iniciativa: trabajamos con libro-album o libro ilustrado. Tiene que tener una buena historia e imágenes potentes y convocantes porque excepto cuando narramos en la instancia más íntima de una habitación, cuando ocupamos una sala general necesitamos que el libro se vea -señala Alliende-. Tienen que ser libros con ilustraciones grandes, que cuenten historias con mucha fantasía, con animales protagonistas o chicos con superpoderes».

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En el ritual que proponen los narradores de Casa Cuna Cuenteros, más que leer en voz alta de lo que se trata es de interpretar las acciones que describe el texto: «Hacemos una adaptación oral de cada historia escrita pero con el soporte del libro -detalla-. El cuento narrado tiene otros tiempos a diferencia del cuento leído. Cuando uno lee en su casa uno tiene un encuentro íntimo con el libro, mientras que en la narración ante un público la idea es que el relato avance todo el tiempo».

Las rutinas de lectura tienen lugar en la sala de espera general, la sala Esperanza -que aloja a niños con diagnóstico probable de cáncer- en el patio y también en algunas habitaciones. Menos en este último espacio, donde la apuesta es más intimista, en el resto de las instancias se trabaja sobre la idea de un «público» que se renueva permanentemente y que a veces se incorpora tardíamente a la escena.

«Tenemos que tener en cuenta que es un público que entra y sale porque están esperando que los atiendan, así que la idea es que si se suman cuando el relato ya empezó, por lo menos puedan ver una imagen de una selva o de un personaje que los ayude a situarse en la historia. Muchas veces tenemos que esperar a que vuelvan de su turno para relatarles el final de un cuento -relata Alliende-. No es lo mismo un nene que llora porque lo va a atender un médico que un nene que llora porque no se quiere perder el final de un cuento».

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Otra particularidad que toma en cuenta el grupo es la heterogeneidad de los receptores y los distintos procesos de escolarización: «Tomamos la idea de lectura en un sentido muy amplio porque en el hospital nos encontramos con población que muchas veces no sabe leer, incluso en edades donde el chico ya debería estar alfabetizado y escolarizado. Nunca podemos dar por supuesto que una niño o niña sabe y puede leer en voz alta para los demás», aclara.

Alliende cuenta también que ella se adaptó desde el principio a convivir con la angustia que generan las problemáticas de los niños en general y en especial las asociadas a patologías complejas, aunque algunos de los integrantes de «Casa Cuna Cuenteros» han recibido contención psicológica para afrontar algunos altibajos.

«Nos manejamos con niños en tanto niños. No vemos su situación de enfermos o pacientes y no nos ponemos en ese lugar de tratarlos como niños desvalidos o como si les estuviéramos ofreciendo una dádiva. Preferimos un lugar activo y convocante, decirles enérgicamente ‘Hola chicos, vengan a escuchar historias y a jugar’. Nuestro objetvo es restituir el tiempo lúdico y darle voz al paciente», concluye la narradora.

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