Hoy vuelve a ser “primavera”. Corta, olorosa. La fiesta funda su patria y su bandera sobre una alegría sufrida que penetra y te atraviesa. Se la oye de lejos, subida a la esperanza con su cante hondo. El resultado es de un brillo cegador, que engancha, cautiva y permite seguir subido a la esperanza. Se ganó. Sin más. Apareció Messi, como de costumbre, para iluminar algo de magia ante tanta oscuridad. Un primer tiempo de trámite ante un rival desdibujado, primitivo, estructurado bajo un obsesivo comportamiento defensivo, sin ideas ni creatividad.
La segunda parte fue otra cosa. Argentina entregó el partido, lo “regaló”. Fabricó un repliegue emocional para el análisis. Eran momentos para “dormir” el encuentro, con el balón en los pies, como mejor se crea y se defiende. Se replegó bajo esas disfunciones del alma que hablan de una cierta inmadurez y una falta de confianza traducida en la voluntad de “perderse”, de “extraviarse”, de “desaparecer” cuando el resultado le es favorable. Así llegaron los empates de Cabo Verde, y la desesperación se hizo evidente. La trampa consistió en un fútbol que, en su ritmo cansino, desnudó una obsolescencia programada de la que no se paró de tocar para permanecer en el mismo sitio. Si bien en el fútbol no podemos controlarlo todo, sí tenemos una gran cuota de libertad para elegir cómo vivirlo. Se ausentaron las individualidades, y la lógica demuestra cuánto necesitamos de ellas. Los “socios” se reconocieron recién en el alargue, para crear algunas complicidades, y poco más. El cabezazo del Cuti sentenció el partido
La fiesta se prolonga. Necesitamos de los abrazos de piel para escapar a este presente tan empobrecido. Necesitamos de estas liturgias, para celebrar lo vivido, para extraviarse, palpitar, dejarse llevar y olvidar, por momentos, la tragedia de esta enorme panoplia de delirios neoliberales. En tiempos de Milei, cualquier tipo de placer sirve de consuelo contra su tiranía.







