Lo que se vive o contempla en el escenario político debería persuadir para que un colectivo social, no importa si de minorías intensas, sea capaz de encuadrarlo en el quincuagésimo aniversario del golpe.
Semejante fecha es convocante para darle contexto a este modelo de país primarizado, sumido en un industricidio. País pensado para que, como mucho, alcance al tercio de su población. Unos 47 millones de habitantes no entran ni por asomo en el esquema oligárquico de aprovechar, sólo, producción agroexportadora, combustibles, minería e intermediación financiera, más economía de servicios y del conocimiento que podrán usufructuar los (muy) pocos.
En proporción, es exactamente lo mismo que los militares y José Martínez de Hoz implementaron en 1976, cuando éramos 25 millones y el modelo también se diseñó para su parte ínfima. Surgieron actividades y retos tecnológicos entonces inimaginables pero, en esencia, la cuarta M reproduce a las tres previas con notable coherencia y hasta profundización.
Esta de hoy es particularmente intragable, visto que fue votada y que conserva apoyo popular, amplio o significativo, pese a las enseñanzas de las anteriores.
En el recorrido de estos 50 años desde el golpe militar, cívico y eclesiástico, o de los 43 que llevamos desde la recuperación democrática, algunas cosas se hicieron muy bien y otras, muchas, demasiado mal como para que transitemos este engendro extremista.
Pareciera que es el peor de sus momentos por una combinación eventualmente fatal: malaria acentuada, caída de las expectativas económicas y empalme con escándalos de corrupción. Esto último tiene el agregado de su ¿insólito? rebote mediático en la prensa oficialista.
Se remarca así que el poder verdadero, el de las corporaciones de la economía, ya mira con cierto desprecio o desconfianza a la mascota que supo servirle a pleno desde hace dos años y pico.
Mientras tanto, el núcleo opositor o la oposición en conjunto sigue sin acertarle a cómo re-entusiasmar. O a regenerar.
El miércoles pasado, en la actividad del Centro Cultural de la Cooperación que congregó tantos sentimientos como reflexiones que huyeron de lugares comunes, quien firma rescató una nota de María Seoane, en Caras y Caretas, a 40 años del golpe.
Se lee allí que los negacionistas argentinos –periodistas, intelectuales y algunos funcionarios del actual gobierno de derecha de Mauricio Macri- quieren negar algo más que sus crímenes. Quieren barrer la memoria histórica de por qué se cometieron. Si se corre ese velo de sus asesinatos, torturas, robos de bebés, secuestros, botines, anidan los beneficiarios directos de la “guerra sucia”: los dueños del poder económico nacional y transnacional, pasado y actual. Escrito en 2016.
La tendencia fue en aumento y al re-publicar el artículo de Seoane, lo que hace apenas 10 años era una marginalidad provocadora pasó al centro de la escena en el tratamiento oficial y mediático de lo que fue la dictadura.
Pero, en verdad, se refuerza su monstruosidad porque, como indica la historiadora Marina Franco, ya ni siquiera se trata de negacionismo.
Es más grave, porque ahora no niegan.
Justifican lo que hicieron en base al relato de combatir a “la subversión”, que ya estaba completamente derrotada como los propios militares habían admitido en diciembre de 1975 (discurso de Santiago Omar Riveros, comandante de Institutos Militares, en Estados Unidos, ante la Junta Interamericana de Defensa).
Nos interrogamos, en consecuencia, cómo es posible que hayan avanzado así. Cómo es posible que llegaran hasta este límite de poner en cuestión a uno de los orgullos más conmovedores de nuestra historia, el juicio a las Juntas, el castigo a los ejecutores, todo aquello que infla el pecho en el mundo cuando uno dice que es argentino.
Y nos re-preguntamos si, acaso, el interrogante no será qué nos pasó a nosotros, para que ellos pudieran consumar este desatino tétrico.
Nos pasamos buena o la mayor parte de nuestra vida periodística diciendo que había que dejarse de convencernos entre los convencidos. Que había que ampliar, llegar a nuevos públicos, seducir por fuera del consignismo, los lenguajes panfletarios, las frases de ocasión. Y claro que eso sigue siendo necesario. Más necesario que nunca.
Pero pasa que también hay que convencernos y vigorizarnos entre los convencidos, porque resulta que muchos de los convencidos eran y son presuntos. Que bajamos la guardia creyendo que había convicciones ya asentadas para siempre y que se colaron por prácticamente todos lados y, lo más turbador, entre los jóvenes.
Acerca de esto hay una entrevista imperdible, impactante, realizada por el colega Andrés Miquel y publicada en la edición de este viernes por Buenos Aires/12. Emilce Moler, sobreviviente de La Noche de los Lápices, despliega allí una serie de conceptos que son de lo más profundo y desafiante a propósito de cómo analizar y proyectar este aniversario emblemático.
Desde su título, la interpelación es concreta. “Habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras”.
Moler remite a la crisis de términos y significados en el campo de los derechos humanos. Amerita, dice, el surgimiento de nuevas generaciones que hablen con el lenguaje actual porque no podemos explicarles hablando minutos u horas de la dictadura, como venimos haciéndolo, porque no te escuchan. No te entienden las palabras. No comprenden qué es negacionismo o crímenes de lesa humanidad, según relata desde su experiencia que no es cualquiera. Es la de alguien que, subrayado, sobrevivió a La Noche de los Lápices.
“Nosotros también fuimos irreverentes, (…) pudimos aprender y ser sensibles y, entonces, tenemos que volver a reconstruir eso. Pero no alcanza con repetir los símbolos como un karma”.
Tejer ese nuevo mensaje, aclara, no es dejar de señalizar calles, colocar baldosas, enjuiciar a los genocidas o construir más sitios de memoria. Eso está y debe continuar estando pero, agrega, ¿cuál es la agenda que les proponés a los pibes para que vengan a militar los derechos humanos? Hoy estamos a la defensiva. Y hay que volver a estar a la vanguardia.
Moler añade que, cuando se le pregunta a un pibe por los derechos humanos, te pueden decir que es una consigna. O bien, una consigna kirchnerista. Pero “pasa que los símbolos y las consignas se desgastan”. Y que por eso hay que recrearlas y alimentarlas.
La democracia consolidada en más de 40 años “está en un punto crítico” y los militantes, frente a Milei, quedaron “perplejos, atónitos, paralizados”.
Es lo peor que le puede pasar a un militante “y no se puede salir de ahí porque, cuando se cree que el Gobierno ya hizo todo, hay un paso más”.
Reclama que vuelva la empatía con el de al lado, al indagar desde cuándo un pobre piensa que está como está por culpa de otro pobre y no por los poderosos.
Advierte que se rompió la Matrix de lo consensuado. Previene que la reconstrucción no debe imponerse desde conceptos que, “quizás, ya no despiertan empatía”.
Dejamos para el cierre de la cita su referencia a las nuevas luchas y, entre ellas, el feminismo. Aquí también sirve adosar que ese fenómeno debe ser analizado en perspectiva histórico-estructural y no mediante el señalamiento de que algunas convocatorias y actitudes se pasaron varios pueblos, cual si lo supletorio reemplazara a lo principal.
Como indica Emilce para ejemplificar, ella -y la inmensa mayoría- no vio venir la ola verde que sucedió con familias y partidos políticos divididos. Chicas con el pañuelo verde en escuelas católicas. “Creo que se viene algo así. Algo que nos va a sorprender”.
Uno no sabe si su fe tiene razón. ¿Cómo podría saberse?
Pero sí sabe que nada ocurrirá, para bien, si nos gana el derrotismo.
Este martes 24, aún sin liderazgos, con una oposición desperdigada, desconcertados y absortos por esto casi inenarrable que gobierna la Argentina o, al contrario, precisamente por eso, tendremos la oportunidad de demostrar que somos muchísimos saliendo a la calle agarrados de lo imprescindible. Que la memoria no se extingue por decretos. Ni por las desclasificaciones de la SIDE que les convienen a ellos. Ni por nada de lo que intenten o consumen.
Seamos muy directos. Ellos se reconocen en un nosotros. Y nosotros, con todas nuestras internas imbéciles, con todas nuestras ausencias, con todos nuestros deméritos atravesados por simplemente denunciar lo que hacen ellos, todavía no reconstruimos el para qué. Pero sí disponemos del con qué. En potencial, pero disponemos.
Eso es lo que hay que mostrar este martes, para probarnos los reflejos activos.
Dirán que es una cuestión de ese día y nada más. Que se agotará ahí.
No dejemos que tengan razón.







