Desde la salida del libro ¿Seguiremos trabajando? Educación tecnológica o convulsión social, de Editorial Dunken, planteamos junto al Ingeniero Eduardo Gallardo las diferentes miradas que despierta la irrupción de la tecnología, especialmente la Inteligencia Artificial (IA), como un tsunami propio de la quinta revolución industrial. En esta etapa de la historia, habitamos un mundo de hiperconexión —como diría Byung-Chul Han— pero desprovisto de verdadera comunicación; un escenario dominado por corporaciones digitales globales que, paradójicamente, resucita rasgos de la primera revolución industrial, tales como la ausencia de derechos laborales. Ante este panorama, se vuelve urgente “edificar” un nuevo contrato social post IA.

Falso dilema

Frente a la encrucijada tecnológica, el debate público oscila de manera binaria entre la entrega ciega al capital corporativo o el rechazo estéril al progreso que propone el neoludismo (aquella reacción histórica de los tejedores del siglo XIX que rompían las máquinas por miedo a ser reemplazados).

Frente a este falso dilema, es imperativo estructurar estrategias colectivas desde el derecho del trabajo y el desarrollo soberano. El objetivo es claro: subordinar la técnica al servicio del empleo y, sobre todo, del “bienestar general”, tal como reza el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional.

Para alcanzar este propósito, el Estado cuenta con herramientas estratégicas fundamentales; un ejemplo de ello es el rol del INTI, un organismo clave por su capacidad de transferencia e innovación, su aptitud para trazar políticas de soberanía frente al avance de estas nuevas matrices tecnológicas, y su idoneidad para evaluar algoritmos de Inteligencia Artificial (IA) y sus aplicaciones.

“Taylorismo digital”

El caso más emblemático de esta tendencia de trabajo del futuro lo encarnan los trabajadores de plataformas digitales. Detrás del espejismo de “ser tu propio jefe”, se esconde, como un canto de sirena, un sistema de autoexplotación regido por lo que la sociología económica denomina “taylorismo digital”.

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A estos trabajadores se les imponen métricas estrictas de tiempo de respuesta y un severo control algorítmico. En este esquema, la cadena de valor ya no se concentra en una planta fabril, sino que se atomiza en millones de terminales interconectadas, borrando los límites de la jornada legal y desarticulando las estructuras gremiales tradicionales. Este complejo fenómeno y el rol que deben asumir los sindicatos en entornos tan dinámicos es un eje que profundizamos en el capítulo 7 de nuestra obra.

En el libro, uno de los relatos describe la “Tormenta de Santa Rosa” como escenario de esta “intemperie digital”. A través de las crudas condiciones climáticas que padece un repartidor de aplicaciones, vemos cómo se humaniza la labor de Jesús en cada entrega. Su pasado, presente y futuro se juegan bajo el agua, hasta que su vida cambia radicalmente a partir de un accidente vial.

Esa crónica refleja la cruda realidad de la calle, donde se interceptan dos corrientes extremas. Por un lado, un primitivismo de supervivencia donde rige la ley darwiniana del más fuerte y veloz, alimentado por la fantasía romántica de que la única forma de recuperar la libertad es la abolición de la relación laboral bajo una falsa independencia.

Por el otro, opera un “transhumanismo corporativo” Aunque no implanten microchips en el cerebro, estas plataformas modifican y aceleran la conducta y la biología del trabajador a través de algoritmos, convirtiéndolo en una extensión de su software.

Un sistema de vigilancia constante

Este sistema es implacable donde el panóptico alcanza su máxima expresión: la clásica torre de vigilancia que ideó Jeremy Bentham se desmaterializa y se muda al bolsillo del operario, mutando en un sistema de vigilancia constante. El cuerpo del repartidor o conductor se somete dócilmente a los ritmos de la pantalla. El celular, acoplado al manubrio, actúa como un “jefe” digital que dicta cuándo acelerar, qué ruta tomar y cuándo detenerse, aniquilando la autonomía humana.

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Este sometimiento se perfecciona mediante la gamificación, donde las aplicaciones utilizan incentivos virtuales —como barras de progreso y puntuaciones de aceptación— para alienar la psiquis del trabajador y mejorar su productividad. Bajo este diseño absurdo nace el laburante centauro 5.0.

La Tercera Posición que proponemos rompe este círculo vicioso. No se trata de adorar al algoritmo que deshumaniza ni de romper la herramienta digital. El desafío de nuestra época es político y normativo: democratizar el código, regular las plataformas bajo el ala de los marcos jurídicos y garantizar que la tecnología sea un medio y el humano un fin, no una nueva forma de esclavitud del siglo XXI.

En este sentido es tan importante abordar el tema, que según estadísticas de Rappi, desde el año 2024 al 2025 creció un 38%. Este es el dato exacto que convalida el boom del delivery en el país y se debió, según reportaron las propias plataformas, a que el sector se convirtió en el principal refugio frente a la desocupación y la pérdida del poder adquisitivo.

La trinchera constitucional

En este sentido, la reciente aprobación en Ginebra del histórico Convenio 193 de la Organización Internacional del Trabajo sobre el Trabajo Decente en la Economía de Plataformas marca un antes y un después global que interpela directamente a nuestro país.

Este tratado internacional salda un vacío normativo crucial a nivel mundial al establecer que los derechos fundamentales —como la libertad de asociación sindical y negociación colectiva entre otros— alcanzan a los repartidores y choferes de aplicaciones, independientemente de la calificación jurídica que las empresas pretendan imponerles de manera unilateral.

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También en su artículo 23 plantea que “todo Miembro, al aplicar el Convenio, adoptará medidas para asegurarse de que los trabajadores de plataformas digitales gocen de una protección no menos favorable respecto de la que gozan otros trabajadores con la misma clasificación de la situación en el empleo”.

Ya lo advirtió con lucidez el Papa León XIV en su reciente encíclica Magnífica Humanitas que la técnica “no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. Regular no es asfixiar la innovación; es garantizar que el progreso tecnológico no se financie con la precarización sistémica de los trabajadores y que el desarrollo sea sustentable a largo plazo. El debate técnico-ideológico se termina pronto al confrontarlo con nuestra Constitución Nacional: el Artículo 14 bis establece taxativamente que el trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes”, consagrando una mirada amplia, protectora e inclusiva de toda labor humana frente a las mutaciones del capital. En definitiva, en la era de la IA, el trabajo será humano o no será.

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