Julio César Silva, el encargado del edificio de Recoleta donde vivió Cristina Fernández de Kirchner cuando terminó su segunda presidencia, reveló en el juicio de los “Cuadernos” que declaró bajo amenaza en 2018 ante el fallecido juez Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli. “No te olvides nunca que tenés dos hijas”, relató que le advirtieron en forma reiterada cuando fue a dar testimonio a Comodoro Py. En efecto, confirmó, tiene dos hijas mujeres y un varón. “Me citaron a una testimonial pero estuve en un interrogatorio”, “la pasé muy mal”, se descargó. Explicó que por eso mintió y firmó en ese entonces una declaración que decía que al inmueble entraban todas las semanas bolsos y dos o más personas. “Firmé pero no estaba de acuerdo, ni lo leí”, “pero eso yo no lo dije”, insistió. Silva contó que Daniel Muñoz, que era el secretario privado de Néstor Kirchner, tenía llave del departamento y que a veces iba en la época en que allí no vivía nadie. Pero en ese período, entre 2003 y 2015, ni el expresidente, ni CFK, ni Máximo ni ningún otro integrante de la familia estuvo en el lugar.

La declaración de Silva en el juicio había sido pedida por la fiscal Fabiana León, con la evidente expectativa de que el hombre hablara de bolsos, valijas y ese tipo de escenas que sugieren el transporte de billetes y pagos ilegales, acorde a los escritos de los cuadernos del chofer Oscar Centeno. Pero para sorpresa de los presentes, el relato –bajo juramento– fue otro. Silva había dado su testimonio el 14 de agosto de 2018, cuando ya se había producido una ola de detenciones de exfuncionarios y empresarios, algunos de los cuales se “arrepentían” para recuperar la libertad, y el tema se sostenía como un escándalo nacional en los medios. Ese fue el contexto en el que había sido citado: cualquiera que fuera convocado podía tener temor de quedar preso. Este martes, ante el Tribunal Oral Federal 7 (TOF7), ofreció detalles de cómo fue condicionado su testimonio.

Amenazas y algo más

El encargado –un uruguayo que se ocupa del edificio desde 1989— recordó que recibió la citación “por correspondencia”, que llegó solo a los tribunales de Retiro y que cuando empezó la declaración le llamó la atención que le advirtieran –Bonadío y Stornelli– que ya habían ido al barrio, que “sabían todo lo que pasaba en el edificio”, que habían hablado con las personas del quiosco de enfrente, sobre Juncal, y aludían a que “ahí entraban bolsos”. “Lo que más incómodo me puso es que me dijeron que yo tenía dos hijas y tenía que decir todo lo que me preguntaran. Me gustaría responder que yo acá vengo y voy a venir todas las veces que me llamen, no tengo nada que ocultar”, declaró Silva. La frase, remarcó, fue: “No te olvides nunca que vos tenés dos hijas”. “Y yo tengo tres hijos: un varón y dos mujeres”, reafirmó.

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Para Silva esas expresiones según sostuvo ante una pregunta del abogado José Manuel Ubeira, defensor Oscar Thomas, fueron amenazantes. “Me puse mal”, enfatizó, pera acotó que sabe que “si la justicia lo llama hay que ir”. La razón por la que lo habían convocado, se suponía, era que había estado presente en un extenso allanamiento en el edificio de Recoleta vinculado con la causa. Cuando entró en detalles sobre aquel operativo, volvió a causar un sobresalto en la sala: “Yo estuve en ese allanamiento once horas y media, y en un momento a las seis y media de la tarde, cuando llamó el juez al comisario inspector a los gritos porque se sentía, y le dijo que no había nada en el edificio, (Bonadío) le dijo ‘se van a quedar hasta mañana hasta que encuentren algo’”.

La fiscal León probó a ver si el testigo trastabillaba al describir a Bonadío, y le pidió que lo describiera. “Mediano y bastante gordito”. Se presentaron tanto él como el fiscal, dijo. Reconstruyó así su estadía en el despacho judicial: “No me olvido más nunca. Fue un momento que para mí no fue muy agradable. Entré y había una persona de espaldas a mí, dos escribientes y ellos (Bonadío y Stornelli) salían por una puerta que estaba a mi derecha. Entraban y salían y me preguntaban lo mismo todas las veces”. “Los dos me tomaron la declaración”, replicó a León por si no le había quedado claro. Comentó que cuando después en el barrio lo insultaban, lo trataban de “hijo de puta” y de “chorro”, al vincularlo con las acusaciones contra CFK. Aseguró que fue una etapa difícil para él y su familia.

Cuando llevaba más de una hora respondiendo preguntas, Silva dijo con todas las letras que él había mentido bajo ese escenario de presión. Que su declaración no decía la verdad, que había firmado algo que no era real. Agregó que suponía que había cometido un delito: “Cometí un delito y lo acepto. Firmé. Pero no estaba de acuerdo ni lo leí. La parte que dice que Muñoz venía del 2007 al 2010 con personas, bolsos y valijas, eso yo no lo dije”. Añadió que sí había dicho que Muñoz en una oportunidad llevó una valija, y que lo había visto sólo una o dos veces con algún bolso (que podía atribuir a que viajaba a Buenos Aires).

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¿Está seguro de lo que está diciendo ahora?— le preguntó el juez Germán Castelli, y generó un gran revuelo. El primero en quejarse fue el abogado Federico Paruolo, que defiende al exdirector de Vialidad, Nelson Periotti. Cuestionó que el magistrado pusiera en duda lo que Silva había repetido ya varias veces en la declaración. Hicieron salir al testigo de la sala y al regresar su versión no se modificó ni un ápice. Algunos letrados comenzaron a mostrar un enojo acumulado tras varias audiencias y cuestionaron al tribunal por dar un trato desigual a Silva en relación, por ejemplo, al expolicía que declaró el martes último, Jorge Bacigalupo, quien había entregado los cuadernos al periodista La Nación Diego Cabot y sinceró que lo había hecho su odio al peronismo, además de navegar en contradicciones.

Maximiliano Rusconi, defensor del exministro de Planificación, Julio De Vido, requirió “extracción de testimonios”, es decir, que los jueces denunciaran que el testigo estaba relatando bajo juramento un apriete liso y llano de un fiscal y un juez. Tampoco le hicieron lugar. El presidente del tribunal, Enrique Méndez Signori, respaldó la pregunta de Castelli y la negativa a hacer una denuncia.

Carlos Beraldi, abogado de Cristina Fernández de Kirchner, pidió que le explicaran a Silva que no había incurrido en ningún delito y que no se estaba autoicriminando sino contando un hecho como él lo vivió. “Es más, está denunciando un delito del que fue víctima”, señaló el abogado. Marcó que le llamaba la atención que el tribunal hubiera estado muy preocupado respecto de que Bacigalupo no se autoincriminara pero que esta vez la tónica era distinta. Méndez Signori dijo que al encargado no le diría nada.

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Una declaración clave

La fiscalía y al tribunal (al menos al juez Castelli, que fue quien preguntó) pusieron énfasis en preguntas para reconstruir qué iba a hacer Muñoz al edificio y cómo era la relación del encargado con él y con la familia Kirchner. Silva contó que éstos habían vivido ahí hasta cerca de un mes después de que Néstor Kirchner asumiera la presidencia. Durante le período en que no estuvieron ahí Muñoz iba con un chofer y se llevaba la correspondencia. Agregó que lo vio algunas veces con otras personas. Dijo que tuvo más trato con Cristina que con Néstor, cuando ella regresó a vivir allí después de su segunda presidencia: “Una vez que se fueron no volvieron más. Yo la traté (a ella) nuevamente cuando dejó de ser presidenta y volvió al piso”.

–Para atrás ¿algo más que nos pueda decir de cuando era Presidenta?– insistió Castelli.

–No porque no fue al edificio, no fue nunca, ni Néstor, ni la doctora, ni Máximo ni nadie de la familia. A la doctora nunca la trate en esa fecha. De 2003 hasta que dejó de ser presidenta nunca la traté.

–¿Usted estuvo viendo este juicio?—preguntó el juez.

— No señor, me manejo de esa manera. Siempre dispuesto a venir cuando me llamen.

Como quedó a la vista, el encargado dejó en claro que había dado un testimonio bajo presión frente a Bonadío y Stornelli y descartó el relato de que por allí pasaran sistemáticamente bolsos y valijas. Se suma, así a los 27 imputados que ya habían relatado aprietes que incluso algunos dejaron asentados en escribanías. En este caso se trata de un testigo, no de un imputado. Aunque uno de los puntos en común es el tándem juez-fiscal intentó ponerlo entre la espada y la pared aludiendo a su familia. En el caso del empresario Gerardo Ferreyra, por caso, cuando fue indagado le decían que su familia estaba esperando en el pasillo y que si podía ir con ellos si “colaboraba” o terminar en la cárcel. Silva añadió un dato muy relevante, cuando especificó que los Kirchner no pasaban por Juncal en el período clave que es investigado de supuestos sobornos en la obra pública, lo que vuelve a debilitar la acusación que intenta vincular a CFK con los hechos.

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