El próximo 27 de octubre se realizarán las elecciones al Knesset, el parlamento de Israel. Será la primera ronda electoral desde el 7 de octubre del 2023, cuando la operación militar de Hamás fue respondida por el gobierno de Netanyahu con la mayor avanzada genocida de la historia reciente. Casi tres años después, el genocidio continúa. Netanyahu y su gabinete convirtieron Gaza en un territorio post – apocalítptico, donde cientos de miles de palestinos luchan por sobrevivir entre escombros, desperdicios, cadáveres y pestes.
En el camino, Netanyahu se las arregló para también desatar un reguero de guerras y conflictos en todo Medio Oriente (Líbano, Irán, Siria), al punto de tensar las relaciones con el imperialismo estadounidense, su principal aliado histórico, y ganarse el repudio de cientos de millones de personas en todo el planeta. Con la incertidumbre como marca de época, el gobierno Netanyahu se encamina a las elecciones sin ningún signo de mesura: el discurso genocida del sionismo es cada vez más exacerbado.
¿Cambio de staff?
Netanyahu llega a la recta electoral cargando interminables signos de desgaste. Su gobierno, y especialmente él como cabeza del mismo, aparecen como responsables directos de la mayor “falla de seguridad interna” de la historia del Estado de Israel. La operación militar de Hamás en octubre del 2023 estalló como un rayo en cielo estrellado para la población israelí. Sus programas de defensa, que cuentan con equipamiento de punta y un presupuesto militar obscenamente abultado, no detectaron los movimientos de las milicias gazatíes hasta que habían logrado penetrar largamente en el territorio.
El costo político quizá no habría sido tan notorio para Netanyahu si no estuviéramos hablando de un hombre que se apoda a sí mismo “Míster Seguridad”. Netanyahu no es un ministro más. Se trata de la figura política más notoria del establishment sionista de las últimas tres décadas, y una de las más importantes de su historia. Durante casi treinta años dijo tener las recetas definitivas para terminar con el “problema” palestino, es decir, para completar definitivamente el proyecto de desplazamiento y exterminio iniciado con la Nakba.
A esto hay que sumarle que Netanyahu arrastraba, ya antes del 7 de octubre, distintos elementos de desgaste interno. Principalmente, los escándalos de corrupción que salpicaban a su gobierno desde hace años atrás. En 2020 comenzó un juicio en su contra por sobornos y tráfico de influencias con miembros de la burguesía israelí y magnates de las comunicaciones. Es la primera vez en la historia del Estado de Israel que un primer ministro en funciones es enjuiciado por corrupción.
A esto se suma una gestión nada exitosa de la política exterior israelí. Netanyahu abrió, por iniciativa propia, la guerra con Irán, a la que logró traccionar al gobierno trumpista. Seis meses después, no hay nada parecido a una victoria sobre el régimen de los ayatolás. Ni la teocracia cayó, ni el material nuclear iraní fue recuperado, ni la influencia regional de Irán cayó. El Estrecho de Ormuz permanece cerrado y bajo control iraní en medida aún mayor que antes de la guerra. Netanyahu logró tres cosas con esa iniciativa bélica.
Uno: afirmar al régimen de los ayatolás y la Guardia Islámica, que venía de verle la cara al abismo tras una inmensa rebelión popular de dimensiones históricas en el país persa. Las bombas israelíes y estadounidenses eliminaron el factor independiente de la movilización popular; la población iraní no puede movilizarse ni desafiar al régimen mientras se esconde de los misiles.
Dos: llevó las relaciones bilaterales con Estados Unidos a un punto de tensiones inédito. Los gestos de hartazgo trumpista de los últimos meses reflejan, en boca del imperialismo, el caos sin solución generado por la situación en Medio Oriente, así como la presión de millones de personas que se movilizaron en repudio al genocidio en Gaza. En junio “se filtraron en varios medios internacionales los comentarios que Trump le habría hecho directamente a Netanyahu vía telefónica. ‘Eres un puto loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el culo. Todo el mundo te odia. Todo el mundo odia a Israel por esto’ fueron las palabras trascendidas en la agencia de noticias Axios. Los insultos de Trump a Netanyahu no vienen de ningún ataque de sensibilidad con la población libanesa. Sucede que el ultraderechista estadounidense está sumido en una crisis lenta e interminable con motivo de su fallida incursión en Irán (secundada y azuzada por Israel). Varios meses después de iniciado el ataque imperialista, Trump se está quedando con las manos vacías”.
Y tres: la interminable serie de frentes de conflicto abiertos sumió la vida cotidiana dentro de Israel en una situación de anormalidad eterna. Aún si ninguno de sus adversarios regionales tiene suficiente poder de fuego para ganarle militarmente al sionismo, no hace falta tanto para perturbar la vida cotidiana del enclave colonial. El calendario escolar, el tráfico áereo, las vías de circulación terrestre y muchos otros ítems de la vida interna israelí están marcados desde hace meses por la guerra.
En las últimas semanas, la expectativa de una eventual salida de Netanyahu del gobierno se multiplicó en la opinión pública, tanto dentro como fuera de Israel. Esa posibilidad tendría cierto aroma a fin de ciclo para una parte del establishment sionista. Las últimas décadas de la política sionista vieron a Netanyahu como primer ministro durante 19 años. Es el rostro del Estado israelí desde hace tiempo.
Y, sin embargo, la caída en las encuestas no alcanza para sacar a Netanyahu de la carrera por el nuevo gabinete. Su partido, el Likud, que “había ganado 32 de los 120 escaños del Knesset en la elección un año antes, medía 17 escaños en las encuestas [tras la operación de Hamás en 2023], cerca de su peor performance histórica. La coalición gobernante, que totaliza 64 asientos, había caído a 45 en las encuestas. El camino de Netanyahu fuera del poder y hacia la ruina política parecía pavimentado. Casi tres años después, la coalición de Netanyahu […] mide entre 49 y 54 asientos en la mayoría de las encuestas. Comparad acon su posición inmediatamente después del 7 de octubre, está bastante de vuelta en el juego, y otra victoria de Netanyahu es difícilmente inconcebible”.
La institucionalidad sionista y la guerra permanente
¿Cómo retuvo su competitividad electoral una figura que deja semejante estela de crisis y conflictos a su paso? La respuesta corta es que la excusa de la guerra genocida contra la población palestina sirvió a Netanyahu como un punto de apoyo para afirmarse y legitimar su mandato, intentando correr de escena los escándalos y el descontento con su figura. La mayor muestra es la operación de indulto realizada meses atrás por el presidente israelí, Isaac Herzog, por pedido expreso de Donald Trump.
La limpieza étnica no es una orientación de tal o cual gobierno israelí, sino un consenso generalizado en el sionismo. Así fue durante toda su historia. Y el transcurso de los últimos tres años no hizo sino acentuar ese rasgo. Las encuestas del último año señalan que, mientras poco más del 30% de la población israelí ve con buenos ojos a Netanyahu, el 97% no ve ningún “problema moral” en la idea de desplazar definitivamente a la población palestina de Gaza y Cisjordania, tal como lo propone el ultraderechista Itamar Ben Gvir. Pocas veces la estadística refleja con tanta fidelidad las dimensiones deshumanizantes de la ideología racista y colonialista.
Estos rasgos ideológicos ultrarreaccionarios de la población israelí remiten a la génesis del proyecto sionista. La existencia misma del Estado de Israel presupone el genocidio, la limpieza étnica y el desplazamiento forzoso como sus condiciones de posibilidad. Dichos elementos permitieron a Netanyahu, posteriormente al 7 de octubre de 2023, ponerse a la cabeza de una suerte de gobierno de unidad nacional racista, ampliando la base parlamentaria de su coalición y cerrando las grietas de la opinión pública, aún si los elementos de desgaste siguen pesando sobre su figura. “Durante los últimos tres años, la coalición ha sobrevivido a casi todo desafío parlamentario al que se enfrentó. Pasó presupuestos y legislación central para su agenda, e incluso se ha expandido: con Gideon Sa’ar y cuatro miembros de su partido incorporándose al “gobierno de emergencia” posteriormente al 7 de octubre, la coalición ahora sostiene 68 escaños en comparación a los 64 originales”.
Algunos analistas ensayan una lectura alternativa de estos movimientos en las alturas del sistema político israelí. La idea es que Netanyahu sería, en realidad, un mero moderado del establishment, empujado a la desmesura por la inclusión de elementos ultraderechistas dentro de su gabinete ante la “amenaza extremista” de Hamás. Esta presentación de los hechos no es más que una somera estupidez, destinada a justificar y embellecer como necesidad la espiral bélica, genocida y racista del gobierno sionista en funciones.
Lo cierto es que la desmesura israelí de los últimos años no es un producto exclusivo de la mente perversa de Netanyahu, ni tampoco una imposición de los elementos ultra dentro de su gabinete. Es, por el contrario, patrimonio común de la matriz ideológica originaria del sionismo y del Estado israelí como proyecto político – histórico colonial. Que la idea de un estado de guerra permanente sirva como herramienta de legitimación para Netanyahu dentro de la realpolitik sionista es un elemento derivado del primero, no una invención original del gabinete en funciones. “La guerra, en sus varias formas […] ha tenido dos funciones políticas a la vez. Ha sido el pegamento que mantiene junta a una coalición acribillada con contradicciones y tensiones internas. Y ha proveído al gobierno de legitimidad pública incluso entre constituyentes hostiles a él”. Lo cual no niega que dicha orientación le imprima al gobierno (y al régimen israelí en su conjunto) una serie de profundas contradicciones tácticas y estratégicas.
La retórica del exterminio y el reparto del Knesset
Una prueba de lo anterior es el desarrollo mismo de la campaña electoral en curso. Tras tres años de genocidio en Gaza, avances hacia la anexión de jure de Cisjordania y guerrerismo interminable contra los países vecinos, los debates de la campaña electoral israelí no apuntan a una vía de moderación sino al agudizamiento de la orientación racista y genocida del establishment. De hecho, el debate electoral se convirtió en una verdadera arena de propaganda genocida. La encabeza uno de los principales ministros de Netanyahu, Itaman Ben Gvir, del partido Poder Judío.
Hace pocos días, Ben Gvir fue repudiado mundialmente tras difundir un video creado con IA en el cual él mismo operaba una suerte de campo de concentración automatizado, en el que prisioneros palestinos eran movidos por una cinta transportadora como si fuera ganado. Una lisa y llana re-edición del ideario nazi, con la estrella de David en lugar de la esvástica. Fue tal el rechazo internacional, incluso de la diplomacia occidental, que Ben Gvir tuvo que eliminar la publicación de sus redes sociales.
Este asqueroso racista con ensoñaciones genocidas es el ministro de Seguridad Interna de Netanyahu. Tiene a su cargo las cárceles y la policía israelí. Es famoso por sus videos visitando cárceles y maltratando a los detenidos. En las últimas semanas, él mismo difundió un video en el cual entrevistan a una presa palestina. “‘[La situación en la cárcel] es muy mala, no se respetan nuestros derechos. No obtienes lo básico, como una ducha normal, no tenemos agua en las habitaciones, hay muchas enfermedades y no hay tratamiento […] nos están torturando”, dice la mujer, que explica que ella y sus compañeras llevan tres días sin ducharse ni cambiarse de ropa interior”. La respuesta del ministro fue en su tono habitual: “se acabaron los campamentos de verano en las cárceles israelíes”.
En agosto pasado, Ben Gvir trascendió también por hacer construir patíbulos públicos destinados a palestinos condenados a muerte. No satisfecho con emplazar el aparato de exterminio cotidiano del sionismo, le agregó detalles de morbo racista. Las plataformas para realizar ahorcamientos están equipadas con palcos, para que la población sionista pueda acudir a presenciar las ejecuciones como la población acude a ver partidos de fútbol en un país normal. Los personajes rancios como este pretenden convertir al genocidio no sólo en un arma política sino en un deporte nacional.
Estos son los discursos que marcarán el trámite electoral y que le darán marco político al futuro reparto de escaños en el parlamento israelí. En otras palabras: una mala performance electoral de Netanyahu y el Likud de ninguna manera implican un curso progresivo en la política sionista.
De efectivizarse una nueva coalición encabezada por Netanyahu, el protagonismo de los personajes ultra(1) como Ben Gvir o el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich del agrupamiento Sionismo Religioso, sería seguramente mayor. De hecho, las encuestas mismas así lo anticipan. “Los sondeos sugieren que Poder Judío, el partido liderado por Ben Gvir […] ganaría unos siete escaños en las elecciones”. Este tipo de discursos estuvo en la base de legitimación política de la coalición gobernante durante los últimos tres años. Una victoria de Netanyahu y sus aliados sería leída política como una victoria de este tipo de idearios y de las “soluciones” genocidas que impulsan.
¿Qué otras variantes se proponen como posibilidad de recambio a Netanyahu en la situación actual? El principal contendiente es hoy Gadi Eisenkot, al que todas las encuestas miden como favorito para reemplazar al primer ministro actual. ¿Es muy distinto Eisenkot a Netanyahu? En realidad, no. Es cierto que tiene un perfil más pragmático (palabra favorita de los analistas internacionales para este personaje) por oposición al matiz altamente ideológico de Netanyahu. Pero su plataforma política no plantea ningún elemento “progresivo” ni líneas de ruptura respecto a la orientación sostenida por Netanyahu respecto a Gaza y Cisjordania.
Eisenkot fue ministro del propio Netanyahu y de otros gobiernos anteriores. Es un general retirado de las IDF (“Fuerzas de Defensa Israelíes”) con casi 50 años de trayectoria dentro de los mando militares. Fue partícipe con rango en la invasión israelí del Líbano iniciada en 1982, así como en varias incursiones sionistas sobre Gaza. Es el formulador original de la llamada Doctrina Dahiye. Este ideario político – militar plantea como táctica el uso de fuerza militar “desproporcionada” contra infraestructura civil en países vecinos como medio para atacar a fuerzas “terroristas” (es decir, cualquiera que se resista al dominio sionista sobre la región. Su nombre refiere al barrio de Dahiye en Beirut, bombardeado en innumerables ocasiones con la excusa de atacar las zonas de influencia de Hezbolá.
En abril, Bezalel Smotrich había prometido en una visita al norte israelí que el barrio libanés de Dahiye “se parecerá a Jan Yunis”. Jan Yunis es una de las localidades arrasadas por el sionismo en el sur de la Franja de Gaza, hoy convertida en un páramo inhabitable y lleno de ruinas. Esta amenaza, seguida por intensos bombardeos, obligó al desplazamiento forzado de la mitad de la población de la capital libanesa. Difícil encontrar líneas de ruptura entre un gobierno que se sirve de la Doctrina Dahiye para arrasar ciudades enteras y uno, eventual, encabezado por el creador mismo de dicha doctrina.
Caos regional y competencia geopolítica
Si la continuidad de la orientación genocida no está puesta en cuestión en la contienda electoral, otros elementos de incertidumbre asoman al margen. El primero de ellos remite al caos regional y geopolítica generado, justamente, por la orientación de guerra permanente del Estado israelí bajo el gabinete “de emergencia” de Netanyahu.
Durante el último año, Israel sumó al genocidio en Gaza y la espiral de violencia de los colonos en Cisjordania el avance territorial sobre otros países limítrofes (Líbano y Siria), así como el enfrentamiento bélico sin solución con Irán. La mera existencia del sionismo es una fábrica de inestabilidad para la región y, cada vez más, para el mundo entero. Su insistencia por atacar en todos los frentes a la vez alimenta constantemente la conflictividad geopolítica entre los actores en competencia regional, al tiempo que rompe viejas alianzas y postula otras nuevas en la arena internacional en general.
Netanyahu hace todo lo posible por ganarse nuevos enemigos. No sólo tensionó su alianza histórica con Estados Unidos por su aventura en Irán. También perturba el status quo de la región y despierta malestar en actores como sus aliados árabes de los Pactos de Abraham. El último capítulo de la serie lo escribió Netanyahu pocos días atrás, cuando bombardeó una base militar siria, alegando que la misma era objetivo de un supuesto movimiento de tropas turcas en la zona.
No hubiera sido raro que fuera cierto. La presencia y actividad miliar turca sobre Siria es de larga data. De hecho, fue parte de la tenaza que le permitió al ex yihadista (devenido en pro – occidentalista) Al Sharaa derrocar al régimen de Al-Asad. La cuestión es que el ataque constituyó un desafío público y abierto al Estado turco y a la delimitación de su propia zona de influencia en la región. Fue una nueva creación de la táctica de guerra permanente de Netanyahu, que agita el fantasma de una “amenaza turca” hacia la existencia israelí para justificarse su propia necesidad como “Míster Seguridad” al frente del Estado sionista.
En todo caso, más allá de los cálculos y las maniobras electorales, la constante desmesura y agresividad de Netanyahu señala un elemento propio de la historia reciente israelí. El sionismo demuestra una tendencia hacia una cada vez mayor autonomía en su accionar sobre la región, aún si para llevar adelante sus proyectos debe chocar con las directrices de Trump y ganarse rispideces con su mayor (y, a esta altura, casi único) aliado claro en la arena internacional.
Un analista simpatizante del sionismo que citamos anteriormente dice, a modo de comparación, que hace 50 años Israel era un país “muy austero” y, hoy, una potencia tecnológica. De nuevo, su comentario combina la estupidez con el embellecimiento del proyecto racista israelí. Un Estado de ocupación y limpieza étnica no es más o menos colonial en relación a la cantidad de asfalto o electricidad que extiende sobre el territorio que ocupa. Pero otra parte del reflejo es pertinente.
En función de sus largas décadas de ocupación colonial, el Estado israelí acumula cada vez mayores reservas de recursos y se convierte, además de en una potencia militar regional, en un nodo del tráfico comercial, financiero y tecnológico en Medio Oriente. El poderío del Estado sionista no se plasma solo en sus municiones y sistema anti – aéreos de punta, sino también en el crecimiento y penetración internacional de sus capitales más competitivos (2), que se alimentan cotidianamente de la expoliación de los recursos sustraídos al derecho de uso de la población palestina originaria. Parece claro que la consecuencia natural de dicho desarrollo es la tendencia hacia una mayor autonomía y proyección del régimen israelí en la política regional.
El genocidio y las contradicciones existenciales del Estado de Israel
La segunda incertidumbre que asoma entre los sondeos no es geopolítica ni diplomática, sino de tipo estratégico.
Mencionamos ya que la orientación hacia un estado de guerra permanente no es exclusiva de Netanyahu sino una decantación de la matriz ideológico – política del Estado colonial israelí ante las coordenadas actuales. Y, al mismo tiempo, plantea una ventaja (la legitimación del propio gobierno) y un problema (la imposibilidad de normalizar la cotidianidad interna israelí) para el gabinete de Netanyahu. La unión de ambas aristas de este problema plantea un interrogante incómodo para el establishment sionista, que evita decirlo en voz alta: ¿cómo puede existir normalmente un Estado basado en el sometimiento, la masacre y el exterminio de la población originaria que, a la vez, deja a su paso una estela de nuevo frentes de conflicto entre Estados?
La respuesta sintética es que no puede.
Los eventos del 7 de octubre mismo lo habían dejado planteado. “Una posible conclusión del 7 de octubre fue que la continua evasión de la cuestión de los derechos palestinos por parte de Israel, mientras se mantiene la ocupación en Cisjordania y el asedio en Gaza, hicieron una explosión inevitable”. Esto, que era cierto en 2023, es todavía más cierto hoy.
La explosión de la cuestión palestina, tras décadas de ocupación y barbarie sionista, puso en aprietos al gobierno de Netanyahu. Su respuesta fue la avanzada genocida más grande de las últimas décadas, utilizando el ideario de la guerra permanente como justificación política. Tras tres años en esta dirección, la explosividad sembrada por la existencia del Estado sionista es cada día mayor. Y la desmesura (3) absoluta de Netanyahu no hace sino aumentarla exponencialmente.
“Netanyahu declaró que los objetivos de Israel incluían un control de seguridad indefinido sobre Gaza y prevenir el retorno de la Autoridad Palestina. Pero también fue claro […] que estos objetivos eran inalcanzables. Al adoptarlos, Netanyahu estaba efectivamente ‘apuntando a una muy larga, quizá incluso interminable, guerra’ […], una guerra que no puede, en la práctica, ser ganada”. A esta contradicción irresoluble, coyuntural y estratégica, responden los movimientos superficiales del sistema político – electoral israelí. Así lo hacen la guerra permanente de Netanyahu, que difiere la “solución” del problema a un futuro indefinido, y la “solución definitiva”, genocida y concentracionista, de figuras como Ben Gvir y Smotrich.
Pero las vías de exterminio y desplazamiento definitivo de la población palestina no son originales del presente. Están impresas en la génesis estatal sionista desde la Nakba. Su imposibilidad radica en la realidad humana de los problemas que intenta abordar o, dicho en otros términos, en las relacions de fuerzas sociales y políticas, tanto regionales como internacionales. Israel lleva tres años intentando desplazar y exterminar definitivamente a la población gazatí. No lo logró. No porque Netanyahu no sea suficientemente agresivo, como aducen algunos ultra-sionistas dentro de Israel; sino porque el repudio internacional masivo, sumado a la inquebrantable lucha del pueblo palestino por sobrevivir y perdurar en su tierra de origen, se lo han impedido.
A la misma contradicción responde, en sentido reflejo, la aparición en las encuestas del “moderado” y “pragmático” creador de la Doctrina Dahiye como posible recambio a la gestión de Netanyahu. La única diferencia visible entre los discursos del actual primer ministro y el de Eisenkot es que este último propone un eventual retiro de la presencia militar en Gaza para descomprimir el descontento por la movilización permanente de los reservistas israelíes.
Pero la variante Eisenkot del sionismo exacerbado tampoco resuelve su aporía estratégica. “Si un nuevo gobierno es formado, le será difícil ignorar la contradicción que amenaza hoy el mandato de Netanyahu: entre la aspiración por la ‘victoria total’ (no sólo sobre los palestinos sino sobre una región entera) y el reconocimiento de que dicha victoria no existe’”.
1) Hablar de “ultraderecha” dentro del régimen político sionista no termina de ser totalmente adecuado. Los parámetros de lo que es “ultraderechista” en los regímenes políticos normales del mundo (la habilitación del racismo, la xenofobia, la violencia política, la violación de los Derechos Humanos, etcétera) son la base del sistema político israelí en su conjunto. Los exponentes del ultra-sionismo como Ben Gvir son los representantes más cercanos a la ideología fascista en el siglo XXI.
2) La reciente controversia por la explotación petrolerea británica – israelí en las Islas Malvinas es una expresión ilustrativa del tema.
3) Una analista del medio palestino – israelí que citamos extensamente en este artículo menciona acertadamente el hybris del Estado sionista. Este término designaba, en la tradición literaria griega, la desmesura de los sujetos que ponen en movimiento, mediante la violencia, fuerzas más grandes que sí mismos, capaces de reactuar sobre él y destruirlo. El recurso retórico es ilustrativo. No se trata de someter la historia a lecturas deterministas ni fatídicas (la predestinación funciona en la tragedia clásica, no así en la vida política de las sociedades modernas) sino de expresar conceptualmente las contradicciones de base que le dan forma a los movimientos políticos de un Estado de ocupación y limpieza étnica como el israelí.







