Comprender esta doble dimensión —la evolución militar y geopolítica del conflicto, pero también las contradicciones que comienzan a emerger en las sociedades que lo sostienen— ayuda a entender hacia dónde puede evolucionar una guerra que sigue sin ofrecer un desenlace cercano.

Antes de entrar de lleno con el tema, es importante dejar anotado el carácter complejo que presenta esta guerra. Como señalamos en una declaración anterior, este conflicto se definió entre dos determinaciones. Por un lado, la invasión rusa de Ucrania constituye una aberración contra los derechos de autodeterminación de un pueblo ucraniano; por el otro, los imperialismos occidentales tradicionales instrumentalizaron la justa pelea nacional ucraniana en función de sus propios intereses geopolíticos.

En el medio de esto, el gran perdedor es el pueblo ucraniano, el cual libra una justa lucha nacional conducida por una dirección reaccionaria y pro-imperialista como la de Zelensky, a la vez que es bombardeado por el imperialismo en reconstrucción que representa Rusia.

En vista de lo anterior, desde nuestra corriente sosteníamos que “para salir de este laberinto, solo el pueblo ucraniano es el que tiene el derecho a decidir sobre su destino y nadie más. Defendemos su derecho a la defensa. Condenamos la guerra inter-imperialista (…) La salida pasa por la libre autodeterminación del pueblo ucraniano y la lucha por las libertades democráticos en Rusia, además de luchar contra la remilitarización europea y por echar cuanto antes a Trump del gobierno de los Estados Unidos (una tarea difícil pero no por ello menos urgente).”

Una guerra que se prolonga y se transforma

En un artículo anterior señalábamos que la guerra en Ucrania ingresó en una etapa marcada por el desgaste. La ofensiva rusa no consiguió una victoria, pero tampoco una derrota. El conflicto se alejó de la expectativa inicial de una campaña breve y, por el contrario, se asienta como una guerra prolongada, determinada cada vez más por la capacidad de ambos bandos para reponer tropas, producir armamento y sostener económicamente el enorme esfuerzo militar.

Los acontecimientos posteriores siguen en buena medida esa tendencia. Rusia conserva la iniciativa en varios sectores del frente y consiguió mínimos avances territoriales, especialmente en Donetsk y Járkov, pero a un ritmo lento y con costos humanos y materiales elevados. Ucrania, por su parte, logró sostener sus líneas defensivas mediante adaptaciones tácticas, drones y el esencial apoyo europeo. El resultado es una situación de equilibrio inestable, en el que Moscú mantiene la presión militar, pero no logra convertirla en una victoria, mientras que Kiev resiste, pero tampoco consigue modificar la relación de fuerzas.

Durante los últimos meses, la guerra se extendió todavía más hacia el interior de ambos territorios. Rusia intensificó los ataques con drones Shahed y misiles contra ciudades e infraestructura energética ucraniana, mientras Ucrania amplió sus operaciones de largo alcance contra refinerías, aeródromos, depósitos, instalaciones militares y otros objetivos situados cientos de kilómetros dentro de Rusia. La distancia entre el frente y la retaguardia se volvió cada vez menos significativa, al mismo tiempo que drones, inteligencia artificial y sistemas no tripulados modificaron las formas de combatir.

Esta transformación militar ocurre junto con otra, la subordinación de sus economías a las necesidades de la guerra. Rusia convirtió buena parte de su industria hacia ese objetivo y elevó el gasto militar; Ucrania expandió su producción de drones y otros sistemas de defensa, pero continúa dependiendo de la asistencia financiera y militar occidental; mientras Estados Unidos y los miembros de la OTAN aceleraron sus propios procesos de rearme.

Mientras los Estados movilizan recursos, ejércitos e industrias para sostener la guerra, las sociedades continúan viviendo. Millones de personas siguen trabajando, estudiando, desplazándose, consumiendo y tratando de mantener cierta normalidad en medio de una situación excepcional que ya dura más de cuatro años. Esa normalidad es distinta en cada parte. En Ucrania está atravesada por ataques, apagones, destrucción y movilización; en Rusia, por el aumento del gasto militar, la escasez de mano de obra, la inflación, las consecuencias de los ataques sobre la infraestructura energética y el reclutamiento permanente de nuevos efectivos.

Es precisamente en ese terreno donde comienzan a aparecer señales de desgaste social y político. Las protestas en Ucrania alrededor de la destitución de Mykhailo Fedorov, las discusiones sobre la movilización, las dificultades económicas en Rusia, los problemas de abastecimiento de combustible y el peso de la guerra sobre el mercado laboral muestran que el conflicto no puede comprenderse únicamente desde las decisiones de Putin, Zelenski, Trump o los altos mandos militares. Por debajo de esas estructuras existe una vida social que continúa, se adapta, soporta los costos de la guerra y, también, comienza a expresar sus propias inquietudes.

Esta guerra de desgaste, entonces, no es solamente una guerra de trincheras, es también una disputa por la capacidad de sostener económicamente el conflicto, una carrera tecnológica, una confrontación geopolítica entre bloques imperialistas y un proceso que modifica las condiciones de vida de millones de personas. Su desarrollo exige observar simultáneamente esos niveles: el movimiento del frente, la producción militar y las relaciones internacionales, pero también aquello que ocurre por abajo, en las sociedades que sostienen materialmente una guerra cuyo desenlace continúa siendo incierto.

Un frente que se mueve, pero no se rompe

Durante las últimas semanas Rusia mantuvo la iniciativa y continuó presionando sobre las posiciones ucranianas, pero los avances son graduales y territorialmente limitados. El dato más significativo es precisamente la distancia entre el volumen de recursos empleados y la magnitud de los resultados obtenidos. El balance para la última semana de junio registró una ganancia rusa de aproximadamente 21 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano, después de otros 16 kilómetros la semana anterior. Son avances reales, pero extremadamente reducidos para una ofensiva que requiere enormes cantidades de efectivos y municiones.

El principal escenario continúa siendo el Donbás, donde las fuerzas rusas buscan el control sobre la región de Donetsk y avanzar hacia posiciones que permitan presionar el dispositivo defensivo ucraniano desde distintos ejes. Pokrovsk continúa siendo uno de los objetivos más importantes por su valor logístico y su posición dentro de la red de comunicaciones ucraniana. Su conquista le permitiría a Rusia mejorar sus posibilidades de presión sobre otros núcleos urbanos de Donetsk. Sin embargo, el problema para Moscú sigue siendo transformar los avances alrededor de estas localidades en un golpe capaz de desorganizar el sistema defensivo ucraniano.

La situación se repite en otros sectores, por ejemplo, en el noreste, Rusia mantiene presión sobre el eje de Járkov, mientras que en el sur las operaciones se desarrollan en un escenario donde las fuerzas ucranianas también consiguieron realizar acciones ofensivas locales. Algunos análisis señalan que las operaciones ucranianas en el eje de Oleksandrivka, en el sur de Donetsk y la zona limítrofe con Zaporiyia, interfirieron con los planes rusos para desarrollar su ofensiva de primavera-verano. En otras palabras, Kiev no recuperó la iniciativa general, pero tampoco se limitó a esperar pasivamente los ataques rusos.

Esto permite matizar la imagen de una ofensiva rusa incontenible. Rusia conserva una ventaja importante en capacidad de movilización, artillería, aviación y producción militar, pero sus avances siguen dependiendo de operaciones lentas y costosas. Reportes de inicios de julio consideran que la ofensiva rusa no consiguió producir ganancias operacionalmente significativas. Más recientemente, los partes del 25 y 27 de julio registraron jornadas en las que ninguno de los dos bandos consiguió avances territoriales confirmados, una muestra de la naturaleza altamente posicional del conflicto.

La intensidad de los combates continúa siendo elevada y se desarrolla mediante una combinación de artillería, bombas planeadoras, drones FPV, reconocimiento aéreo y pequeñas unidades de infantería. La presencia de drones dificulta que cualquiera de los dos ejércitos concentre grandes cantidades de tropas y vehículos sin ser detectado. Esto favorece una guerra fragmentada, en la que pequeños avances pueden requerir semanas de operaciones y donde una posición conquistada no necesariamente permite penetrar rápidamente las líneas defensivas.

El segundo gran componente de la ofensiva rusa se encuentra fuera del frente terrestre. Moscú intensificó durante julio los ataques de largo alcance contra Ucrania mediante grandes oleadas de drones y misiles. En la noche del 1 al 2 de julio, por ejemplo, empleó un misil balístico Iskander-M, un misil guiado Kh-59 y 151 drones, mientras que otros ataques posteriores volvieron a combinar grandes cantidades de drones con misiles balísticos y de crucero.

La dimensión de estos ataques es importante porque muestra que Rusia intenta compensar la lentitud del avance terrestre mediante una presión constante sobre el interior ucraniano. Los objetivos incluyen infraestructura energética, instalaciones industriales, depósitos logísticos y centros urbanos. La campaña busca degradar la capacidad de Ucrania para producir y transportar recursos militares, pero también obligar a Kiev a gastar la mayor cantidad de interceptores antiaéreos. Según estimaciones, Rusia puede producir entre 60 y 65 misiles Iskander al mes, lo que ayuda a explicar la preocupación ucraniana por el sostenimiento de las defensas contra misiles balísticos.

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El 19 de julio se produjo uno de los episodios más importantes de esta escalada. Rusia lanzó una enorme oleada de drones y misiles contra diferentes puntos de Ucrania, en una campaña que alcanzó Kiev y otras regiones. El volumen de proyectiles mostró nuevamente que el objetivo consiste en mantener bajo presión todo el sistema defensivo y productivo ucraniano. La consecuencia es una guerra donde el concepto de «frente» resulta cada vez menos preciso. Una persona puede encontrarse a cientos de kilómetros de Donetsk y, sin embargo, experimentar directamente los efectos de la guerra mediante ataques aéreos.

Pero la misma transformación ocurre en sentido contrario. Ucrania amplió significativamente sus ataques dentro del territorio ruso, particularmente contra instalaciones vinculadas con la energía y la logística militar. Durante julio se produjeron ataques contra refinerías, depósitos de combustible, instalaciones militares y rutas utilizadas para abastecer a las fuerzas rusas. El 9 y 10 de julio, por ejemplo, las fuerzas ucranianas intensificaron sus ataques de largo alcance contra infraestructura energética rusa mientras Moscú lanzó 137 drones contra Ucrania.

Uno de los objetivos principales es la industria energética rusa, porque el combustible es un recurso indispensable tanto para la economía civil como para las fuerzas armadas. Ucrania intenta convertir sus drones de largo alcance en una herramienta para interrumpir las cadenas de producción y transporte de combustible, obligando a Rusia a invertir más recursos en defensa aérea y reparación de instalaciones. En paralelo, Kiev intensificó sus ataques contra las rutas marítimas y logísticas destinadas a abastecer Crimea. Se registraron ataques contra buques petroleros vinculados con esas cadenas de suministro.

La escala de la campaña ucraniana llegó también hasta Moscú. A comienzos de julio, las autoridades rusas informaron de una operación en la que fueron interceptados 452 drones ucranianos sobre diferentes regiones de Rusia y Crimea, mientras Moscú experimentó nuevamente interrupciones relacionadas con ataques contra infraestructura energética. Más que demostrar una capacidad ucraniana para paralizar Rusia —algo que todavía está lejos de ocurrir—, estas operaciones evidencian que Kiev consiguió convertir la retaguardia territorial rusa en un nuevo espacio de combate.

Esta dinámica produce una paradoja. Los dos ejércitos pueden infligir daños importantes sin conseguir quebrar la capacidad de combate del adversario. De ahí que la guerra de desgaste se profundice y cada lado intenta compensar sus limitaciones en el frente utilizando las ventajas que conserva en otros ámbitos.

Por eso, el balance militar de mediados de año no permite hablar ni de una victoria rusa cercana ni de una recuperación ucraniana. Rusia continúa teniendo la capacidad ofensiva necesaria para mantener la presión y conquistar pequeñas cantidades de territorio, pero a un ritmo que no se corresponde con su costo. Ucrania consiguió estabilizar el frente y aumentar sus ataques, pero continúa enfrentando restricciones de personal, municiones y defensa aérea.

Esto es fundamental para entender el resto del conflicto. Cuanto más difícil resulta conseguir una victoria rápida mediante operaciones terrestres, mayor importancia adquieren los drones, los ataques a la infraestructura, la producción industrial, el abastecimiento energético y la capacidad económica de cada Estado. El frente sigue siendo el lugar donde se mide directamente la relación de fuerzas, pero cada vez depende más de lo que ocurre cientos de kilómetros detrás de él. La guerra de trincheras se mantiene; lo que cambió es todo aquello que la sostiene.

Las tensiones detrás del frente

La extensión temporal de la guerra comienza a producir efectos que no aparecen en los mapas militares. Después de años de invasión, tanto Ucrania como Rusia continúan sosteniendo sus respectivos esfuerzos bélicos, pero debajo de eso aparecen señales de desgaste, conflictos políticos y tensiones económicas. No se trata todavía de rupturas sociales capaces de poner en peligro la continuidad de ninguno de los dos gobiernos, ni sería correcto presentar algunas protestas o dificultades económicas como si expresaran un rechazo generalizado a la guerra. El fenómeno es más complejo, la vida civil continúa y, precisamente por eso, empiezan a aparecer conflictos entre las necesidades de las sociedades y las exigencias de la guerra.

En Ucrania, está tensión se expresó recientemente de forma parcial con las movilizaciones contra la destitución de Mykhailo Fedorov, ministro de Defensa y una de las figuras vinculadas al desarrollo de la industria de drones y a la modernización tecnológica de las fuerzas armadas. Miles de personas salieron a las calles de Kiev, Járkov, Sumi y otras ciudades para cuestionar la decisión de Zelenski. Las protestas se extendieron durante varios días y su relevancia se debe a que ocurrieron en plena guerra y alrededor de una cuestión vinculada con la conducción militar del país.

Fedorov representaba un sector que apoya la modernización militar basada en la incorporación de tecnología, drones y empresas privadas al aparato de defensa. Su salida puso al descubierto diferencias dentro del alto mando sobre cómo conducir una guerra que se prolonga mucho más de lo esperado. El conflicto entre Fedorov y otros sectores del mando militar, especialmente alrededor de la figura del comandante Oleksandr Syrski, mostró las tensiones que se encuentran también dentro de las estructuras encargadas de mantener la guerra.

Las movilizaciones, por tanto, no pueden separarse del problema de la movilización militar. Cuanto más se prolonga la guerra, mayor es la dificultad para mantener un flujo constante de soldados sin generar tensiones en la sociedad. Ucrania necesita reemplazar las bajas y mantener sus unidades desplegadas mientras una parte importante de su población en edad laboral permanece vinculada al ejército. La guerra produce una situación difícil de resolver, se necesita cada vez más personas para combatir, mientras la economía civil necesita trabajadores para continuar funcionando.

Esto ayuda a explicar por qué las protestas por Fedorov exceden la disputa ministerial. Existe un desacuerdo sobre quién debe ocupar un cargo, pero  también una discusión sobre qué tipo de aparato militar y de economía puede sostener Ucrania durante los próximos años. La expansión de la industria de defensa genera nuevas inversiones y empleos, especialmente alrededor de drones y tecnologías militares, pero simultáneamente concentra recursos en sectores vinculados con la guerra mientras las necesidades sociales continúan creciendo. La pregunta sobre quién administra la defensa se convierte, por tanto, en una pregunta sobre quién decide el destino de buena parte de los recursos de la sociedad.

Ya en 2025 las protestas contra el debilitamiento de las instituciones anticorrupción mostraron que la guerra no eliminó la capacidad de movilización de la población civil. Esas manifestaciones fueron importantes porque apuntaron a que sectores de la sociedad estaban dispuestos a enfrentarse al gobierno incluso bajo condiciones de guerra. La subordinación de la vida política a la defensa nacional tiene límites. La población puede apoyar la resistencia frente a Rusia y, al mismo tiempo, cuestionar las decisiones del gobierno.

En Rusia las tensiones son diferentes. La estructura política mucho más autoritaria y la represión de la oposición dificultan que el malestar social se transforme en grandes movilizaciones. Por ello, sería incorrecto buscar allí un equivalente directo a las protestas ucranianas. Las contradicciones aparecen de manera más fragmentada, en el mercado laboral, los precios, las condiciones de abastecimiento y el costo de sostener la movilización militar.

La expansión de la producción militar absorbió una cantidad creciente de trabajadores y recursos, mientras los ataques ucranianos contra refinerías comenzaron a repercutir sobre el mercado interno de combustibles. Durante julio, Moscú mantuvo y amplió las restricciones a las exportaciones de derivados del petróleo para garantizar el abastecimiento doméstico. Las autoridades también impusieron restricciones sobre el diésel después de los ataques contra instalaciones de refinación.

Una acción militar realizada a cientos de kilómetros del frente termina convertida en un problema cotidiano. El ataque contra una refinería reduce la disponibilidad de combustible, eleva los costos de transporte y presiona los precios de los bienes básicos. De acuerdo con información reciente, una parte considerable de la capacidad de refinación rusa fue afectada por los ataques, obligando al gobierno a tomar medidas para proteger el mercado interno.

La economía de guerra genera además un problema laboral. Rusia consiguió reducir el desempleo a niveles históricamente bajos, pero esto no significa que el bienestar social aumentara proporcionalmente. El complejo militar-industrial absorbe trabajadores, mientras los sectores civiles enfrentan dificultades para encontrar mano de obra. El resultado es una economía donde determinados trabajadores vinculados con la producción militar pueden acceder a salarios y beneficios superiores, mientras otros sectores sufren escasez de personal, inflación y presión sobre el costo de la vida. La expansión militar, por tanto, genera crecimiento económico sin que este se traduzca en mejores condiciones de vida.

El Kremlin consiguió evitar hasta ahora una movilización general comparable con la realizada en 2022, recurriendo en buena medida al reclutamiento contractual y a grandes incentivos económicos. Pero la necesidad de mantener un ejército numeroso durante una guerra prolongada persiste. En este contexto debe interpretarse la cooperación militar con Corea del Norte. Volodímir Zelenski afirmó recientemente que Rusia solicitó a Pyongyang otros 30.000 soldados y que desde junio se preparaban instalaciones para recibirlos en la región rusa de Vorónezh. La información es por ahora una denuncia del gobierno ucraniano y no una confirmación de que ese contingente vaya efectivamente a desplegarse.

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Más allá de la cifra concreta, la duración de la guerra aumenta la necesidad de combatientes mientras Rusia intenta evitar los costos políticos de una nueva movilización masiva de su propia población. Esto muestra hasta qué punto la guerra exige recursos humanos que los Estados buscan obtener mediante diferentes mecanismos, desde incentivos económicos y reclutamiento local hasta acuerdos con gobiernos extranjeros.

Esto permite observar una diferencia importante entre Rusia y Ucrania. En Ucrania, la guerra está territorialmente presente para una enorme parte de la población con ataques aéreos, destrucción de infraestructura, desplazamiento, movilización y pérdida de familiares. En Rusia, en cambio, buena parte de la población puede mantener una existencia relativamente normal y distante de los combates, especialmente en las grandes ciudades alejadas de la frontera.

A pesar de esto, las dos sociedades desarrollaron mecanismos de adaptación y resistencia, pero también experimentan situaciones diferentes. En Ucrania, el cansancio aparece más directamente vinculado con la destrucción, la movilización y la duración de la guerra. En Rusia, la distancia territorial respecto del frente permite una normalidad mucho mayor, pero el costo económico y humano se distribuye de manera distinta entre regiones y clases sociales.

También existe una dimensión de clase en esta diferencia, por ejemplo, en las posibilidades de escapar de los efectos de la guerra. Quien posee recursos económicos, contactos o una profesión demandada dispone de mayores posibilidades de proteger sus condiciones de vida. En cambio, las personas trabajadoras de regiones pobres, familias dependientes de los ingresos militares y sectores con menor capacidad de movilidad soportan una parte mayor del costo de la movilización. La guerra puede presentarse oficialmente como un esfuerzo nacional compartido, pero sus costos concretos se distribuyen de forma desigual.

En Ucrania ocurre algo similar, aunque bajo condiciones mucho más dramáticas debido a la invasión y a la destrucción. La expansión de la economía de defensa abre oportunidades para determinados sectores empresariales y tecnológicos, mientras millones de personas enfrentan desplazamiento, destrucción de viviendas, pérdida de familiares o incertidumbre sobre su futuro. De ahí la importancia política de las protestas, muestran que la sociedad no quedó completamente absorbida por la lógica de la guerra.

En este sentido, las «rupturas» sociales que aparecen detrás del frente no deben confundirse con un quiebre generalizado de la sociedad. No existe todavía una rebelión social contra la guerra ni en Rusia ni en Ucrania. Lo que existe son fisuras parciales: protestas, conflictos entre instituciones, problemas de movilización, tensiones laborales, dificultades económicas, reclamos de familiares y cuestionamientos sobre el destino de los recursos públicos. Son fenómenos todavía fragmentarios, pero adquieren importancia porque aparecen después de años de guerra y pueden ampliarse si el conflicto continúa sin una salida.

Además, en el caso de Ucrania el conflicto reviste una dimensión particular porque se trata de una guerra para reafirmar su derecho a la autodeterminación nacional, que Putin cuestiona política y militarmente en aras de avanzar con su proyecto de imperialismo en reconstrucción.

La principal contradicción comienza a ser, entonces, la distancia entre las necesidades de los Estados en guerra y las necesidades de las sociedades que deben sostenerlos. Rusia necesita soldados, combustible, trabajadores y recursos para mantener su ofensiva; Ucrania necesita soldados, armas, energía y financiamiento para sostener su defensa. Pero las sociedades necesitan también salarios, viviendas, escuelas, hospitales, transporte y condiciones de vida previsibles. Cuanto más tiempo permanece abierta la guerra, más difícil resulta mantener separadas estas dos necesidades.

Por eso, las señales de cansancio social no constituyen un fenómeno secundario frente al movimiento de los ejércitos. Son parte del propio desarrollo de la guerra. Los Estados pueden continuar produciendo armas y enviando tropas durante años, pero necesitan sociedades capaces de soportar materialmente ese esfuerzo. Y precisamente allí, detrás de las líneas del frente, comienzan a acumularse contradicciones que ningún mapa militar puede mostrar.

La economía se transforma para sostener la guerra

Rusia, Ucrania y, de manera diferente, las potencias occidentales comenzaron hace algunos años a reorganizar partes importantes de sus economías alrededor de las necesidades de la guerra. La producción de municiones, drones, misiles, sistemas electrónicos y defensa antiaérea pasó a ocupar un lugar cada vez más importante en la política industrial, el presupuesto público y las relaciones entre el Estado y las empresas. La guerra, en este sentido, también se convirtió en una competencia por quién puede sostener durante más tiempo una economía militarizada.

En Rusia este proceso es evidente, el gobierno incrementó la producción de armamento y orientó una parte significativa de la industria hacia el abastecimiento de las fuerzas armadas. Fábricas que, anteriormente producían para el mercado civil, fueron incorporadas directa o indirectamente a las cadenas de suministro militar, mientras las empresas vinculadas con defensa reciben grandes contratos estatales. La economía puede mantener niveles importantes de actividad y empleo gracias al gasto militar, pero esa expansión está cada vez más vinculada a una demanda estatal que no responde a las necesidades ordinarias de consumo de la población.

El financiamiento de esta maquinaria depende en buena medida de los ingresos energéticos. Los ingresos rusos procedentes del petróleo y el gas fueron estimados en 4,9 billones de rublos para el período enero-julio, todavía un 11% por debajo del mismo período de 2025. Para el conjunto del año, el gobierno proyecta ingresos de 8,92 billones de rublos, equivalentes aproximadamente a una quinta parte de los ingresos presupuestarios. La recuperación de los precios internacionales del petróleo permitió mejorar temporalmente los ingresos durante julio, pero no eliminó las presiones fiscales generadas por el gasto militar.

Esta dependencia energética también permite observar cómo la guerra empieza a afectar directamente la vida cotidiana rusa. Los ataques ucranianos contra refinerías redujeron la capacidad de procesamiento de combustibles y obligaron al gobierno a prorrogar hasta finales del año la prohibición de exportar gasolina para intentar garantizar el abastecimiento interno. En distintas regiones surgen problemas de suministro y largas filas en estaciones de servicio. Un país que dispone de enormes reservas de petróleo enfrenta dificultades para garantizar combustible en su propio mercado.

La reorganización económica también produce efectos sobre el trabajo. La industria militar absorbe trabajadores, eleva la demanda de determinadas profesiones y ofrece salarios e incentivos importantes para atraer personal. Pero esa misma demanda reduce la disponibilidad de mano de obra para sectores civiles. El resultado es una economía con muy poco desempleo, pero con desequilibrios entre ramas productivas. El crecimiento impulsado por el gasto militar no equivale necesariamente a una mejora general de las condiciones de vida, puede coexistir con inflación, escasez de mano de obra y dificultades para producir bienes y servicios destinados al consumo civil.

En Ucrania la destrucción de infraestructura, la pérdida de territorios, el desplazamiento de millones de personas y la movilización militar redujeron las capacidades de la economía civil. Al mismo tiempo, el país construyó una industria de defensa cada vez más importante para compensar su inferioridad armamentística frente a Rusia. La fabricación de drones es el ejemplo más destacado. Ucrania se encamina a producir entre 6 y 7 millones de pequeños drones FPV durante 2026, aproximadamente 500.000 mensuales, una escala que incluso supera ampliamente la capacidad actual de producción estadounidense.

La guerra produjo un proceso de innovación industrial propio, con empresas tecnológicas, ingenieros y fabricantes que desarrollaron sistemas adaptados específicamente a las condiciones del campo de batalla. Pero la autonomía es relativa, Kiev continúa dependiendo de Estados Unidos y Europa para sistemas de defensa aérea, municiones, inteligencia, financiamiento y tecnologías más sofisticadas. El reciente acercamiento entre Zelenski y Trump, que incluyó conversaciones sobre la producción de interceptores Patriot en territorio ucraniano y el intercambio de tecnología de drones, muestra cómo la industria militar ucraniana se integra progresivamente con las de la OTAN.

Esa integración implica, por un lado, que la economía de defensa representa una de las pocas áreas donde Ucrania consigue generar inversión, empleo y desarrollo tecnológico en medio de la destrucción. Por otro lado, supone que una parte de sus recursos y capacidades productivas se dirige hacia la guerra mientras las necesidades civiles siguen siendo enormes. La reconstrucción de viviendas, hospitales, escuelas, infraestructura energética y transporte compite por recursos con una industria militar que debe producir continuamente nuevas armas.

Europa está construyendo su propia economía de rearme. La Unión Europea puso en marcha el instrumento SAFE, dotado con 150.000 millones de euros en préstamos, para financiar compras conjuntas de municiones, misiles, defensa aérea y sistemas terrestres producidos dentro de Europa. El programa forma parte de ReArm Europe/Readiness 2030, que pretende movilizar más de 800.000 millones de euros en inversiones de defensa. Polonia, por ejemplo, recibió en mayo un primer desembolso de 6.600 millones de euros, dentro de una asignación total de 43.700 millones.

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La transformación industrial europea es igualmente visible en la fabricación de municiones. El Programa Europeo de Industria de Defensa destinó 1.500 millones de euros a su programa de trabajo de 2026, con más de 700 millones dirigidos a aumentar la producción de componentes, misiles, municiones y sistemas antidrones. En junio, la Comisión Europea informó además de 83 propuestas empresariales para ampliar la producción de componentes energéticos destinados a municiones; los proyectos seleccionados dispondrán de más de 165 millones de euros de financiación y podrían movilizar hasta 470 millones incluyendo inversión privada.

Estados Unidos experimenta un proceso similar. La guerra en Ucrania, combinada con otros conflictos, redujo las existencias de municiones y misiles del Pentágono y generó una nueva ola de pedidos para la industria militar. Lockheed Martin y RTX elevaron sus previsiones financieras para 2026. La cartera de pedidos de Lockheed llegó a 230.400 millones de dólares, mientras la de RTX alcanzó 289.000 millones. La división de misiles y control de fuego de Lockheed aumentó sus ingresos un 20% interanual, impulsada por la producción de interceptores PAC-3 y otros sistemas.

La destrucción causada por la guerra genera simultáneamente un enorme mercado para la industria militar. Los Estados destinan recursos públicos a actualizar arsenales, ampliar fábricas y desarrollar nuevas tecnologías; las empresas privadas reciben contratos multimillonarios; y la industria armamentística celebra perspectivas de crecimiento a largo plazo. La guerra no solamente destruye riqueza, también acomoda los circuitos de acumulación de capital y crea nuevas oportunidades de ganancias alrededor de la producción militar.

Esto permite comprender por qué el sostenimiento de la guerra implica una reorientación de prioridades económicas. El Estado determina qué industrias reciben crédito, contratos, subsidios e inversiones; las empresas adaptan sus cadenas productivas; los trabajadores son desplazados hacia estos sectores; y los presupuestos públicos asignan cantidades crecientes de recursos a la defensa. En Europa, la propia Comisión reconoce que el incremento del gasto militar constituye ya una dimensión importante de la política macroeconómica del bloque.

El gasto militar estimula la producción, reduce el desempleo y genera nuevas tecnologías, pero también implica que recursos que podrían dirigirse a vivienda, salud, educación, transporte o infraestructura social se orienten hacia fines militares. En el caso europeo, la Comisión calculó que un aumento sostenido del gasto en defensa equivalente a hasta 1,5% del PIB podría elevar el PIB real respecto del escenario base, pero también incrementar la deuda pública. La cuestión no es si el gasto militar «hace crecer» la economía, sino qué se produce, quién recibe los beneficios y quién termina pagando la factura.

La experiencia rusa muestra el mismo problema desde otro ángulo. Una economía puede crecer mientras se deterioran las condiciones de la vida civil, porque la producción de un misil, un dron o un vehículo blindado cuenta como actividad económica aunque no mejore directamente el bienestar de la población. El crecimiento de la economía de guerra es compatible con una sociedad sometida a mayores restricciones fiscales y con una redistribución de recursos hacia los sectores vinculados al complejo militar-industrial.

Los gobiernos justifican la militarización en nombre de la seguridad, pero las sociedades deben asumir sus costos materiales. En Ucrania significa reconstruir una economía devastada mientras se continúa produciendo armamento; en Rusia significa sostener una industria militar gigantesca mientras aumentan las presiones sobre el mercado civil; y en Europa y Estados Unidos significa financiar una nueva carrera armamentista mientras se recorta la inversión social y se atacan conquistas y derechos.

Sociedades bajo presión

El conflicto entró en una etapa de desgaste en que ninguna de las partes parece capaz de obtener una victoria rápida. Rusia mantiene la iniciativa en el frente y continúa ejerciendo una fuerte presión militar, pero no consigue transformar sus avances territoriales en victorias decisivas. Ucrania, por su parte, logró estabilizar sus líneas defensivas gracias a la adaptación tecnológica y el respaldo occidental, aunque tampoco dispone de los recursos necesarios para recuperar la iniciativa mediante una gran contraofensiva. El resultado sigue siendo una guerra prolongada cuyo desenlace permanece abierto.

Sin embargo, el conflicto no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre ejércitos, sino como un proceso que atraviesa las sociedades. La guerra se despliega simultáneamente en las fábricas de armamento, en la producción tecnológica, en las redes energéticas, en los presupuestos estatales y en la capacidad de las economías para sostener un esfuerzo militar prolongado. Los ataques a infraestructuras, las tensiones en el suministro energético, el crecimiento del complejo militar-industrial, el rearme europeo y la integración de Ucrania en circuitos productivos occidentales muestran que la confrontación adquirió una profundidad que excede lo puramente militar.

Pero es precisamente en ese nivel donde emerge el elemento a menudo menos visible, es decir, las sociedades vivas bajo condiciones de presión extrema. Lejos de ser meros soportes pasivos de las decisiones estatales, las poblaciones implicadas continúan reproduciendo la vida social en medio de la guerra. Trabajan, migran, protestan, se adaptan, resisten y, en muchos casos, expresan formas de desgaste acumulado que no se traducen automáticamente en estallidos políticos, pero que dan cuenta de un trasfondo de tensiones crecientes. La vida cotidiana no desaparece; se organiza bajo nuevas restricciones, y en ese proceso se acumulan contradicciones que atraviesan tanto a Ucrania como a Rusia.

Este escenario expresa la profundización de la rivalidad entre bloques en una fase de militarización. Rusia busca abrirse paso como un imperialismo en reconstrucción mediante la fuerza militar, mientras Estados Unidos y la OTAN utilizan el conflicto para contener su influencia, imponer su hegemonía y acelerar un proceso de rearme que dinamiza su economía. Sin embargo, más allá de estas estrategias estatales, lo que se observa es que la guerra se sostiene sobre sociedades que no son homogéneas ni estáticas, sino atravesadas por tensiones de clase, desigualdades y con formas diversas de adaptación. En el caso de Ucrania, además, la población denota una voluntad de luchar por su derecho a la autodeterminación nacional, aunque militarmente su adversario sea más poderoso.

En este sentido, la experiencia histórica ofrece un punto de referencia sugerente. Las grandes crisis bélicas del pasado, incluidas las que precedieron a la revolución rusa, mostraron cómo el agotamiento social y el hartazgo frente a la guerra podían convertirse en un factor de ruptura política. La Primera Guerra Mundial mostró que incluso los conflictos más devastadores pueden modificar la relación entre las sociedades y los Estados que los impulsan.

Evidentemente, ese antecedente no debe trasladarse mecánicamente al presente. La Rusia de 1917 estaba atravesada por una crisis revolucionaria, con soviets, huelgas masivas, motines en el ejército y una clase trabajadora organizada que disputaba el poder al Estado. En la actualidad no existe una situación comparable ni en Rusia ni en Ucrania. Pero la experiencia histórica conserva una enseñanza de fondo: las guerras prolongadas no solo transforman los equilibrios militares y geopolíticos, también pueden erosionar la legitimidad de los gobiernos, profundizar las contradicciones sociales y abrir procesos políticos inesperados. Esto recuerda que la duración de un conflicto no depende exclusivamente de la capacidad de los Estados para producir armas o movilizar tropas, sino también de la disposición de las sociedades a seguir soportando los enormes costos humanos y materiales que la guerra impone sobre la clase trabajadora.

Hoy no se observan dinámicas en ese sentido, sino más bien una sucesión de tensiones, fragmentaciones y formas dispersas de malestar social que aún no cristalizan en una dirección definida. Lo que se intenta ilustrar no es la idea de una repetición histórica, sino la de una potencialidad latente, la capacidad de las sociedades de transformar su relación con la guerra si las condiciones de desgaste se profundizan o se prolongan en el tiempo.

Al mismo tiempo, la experiencia de estos años confirma que la guerra no puede sostenerse únicamente desde el aparato militar o tecnológico. Detrás de cada sistema de armas, de cada ofensiva o de cada estrategia de defensa, existe una estructura social que produce, reproduce y soporta el esfuerzo bélico. Esa base social no es inerte, se adapta, pero también se agota; resiste, pero también acumula tensiones; sostiene la guerra, pero al mismo tiempo es transformada por ella.

Cinco años después del inicio de la invasión, la guerra no muestra signos de resolución cercana. La competencia militar, industrial y tecnológica seguirá marcando su evolución, mientras la militarización se consolida como un rasgo del nuevo mundo que está surgiendo. Sin embargo, bajo esa superficie, persiste un proceso menos visible pero fundamental: el de sociedades que continúan viviendo, trabajando y tensándose bajo el peso de la guerra. Es en ese nivel donde se juega no solo la duración del conflicto, sino también sus posibles transformaciones futuras, no como una repetición del pasado, sino como una potencialidad abierta que depende del desarrollo concreto de estas sociedades bajo presión.

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